jueves 9 de julio de 2009

Sophia perennis

… y la fuerza que al hombre le hace soñar en sus más altas posibilidades y le hace despegar una y otra vez del animal es siempre la misma, llámese hoy religión, mañana razón o pasado mañana con otro nombre. La oscilación, el vaivén entre el hombre real y el posible o soñado es eso mismo que las religiones conciben como relación entre el hombre y Dios. (II, 226)


Lo racional o lo afectivo, lo bajo o lo noble, no están completos, no son convincentes, no son valiosos sin su hermano y contrincante. El hombre nos resulta aburrido si sólo posee dos dimensiones. (II, 258)


Yo no considero como ideal humano cualquier virtud o cualquier creencia concreta, sino que considero como ideal supremo, por el que los hombres pueden morir, el logro de la mayor armonía posible en el alma del individuo. Quien posee esta armonía posee eso que el psicoanálisis, por ejemplo, llamaría libre disponibilidad de la libido, y eso que el Nuevo Testamento apunta cuando dice: “Todo es vuestro”. (II, 220)


El ateísmo es sólo la negación de algo que nunca ha tenido una existencia sustancial, sino puramente verbal. (II, 211)


La sabiduría del chino Lao-Tse y la sabiduría de Jesús o la del Bhagavad Gita indio apuntan claramente a los fundamentos comunes del alma humana, al igual que el arte de todos los tiempos y de todos los pueblos. El alma del hombre con su capacidad de amar, con su fuerza para sufrir, con su anhelo de redención, se nos hace patente desde cada pensamiento, desde cada acción amorosa, en Platón y en Tolstoi, en Buda y en Agustín, en Goethe y en Las mil y una noches. Nadie debe concluir de ahí que debamos equiparar el cristianismo y el taoísmo, la filosofía platónica y el budismo, o que de la síntesis de todas las culturas distanciadas por las épocas y las razas, por el clima y la historia, pudiera elaborarse una filosofía ideal. Que el cristiano sea cristiano y el chino, chino, y cada cual procure ser y pensar según su propio estilo. El reconocer que todos somos partes separadas del Uno eterno no hace superfluo ni un solo camino, ni una sola peripecia, ni una sola acción o sufrimiento en el mundo. (II, 222)


Cualquier religión es aproximadamente tan buena como las demás. No hay ninguna en la que no se pueda llegar a ser un sabio, ni ninguna que no pueda ser practicada como la idolatría más tonta. Pero en las religiones se ha acumulado casi todo el saber real de la humanidad, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es “errónea” cuando la contemplamos desde otro punto de vista que no sea el de la piedad; pero cada una de ellas es una llave para el corazón del mundo. (I, 232)


No me ha sido dado ser protestante o católico, bachiano o wagneriano; para mí la vida y la historia sólo adquieren pleno sentido y valor en la variedad con la que Dios se manifiesta en figuras siempre nuevas. Y así no sólo amo y reverencio, muchas veces con disgusto de mis familiares, a Buda y a Jesús en un mismo templo, sino que procuro amar y entender a Kant junto a Spinoza, y a Nietzsche jundo a Görres, no por un prurito de cultua o afán de erudición, sino simplemente por complacencia en la multiplicidad de lo Uno, en la riqueza de colorido entre Nietzsche y Aristóteles, entre Palestrina y Schubert, que sólo cuando se está seguro del Uno proporciona a la vida toda su delicada belleza y u policromía aparentemente irracional. Por eso yo no podría nunca dejar de lado, junto a los representantes de la libertad y de la libre investigación, a aquellos grandes espíritus silenciosos para quienes la libertad no era cuestión del intelecto, y la fe y la subordinación de lo personal era una profunda necesidad del corazón. (II, 221).


Herrmann Hesse, Lecturas para minutos