viernes 10 de julio de 2009

Los dilemas del Dr. Manhattan



“Dios existe y es americano”.

Alan Moore, Watchmen


Si me preguntasen por la película que más me ha impresionado en el último año, no meditaría la respuesta: Watchmen. La adaptación fílmica de la ciclópea novela gráfica del mismo nombre pasó de ser un reto imposible a un milagro del virtuosismo, una acrobacia cinematográfica, una experiencia estética que, como era de esperar, no ha erizado un solo vello de los miembros de la Academia de Hollywood ni a la crítica. Ni sus mentes ni sus sentidos ni sus corazones pueden soportar toda la carga emocional e intelectual de ese Quijote del cómic volcado a 160 minutos de metraje en celuloide: demasiado profunda, demasiado excitante, demasiado revolucionaria, demasiado completa. ¡Y eso que lo que se ha visto en cines no es el montaje definitivo del director! Fuera de los Oscar como la otra obra maestra de Zack Snyder (que mencioné de pasada en su momento), está sin embargo muy dentro de las cuestiones más candentes del arte, la sociología y el pensamiento. Obviaré esta vez el primer aspecto para centrarme en algunos problemas filosóficos presentes en la novela y en la película. Dado que es necesario spoilear sin piedad (en cristiano: descuajeringar la trama) para plantearlos como se debe, recomiendo a los insensatos que aún no se han hecho con la historia en uno u otro formato que detengan la lectura y que bloqueen este blog en sus navegadores hasta nueva orden. Dicen que en el Emule venden baratos peli y cómic. Advertidos quedan.

Las grandes cuestiones corren en torno a la figura del doctor Manhattan, ese personaje azul y agraciado con poderes espeluznantes tras una potente radiación en su laboratorio. No siendo el protagonista de todos los actos polémicos, sí se ve en la obligación de evaluarlos y de reconducirlos o no, pues tiene poder para ello. Su mente desapasionada y superdotada le hace idóneo para enfrentar dudas racionales. Los asuntos filosóficos que contabilizo son:

1) El núcleo de la trama, que es de naturaleza moral y desvelado al final. Adrian Veidt –alias Ozymandias–, “el hombre más listo del mundo”, decide invertir toda su fortuna y su poder en destruir varias de las más grandes e importantes ciudades del mundo. Su móvil no es la maldad, nada más lejos: lo que busca es la salvación de una humanidad al borde la guerra nuclear. Sacrificando a varios millones de inocentes de varios continentes piensa lograr unir a los dos grandes bloques de la guerra fría en esta ucronía en la que todo sale bien. Acusando al doctor Manhattan de las masacres, los seres humanos harán piña contra el mutante que creen tan perverso. Mientras Rorschach considera imprescindible contar al mundo la verdad sobre los atentados por integridad ética, el doctor Manhattan, más flexible y computacional, opina que deben aprovecharse todas esas muertes para lograr un beneficio, y de ese modo no habrá sido en vano tanto dolor.

El asunto no es nada sencillo y es de lo más interesante de esta trama en la que la frontera entre buenos y malos se desdibuja por completo. En principio, diría que tal decisionismo perentorio es sumamente temerario. La prueba podríamos tenerla en la historia real: la guerra fría acabó felizmente sin que fuera necesaria tanta masacre. Ahora bien, trasladándonos a un siglo XX hipotético en el que el peligro hubiese sido mucho mayor y admitiendo que Veidt tuviera capacidad suficiente para, a raíz de los datos objetivos, predecir con razonable seguridad un inminente holocausto atómico, entonces la cosa cambia. En mi opinión el doctor Manhattan podría teletransportarse al Kremlin y ejercer un golpe de estado en la URSS, pero si no contásemos con esa solución sobrenatural quizá sí fuera imprescindible una actuación contundente.

La disyuntiva que se me presentaría si fuera el potentado Adrian Veidt sería ternaria: a) atacar como lo hizo; b) atacar de forma menos masiva e incrementar progresivamente la intensidad hasta que los estados reaccionasen, y c) presentarse ante todos los medios de comunicación del planeta explicando con evidencias el sinsentido que supondría emprender una guerra que necesariamente acabaría con la aniquilación de la civilización. La última opción, la más pacífica y por ende preferible, cuenta con el impedimento del miedo de los pueblos y los gobernantes, que prefieren arriesgarse a atacar al enemigo con la posibilidad de salir indemnes que ser atacados antes y ser destruidos definitivamente. La segunda opción carece del impacto psicológico que produciría un atentado masivo y sin precedentes. Una matanza gradual se ha visto otras veces en la historia no teniendo siempre como resultado la recapacitación. Un golpe no demasiado duro resulta a veces en vano, y hace daño sin beneficios compensatorios (a veces lo barato sale caro).

Se reprochó a Truman bombardear Hiroshima antes de probar a atemorizar a los japoneses produciendo un hongo atómico en el mar de sus costas. Evidentemente, si Hiroshima no convenció a Hiro-Hito y hubo que destruir Nagasaki, un maremoto radiactivo no habría surtido efecto, pero eso es algo que Truman no podía saber (a menos que fuera tan listo como Ozymandias) y que debió haber probado antes.

Desde el punto de vista de las víctimas, en principio yo no me prestaría voluntariamente a morir junto a todos los habitantes de mi nación (o mis allegados o personas con intereses comunes) para que se salve el resto de la humanidad, algo a lo que sí está dispuesto Ozymandias. ¿Le convierte eso en un individuo más elevado, más espléndido y con mayor amplitud de miras? Opino que él cae en otro prejuicio, más abstracto que el tribalismo y el egoísmo, pero prejuicio al fin y al cabo. Considera a los seres humanos un bien mensurable por un baremo cuantitativo y no cualitativo, a la inversa que el tribalismo. Es decir: cuanta más gente sobreviva a la postre, mejor. Es un humanista ilustrado de los del XVIII, un igualitarista radical que, no obstante, es capaz de sacrificar arbitrariamente a unos cuantos millones de hombres negándoles todo derecho. Lo que cuenta para él es la supervivencia de una especia sin planificación ninguna. Eso nos lleva a la segunda cuestión, más metafísica y poética, pero filosófica al fin y al cabo.

2) Paseando por Marte, Manhattan y la segunda Espectro de Seda mantienen una conversación decisiva sobre el valor de la vida, relativizándola el primero y no dispuesta a renunciar a la empatía la última. Él intenta persuadirla de que su amor por la existencia de la vida es desproporcionado: “Leo los átomos, Laurie. Veo el antiguo espectáculo que creó a las piedras. Ante esto, la vida humana es breve y mundana”. Ella habla del milagro de ser animado y de ser humano, y él, fascinado por los secretos de la materia inerte, hace una lectura opuesta. Contemplando a la vida como un mero objeto intelectual, la juzga una ínfima porción de todos los minerales interesantes del universo, todas las partículas subatómicas, toda la energía. Es, según sus palabras, un “fenómeno sobrevalorado”. En cambio, ella hace gala de sus instintos animales y la juzga desde la perspectiva del sujeto interesado que considera interesante a la vida porque ella misma participa del fenómeno y porque le va en ello su propia existencia. El destino de la vida en abstracto y el de su vida individual se identifican. El doctor es autosuficiente: no requiere sociabilidad para perpetuarse ni para realizar cualquiera de las actividades que desea. Su independencia le lleva a la indeferencia, que le hace parecer cínico a ojos comunes.

No cuesta imaginar un ser así de desapegado. Basta con que su cerebro no esté siquiera hecho del mismo material que el nuestro. Al igual que la desaparición de las cucarachas no traumatizaría a demasiados hombres, tampoco la total extinción de organismos terrestres tendría por qué afectar a unos alienígenas inteligentes. Todo es cuestión de distancias en la escala. Pero, más allá de un relativismo cultural, étnico o biológico, está en nuestro personaje radiactivo la trascendencia de todo instinto y de toda categoría constructiva. La visión del doctor es propia de un místico oriental: un monismo desangelado en el que todo es un gran Uno completamente vacuo. Es la raíz neutra del nihilismo. Pero, salvo las excepciones orientalizantes, para que un sujeto no se posicione a favor de un sistema es condición suficiente que no esté implicado en dicho sistema, como es el caso del personaje de Watchmen.

3) En relación a lo anterior se destila parte de la respuesta de la siguiente pregunta. ¿Tiene el doctor Manhattan la obligación moral de impedir grandes dosis de mal por poseer superpoderes? Debido a su potencial inimaginable, el gobierno estadounidense le reclama constantemente para batallar en guerras o para construir armas, y él accede hasta que se cansa y se marcha a Marte a mirar piedras. Un hombre así tiene capacidad para evitar ingentes dosis de dolor realizando un mero acto mental. ¿Equivale cada una de sus negativas a un crimen contra la humanidad? Si le reprocháramos tal cosa, ¿no se les estaría negando la libertad? (Hablaríamos, en todo caso, de una incriminación de tipo ético, no legal ni mucho menos ejecutoria puesto que su poder impediría si lo desease cualquier tipo de coacción física por parte de las autoridades.)

Mi dictamen es que no es condenable desde un punto de vista judicial, aunque eso no es óbice para que no se le intente convencer por todos los medios para que coopere con organismos supranacionales, humanitarios, con la ciencia y con la filosofía… Desde el punto de vista de la compasión y la generosidad, la proporción entre lo que posee y lo que da es abismal cuando se retira del mundo. Es sumamente mezquino. En relación a los demás no es activamente nocivo, pero si entendemos la moral no sólo como reglamento social sino también como autarquía espiritual, como la composición del alma alta en ingredientes como la entrega o la humildad, entonces el doctor Manhattan es humanamente despreciable al pasear por los cañones marcianos mientras la destrucción de la Tierra se cierne.

Esto es difícil de sostener por ser demasiado absolutista, demasiado clásico. Si está en paz consigo mismo, si está estoicamente sereno y se siente pleno sin perjudicar activamente a nadie, ¿cómo se le puede negar una autarquía espiritual? ¿En base a qué decir que no posee una sabiduría elevada, unos valores morales útiles y buenos? Lao-Tse se pondría de su parte sin dudarlo.

Hay una posibilidad legal para declararle “indigno” de alguna forma y procurar así presionarle emocionalmente, ya que no coaccionarle. Ésta consiste en no considerarle humano, y por lo tanto no sujeto a los derechos y obligaciones de los hombres, sino a derechos y obligaciones específicos. Nació de una mujer, sí, y sus genes probablemente mantengan muchas similitudes con los de Adán; por otro lado, muchas de sus propiedades no son en absoluto humanas, en absoluto animales, y él mismo va dejando de sentirse identificado con su antigua especie. Tampoco los locos se siente siempre humanos: la diferencia es que el doctor no piensa ni siente como un humano en ninguno de los casos que ha contemplado la historia.

El Derecho se justifica como mecanismo de garantía de que a un hombre no le falten oportunidades en la sociedad para realizarse sin mermar las oportunidades de otros. Y sobre todo para garantizar la ausencia de sufrimiento en la medida en que el Estado pueda permitírselo sin agraviar a los demás ciudadanos. Pero nadie conoce fehacientemente la capacidad de sufrimiento del doctor ni el funcionamiento de sus deseos ni sus reacciones psicológicas. Por tanto, en principio, si no concedemos libertad a los monos, tampoco tendríamos que otorgársela a Manhattan. No se trata de que sea superior o inferior a nosotros en muchas cosas, sino que simplemente no podemos trasvasar de su mente la información necesaria para juzgar su condición de ser moral. Un religioso diría que estoy blasfemando por amenazar con atar de pies y manosa un dios al que no comprendo hasta que le diseccione adecuadamente, y creo que tendría razón. Ante tamaña excepción de la naturaleza habría que ser excepcionalmente prudente, tanto en la concesión de derechos como en la imposición de obligaciones.

4) Durante la mayor parte de la trama, el Dr. Manhattan pierde su conciencia atemporal. Pero hay multitud de flashbacks que nos muestran la época en la que su precognición no sufría ningún tipo de distorsión. Pasado, presente y futuro de su propia vida (no del universo entero) eran simultáneos para él. Sin embargo, le vemos actuar como a un ser humano, semejando cierta sorpresa ante ciertos eventos. Aunque siempre sereno, actúa de una forma que nos evoca una conducta de voluntad de influir en los hechos, y a menudo no lo logra; al menos su aparente intención no siempre concuerda con el resultado; por ejemplo, cuando su mujer se enfada al descubrirle con otra chica y él hace amago de calmarla y explicarle la situación en vano, pese a que su omniabarcante visión del tiempo le habría permitido predecir encontronazo y evitarlo (claro que, evitándolo, se produciría una distorsión paradójica entre dos futuros sincrónicamente reales y efectivos). El caso es que interviene en discusiones que pierde. Es estúpido discutir cuando sabes que al final te rendirás y cómo sucederá esa rendición. En la página 26 del capítulo “La oscuridad de la existencia”, llega a decir literalmente “cambié de opinión”. ¿Cómo cambiar de opinión si tiene a la vez todas las opiniones de su vida?

En síntesis: se comporta como un hombre libre, ¡y sabe que no lo es! Porque habiendo simultaneidad de todos los puntos del espacio-tiempo, ¿cómo es posible decidir libremente? Ya lo planteé someramente: ¿puede haber libre albedrío en un tiempo estrictamente relativista? Creo que no, y puedo admitir que todos los personajes de Watchmen estén condenados al determinismo como los seres vivos del mundo real. Lo que me sorprende es que el comportamiento del fulgente doctor no sea distinto del nuestro (instintivo y pragmático) al tener una percepción directa y constante de ese principio que el resto de los mortales aprehendemos teoréticamente tan sólo. Está determinado a aparentar creer ser libre. Muy irónico y un tanto absurdo. Ante tal capricho de la causalidad universal uno se vería tentado a pensar en la voluntad de alguna deidad intervencionista.

2 comentarios:

El Perpetrador dijo...

Olvidé una paradoja más en relación a la percepción del tiempo del Dr.:

A partir del momento en que su sentido de la temporalidad se distorsiona por culpa de los taquiones de Veidt, actúa como si realmente sufriera una incertidumbre respecto a la mayor parte de los hechos futuros. Pero si antes su precognición era total, ¿cómo ha podido olvidar lo que sabía entonces? Si antes sabía que todo iba a acabar "bien" (con unos cuantos millones de muertos, siendo el responsable Ozymandias), ¿cómo ha podido olvidarlo? ¿Cómo ha podido olvidar al menos la sensación de confianza y tranquilidad ante el porvenir que tenía cuando conocía el resultado satisfactorio de los acontecimientos?

El Perpetrador dijo...

Aquí hay un análisis desde el punto de vista de la física de las inquietantes propiedades del Dr. Manhattan.