En los últimos meses y años me veo defendiendo a las religiones con más y más énfasis (1, 2, 3, 4, 5). Sé bien que tendría que hacérmelo mirar. ¿Cómo un ateo puede sentir como ofensa personal la que se hace a una ideología que no comparte? Puede que sea solidaridad. O puede que un freudiano avezado descubriera que nací para cura o para fraile en una época y unas circunstancias personales que me trastocaron tan divino plan. Caso de ser así, ello no supondría una crítica a mi tesis, sino que la validaría, puesto que el que uno nazca predispuesto a realizarse en la sacristía demuestra que hay una utilidad palmaria en el hecho religioso más allá de la dominación de las masas, por decirlo marxistamente.
El caso es que esta vez apuntaré a un alto representante de ese movimiento sumamente novedoso y potente como es el ateísmo. Mi diana será Michel Onfray. La razón es que me parece intelectualmente más preparado que mi otra opción, Richard Dawkins; al menos el jacobino Onfray se ha molestado en proponer una moral alternativa más que en atacar a la “vieja”, a lo que también ha dedicado lo suyo. Pero por todos los lados se percibe en su arreligiosidad una sobredosis de odio muy poco científica y muy poco filosófica al menos hasta Nietzsche. Ese odio es el culpable de que obvie las fisuras de sus afirmaciones, que le satisfacen de inmediato. A un militante político le es suficiente la paja en el ojo del partido del signo contrario para echar a dormir su intelecto; cuando la balanza se inclina a su favor detiene la pugna, no sea que vaya a encontrar un giro desfavorable en la polémica y se vea obligado a elevar el nivel de sofisticación de su estrategia.
Algo así hace Onfray. Le basta decir que no hay un Señor con barbas en lo Alto para sentenciar que lo mejor que puede hacer el hombre en cualquier momento y lugar es disfrutar de su cuerpo, hacerse hedonista; esto, para los que no tengan el graduado escolar, se traduce en comer, dormir y follar. Gran amplitud de miras ésa, gran consideración de la complejidad humana. Todos los problemas del colectivo y del individuo se zanjan con esa tríada, descubierta no por ningún filósofo francés del siglo XX sino por aquellos seres humanos, filósofos o labradores, para los que conductas como aquéllas resultaban instintivamente plenas. No sé… se me hace algo simple para tiempos en los que las necesidades de los neandertales se han enredado un poco. Pues somos mayoría en el planeta los que desde la Edad de Piedra practicamos la tríada y, empero, nos quedamos con hambre. Algo no cuadra.
1. La religión es mala por a y por no-a
En su folletinesco Tratado de ateología no propone aún su pensamiento se constructivo. Se limita a atacar al enemigo. Me parece correcto, siempre y cuando se haga con rigor o con argumentos audaces. Pero nada de eso. Lejos de ser la contraimagen de Chesterton, su talento no llega para hacernos pensar en las maravillas de una conducta adherida al materialismo. No trata tampoco de defender la inexistencia de Dios, pues eso en el fondo lo da por dato conocido, sino que trata de decir por qué creer en cualquier trascendencia es estúpido, miserable y peligroso. Para ello agarra a los tres grandes monoteísmos por el cuello y hurga en todos sus puntos débiles cual haría un orador del Senado romano desesperado por la metamorfosis espiritual del Imperio.
Olvidemos que pasa por alto las herejías, al resto de religiones y de concepciones más abstractas de lo sagrado. Ataca a las religiones que han convivido y conviven en su país, respira por la herida. Se entiende. Pero, sinceramente, no puedo tomar en serio una crítica cuando es una crítica que apunta hacia todas partes. Estamos ante el típico caso de desprecio de la Iglesia por moralista y por libertina, por oscurantista y por falsamente esperanzadora, por perversa y por cándida. ¿En qué quedamos? Más que como Iglesia la hacen pasar por bazar, y no conozco crítica seria ni moral ni ontológica a la presencia de los bazares en nuestro mundo.
Onfray hace hincapié en una marabunta de contradicciones internas de los libros sagrados de las tres grandes religiones (pág. 169) con fin de mostrar cómo cualquier acto puede justificarse alegando una oportuna cita que lo prescribe. Puede que eso suponga un dilema para el creyente honesto que busque reclamar la supremacía de su interpretación, mas para alguien que desde fuera ve a la religión como un juego de fuerzas en movimiento, tal pluralidad no es sino un alarde de color que da cobijo a todos bajo su seno. Si juntáramos todos los libros que presuponen el materialismo también encontraríamos un bonito avispero multiforme. A un nivel científico, el decir que sí a todo equivale a no decir nada. Ello hace de la Biblia un texto neutro, un catalizador para el temperamento de cada exegeta, un reconstituyente, un antidepresivo que, como el ginseng, nos proporciona energías misteriosas para llevar a cabo nuestro plan. Demasiados autores hay entre los dos Testamentos como para estar ante un proyecto consistente: sólo hay en ellos un deseo antiguo por reconciliarse con el cosmos y alcanzar la felicidad en un mundo hostil. Cierto que el Corán, al ser de una sola autoría, presenta más problemas en ese sentido. Quizás también por eso las sociedades que lo han venerado son más uniformes, y aun con todo han albergado bondades, creatividad y dicha, amén de sus contrarios, como en todas partes.
Tiene razón Onfray cuando, alterando la famosa frase de Dostoievsky, dice que “si Dios existe, entonces todo está permitido” (pág. 57). En efecto. Al menos el cristianismo, lejos de ser una legislación cerrada, es un término que recoge múltiples acepciones. Y dentro de las más liberales hay alguna connotación con el anarquismo: “Oye, pues, de una vez un breve precepto: ama y haz lo que quieras; si callas, clamas, corriges, perdonas; calla, clama, corrige, perdona movido por la caridad. Dentro está la raíz de la caridad; no puede brotar de ella mal alguno” (San Agustín). Es el antinomianismo. Por ello, porque es baúl de doctrinas tan abierto como el materialismo, no cabe la acusación moralista directa. Pues, ¿acaso no se han cometido crímenes en nombre de teorías materialistas? ¿Acaso el totalitarismo es patrimonio de creyentes? Y lo que dije del cristianismo, con mucha más razón lo diré del hinduismo y de todas las religiones orientales, no mereciendo algunas de ellas tal nombre de religión como ya señalé en su momento (1, 2, 3, 4).
2. Recompensas y castigos alienantes
También es un gran tópico achacar a la teología la sistematización de los anhelos y su elevación a los altares: “Los humanos, preocupados por la completud, inventan una potencia dotada precisamente de las cualidades opuestas: con sus defectos dados de vuelta como los dedos de un par de guantes, fabrican las cualidades ante las que se arrodillan y luego se postran. […] Por lo tanto, la religión se convierte en la práctica por excelencia de la alienación; supone la ruptura del hombre consigo mismo y la creación de un mundo imaginario en el cual la verdad se encuentra investida primariamente” (pág. 49). Bien, lo que Onfray reprueba aquí es que exista en el hombre la noción de unas virtudes con existencia real y alcanzables por la humanidad hasta un cierto límite pero con beneficios evidentes para todo el mundo, sobre todo para quien las ejerce. Yo no logro ver qué mal hay en ese hecho en sí mismo. Podría decir que comparto esa opinión. Que es el Paraíso una forma infantil (diría que literaria) de conceptualizar tal idea, puede que sí. Que es el Dios bíblico un arquetipo de perfección algo sesgado, acéptolo. Que es frecuente fuente o consecuencia de neurosis, puede que también. También ha despertado ingentes cantidades de fuerza, esperanza, caridad, entrega, y todo ello coronado por manifestaciones artísticas difícilmente reproducibles en un mundo sin capacidad para tal desprendimiento.
En todo caso, la idealización no es patrimonio de la religión. El ideal de un Estado perfecto gobernado por proletarios equitativos me parece una reducción igualmente pueril, pero con menos glamour. Y más perversa, pues lleva la simpatía de mucha gente que, arrogada por un aura de cientificismo, no permitiría a una teocracia las falacias que permite a una dictadura comunista. Dijo Benjamin Constant: “En cuanto a mí, declaro que si es preciso elegir, prefiero el yugo religioso al despotismo político. Bajo el primero hay al menos convicción entre los esclavos y sólo los tiranos están corrompidos; pero cuando la opresión está separada de toda idea religiosa, los esclavos son tan depravados y tan abyectos como sus amos”. Aunque seguro que Onfray lograría darle la vuelta a la frase, porque lo cierto es que la religión no asegura ninguna diferencia esencial en terreno de moral cotidiana respecto de un ateísmo generalizado, ni a favor ni –lo siento, Michel– en contra.
Tampoco creo que la Vida Eterna sea la médula del sacrificio cristiano, como sí parecía creer San Pablo (1Cor 15:19), el archienemigo de Onfray. Recuérdese el “No me mueve, mi Dios, para quererte / el Cielo que me tienes prometido”, versos que considero algo más que una hipérbole literaria. También Buda, mucho más diáfano en sus propuestas, reconoce al amor y a la virtud su poder beneficioso para el agente independientemente de que haya o no una vida posterior a la presente (Majjhima Nikaya, 60 –Apannaka Sutta–). En definitiva, las utopías edénicas o kármicas dan fuerzas para persistir en la virtud a quien no tiene las suficientes como para enfrentarse a una ausencia de recompensa externa. Me parece, por tanto, el mecanismo de emergencia perfecto para un sistema moral impenetrable.
3. …“Y quien añade ciencia, añade dolor” (Ec 1:18)
El argumento más estúpido del tratado y el que más espumarajos de rabia revela es el que insulta a los religiosos tachándoles de… ¡incultos!
Oír por enésima vez un texto de Pablo e ignorar el nombre de Gregorio Nacianceno, armar el Nacimiento todos los años y no saber qué eran las querellas fundadoras del arrianismo o el concilio sobre la iconofilia; comulgar con pan ácimo y desconocer la existencia del dogma de la infalibilidad papal… (pág. 68)
He ahí lo más señero de un espíritu francés, prendado de las citas, los nombres, las referencias a bellas teorías librescas… prendado de sus propios conocimientos. Pero es que, señor Onfray, si la Salvación está en alguna parte no es desde luego en la historiografía. Bien es cierto que jamás asistiré de nuevo a una misa hasta que no eleven el nivel intelectual y retórico de las estomagantes homilías al uso, pero eso sólo manifiesta mi decadentismo, una fascinación afrancesada por la estética que sé muy bien separar de lo que es esencial para sosegar el alma. La compasión del sencillo es a todas luces un bien más alto que el conocimiento del obrar de Dios. Creer lo contrario es una perversión de raigambre griega que fue trasladándose paulatinamente (y paulinamente) a la Iglesia hasta el punto de que se afirmara que “si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema” (Constitución dogmática “Filius Dei”, 1870).
Lo cierto es que si Dios existe realmente y recibe a sus difuntos en la Jerusalén celestial no negará la entrada a quien es como un niño (Mt 18:2), tenga más o menos fe en el raciocinio humano. Cualquiera capaz de levantar la cabeza para respirar el aire puro del sentido común sabrá inmediatamente que una monja misionera hace más por la integridad moral y por la felicidad de todos enjugando las llagas de los leprosos en el Tercer Mundo durante su vida entera que un filósofo de salón despotricando sea contra la Iglesia o contra los ateos.
4 . La imaginación al cadalso
Ante una pregunta de rigor en otra entrevista, nuestro filósofo contesta: “Yo hablo de monoteísmos y no de monoteístas. El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo.” Ahí el materialista Onfray se equivoca de medio a medio. No es lo bastante materialista. Justamente hay que recordarle que no existe cosa tal como el monoteísmo, que lo que sí existen son monoteístas. Por tanto, reconocer como intrínsecamente estúpida en toda su dimensión a una idea presente en millones de personas abnegadas, disciplinadas, generosas hasta límites imposibles, una idea presente en soberbios artistas, en pensadores y ascetas establecidos en sí mismos… no me parece prudente como poco. Porque existen tantos monoteísmos como monoteístas, Onfray debería guardar silencio al respecto.
Otra pregunta de la entrevista:
Usted critica a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
Esta respuesta no me decepciona tanto. Creo inteligente la búsqueda de alternativas a una estructura psicológica y moral vinculada a la ficción. Lo hace el arte (con numerosos tropiezos en la neurosis), lo hace el budismo, lo quiso hacer el psicoanálisis, lo hace mucha gente de modo intuitivo. Pero el caso es que no todo el mundo puede. Sencillamente la religión al uso existe porque mucha gente la reclamó, la reclama y la reclamará. Es imborrable como la alimentación alta en colesterol. ¿No sería preferible que expulsáramos de nuestra mesa a las grasas? Sin embargo, la mayoría de la gente prefiere no hacerlo. Lo que tenemos que hacer para equilibrarnos es hacer algo de deporte y no pasarnos; la solución no pasa por asesinar a los comensales o al vacuno de la hamburguesa.
Y otra pregunta:
Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
No es que la poética sea exclusiva de los religiosos, es que algunos espíritus poéticos acaban hipertrofiados en religión. Conocemos infinitos casos de creyentes vacuos y de ateos coloristas. Pero si la religión ha seducido a tantos artistas epistemológicamente inclinados en un primer momento al agnosticismo, por algo será. Pienso en Dalí, el barón Corvo, Firbank, Chesterton, Huysmans, Wilde, Liszt, Wagner, Arrabal, de Prada... ¡y hasta Bob Dylan y Cat Stevens! Casi todos considerablemente rompedores. La explicación es sencilla: la religión no es tanto descubrimiento cuanto creación. Así es natural que capte a los creadores. Si los humildes abrazan la Cruz sobre todo por el vértice de la Bondad, los creadores lo hacen por el de la Belleza y los intelectuales –y por esto acaban descreyendo– por la Verdad.
Sospecho que muchos artistas desequilibrados estaban buscando una solidez en su arte que no encontraban en el Cosmos. Si el arte de Alfred Jarry era tan desquiciado quizá se deba a algo tan simple como no lograr creer en Dios. Lo mismo Rimbaud o Scriabin.
5. Adorar a Baco
Siempre me he sentido afín a una idea verbalizada por Onfray: “Defiendo una estética generalizada, inspirada en Duchamp, que permita incluir a la ética en la estética”.
Y, por otra parte, el hedonismo puro y duro es un buen plan. Al menos para el fin de semana. Desde luego no sostiene una civilización durante mucho tiempo, pero la hace decaer con gran encanto. Buena parte del arte que más me atrapa pertenece a una época metafísicamente descompuesta. Diría que me encuentro tensado entre la atracción de sus propuestas y el polo opuesto que promete sosiego a quien se esfuerza en una disciplina mental y emocional. En cambio, toda la tradición estoica de filosofías recurrentes del mundo entero no parece fascinar ni un ápice a Onfray. Tampoco la imaginería mística, el colorido de las liturgias, la belleza cándida de ciertos dogmas, lo maravilloso de que existan múltiples paisajes ideológicos en perpetua simbiosis con el paisaje físico. Incluso la consecuencia exclusivamente material del rezo y la meditación sobre el cerebro, generando gran cantidad de ondas alfa, propias del sosiego, propias de la Iluminación.
Una de cal y otra de arena. Las dos virtudes que encuentro en el Tratado de ateología son: 1) es estilísticamente brillante; 2) me descubrió personajes, pensadores y eventos interesantes que desconocía. Tengo ganas de leer el homenaje de Onfray a los cristianos hedonistas. Al menos admitirá que es posible rezar a San Pascual Bailón y no ser un solitario amargado. Y seguro que me descubre figuras interesantes.
“Pues gozar no es problemático; pero hacer gozar, y sin sufrir ni hacer sufrir, este es el desafío”. Esta frase de la primera entrevista señalada me hace mucha gracia. Si tan digna de investigación le parece esa idea, ¿por qué no he encontrado hasta ahora en sus palabras una justificación de su por qué? ¿De dónde viene el principio moral con el que pretende sustituir al cristiano? Quizás si, en lugar de remarcar las diferencias, indagase en el concepto instintivo de compasión, de empatía, daría con un origen común con el cristianismo. Quizás si admitiera que hay demasiadas variables en el ser humano como para reducir todo a una ecuación tan simple como el hedonismo sí o no, quizás entonces reconocería un gran logro al monoteísmo por lograr un método de convencer al mundo de que dar es gozoso. Quizás se pararía a repensar los presupuestos de su ideología si en lugar de valorar tanto a Aristipo de Cirene escuchara un poco a Hegesias Peisithanatos cuando afirma que si el placer es el bien y es inalcanzable por estar combatido por muchas pasiones, entonces la vida es absurda (Diógenes Laercio, II, Aristipo, 21).
El error de todo hedonista universalista es olvidarse de la inedia y de la acedia. Era necesario el budismo para su corrección. En general, las religiones han obrado modos de hedonismo más sofisticados que el de la mera satisfacción de los sentidos aquí y ahora; este hedonismo inmediatista es reduccionista y ajeno a las muchas dimensiones del yo.
Me pregunto si el señor Onfray no será tan feliz como, por coherencia, dice ser. Un hedonista auténtico, a lo Sade, no desea ver a la religión hundida en el cementerio. Al contrario, sabe que contribuye a enriquecer el paisaje. Es agradable un templo siquiera sea para profanarlo, siquiera sirva de escenario para una tórrida novela de vampiros eróticos. Que se lo digan a los burgueses decimonónicos, aburridos de su funcionalidad, rendidos a las fantasías neorreligiosas de los románticos. Que se lo digan a Dan Brown y a sus millones de lectores ateos. Que se lo digan a Zerolo y demás militantes de la izquierda bienpensante; ¿en qué basarían sus pegadizos eslóganes si no hubiera un enemigo bien vestido al que señalar con el dedo? Lo único que deberían lamentar es que los sacerdotes, sustityendo las viejas sotanas por anodinos pantalones, quitan contrastes a los bandos en la batalla.






2 comentarios:
Escribes tantos posts seguidos y hay tanto para comentarlos y aplaudirlos que me desbordas.
Gustoso hubiera comentado en todos ellos si no fuera que no quiero monopolizarte el blog como un spammer cualquiera.
Me he quedado con ganas de comentarte, por ejemplo, el post de la moral determinista (a ver si te contrarresto con otro post, más para crear un diálogo que para aplastar un monólogo con otro), de comentarte el post de Chesterton, el del diccionario del diablo (gloriosa la melancólico más que cínica definición del Vaticano) pero no puedo morderme la lengua para este.
Apuntes sueltos.
Tu renuencia a aceptar el teísmo creo que es simple y se enlaza con la de otros eruditos como Umberto Eco o James Joyce que sentían fascinación por la complejidad arquitectónica de las milenarias filosofías religosas por lo que siempre se mostraban beligerantes con quienes las retrataban con trazo grueso.
No obstante, una profunda asimilación de la narrativa científica incluida equivocadamente su vertiente mitológica: el indemostrable naturalismo, en donde lo único que existen son leyes ubicuas, trascendentales y eternas, os hace imposible la asimilación de otro tipo de metafísica. ¿Correcto?
A mi juicio ese, el creer que existen leyes y que la realidad última son leyes si acaso estructuras matemáticas, es el error filosófico de todos los ateos, desde los rencorosos como Dawkins hasta los ecuménicos como Eco.
Después de este penoso ejercicio de proselitismo (espero que el anfitrión sepa perdonarme pero uno sueña con que alguien, siquiera una persona, encontrara en mi visión una cierta verdad iluminadora) he de decir que yo también me encuentro en la discusión de ciertos ateos, los beligerantes me parece, esos fallos filosóficos que tu magníficamente diseccionas y que son grosso modo:
1) El confundir el catolicismo, mejor dicho, las actuaciones de una institución religiosa concreta y las más de las veces durante un tiempo concreto -la edad media-, con toda religión, incluso con toda religiosidad. Cuando se habla de un Buda no dogmático o de un Tao no adorable se da la callada por respuesta.
2) El creer que la fe es una muestra de irracionalidad insostenible. Cuando se habla de un Dante o de un Bach se da el analfabetismo científico por respuesta. Cuando se habla de Gödel o de Dyson se da la callada por respuesta.
3) Encuadrar la moral católica en unas grotescas coordenadas puritanas y afirmar que así es toda moral religiosa. Tus argumentos al respecto creo que son lo suficientemente elocuentes como para que el resto sea silencio.
Hay más pero no merece la pena agotar el tema y prefiero hacer un último apunte más personal:
En mi opinión, no es en la moral donde radica la necesidad de la religión sino que lo que primeramente valoraría de ésta es el dar un imprimatum teleológico a nuestro existir que indudablemente resulta motivacional en un punto en absoluto alcanzable por narrativas donde lo real existe ciega y mecánicamente, por tanto, sin el concurso del hombre.
En ese sentido creo que estamos de acuerdo que es ahí donde cualquier moralina hedonista choca con la religiosa, ¿no?
En mi opinión, no es en la moral donde radica la necesidad de la religión sino que lo que primeramente valoraría de ésta es el dar un imprimatum teleológico a nuestro existir que indudablemente resulta motivacional en un punto en absoluto alcanzable por narrativas donde lo real existe ciega y mecánicamente, por tanto, sin el concurso del hombre.
No lo podría haber resumido mejor, y creo que es un buen punto para dejar a los ateístas en paz, que estoy siendo un poco redundante.
También es cierto que admiro a la religión por su capacidad de categorizar el universo a su manera con leyes. Parece que soy un naturalista sin remedio. Aunque también admiro lo místico, esa fuerza mental misteriosa que mueve a conductas extraordinarias o simplemente dichosas.
Por último, estoy de acuerdo en el planteamiento que haces del problema de Dios en el post que linkas, al dirigir la cuestión no hacia la existencia o inexistencia de una entidad sino hacia la posibilidad de una dimensión más de lo natural... o algo así. La concepción que se hace de Dios sigue siendo demasiado... humana. Desde luego jamás podré creer en un Dios personal, omnipotente e interventor ni en un Paraíso. Mi religión, de tenerla, debería ser más sutil, con teoría cuántica de por medio como poco xDDDD.
Ah, y respecto a la frase de Dawkins sobre que "todos somos ateos de casi todos los dioses", tengo que acordarme de colgar unas citas de Heródoto en las que menciona a varios pueblos (recuerdo ahora a los caunios) que salían al campo para expulsar a dioses extranjeros en los que no creían. Una vez más se observa que la compleja epistemología humana no se deja reducir siempre al patrón bivalente de creencia-no creencia.
Y por favor, no te cortes a la hora de comentar. Es un honor tu presencia, lo digo sinceramente. Ahora escribo porque es cuando tengo tiempo, ya vendrán vacas flacas. Además algunos textos son refritos.
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