martes 7 de julio de 2009

Las aventuras de un individuo cualquiera (o el viaje más grande de todos los espacio-tiempos)

Un objeto x caminaba por una abscisa perpendicular a su altura. El paisaje, no vacío y gravitacional, le agradaba tanto que se permitió extender su paseo en . Pero aquello supuso un error en sus cálculos, limitados en un principio a x² - t(1) = ∆t, y al mirar su reloj relampagueó cual electrón observado, exclamando “¡Por el bosón de Higgs, el incremento de t no se materializó según lo mensurado!” Corrió de vuelta a su conjunto a una velocidad uniformemente acelerada que terminó por debilitar a la débil abscisa. El objeto x osciló sobre ella con un movimiento armónico simple que acabo por hacerle caer. Cayó sin dolor (“bendita sea la ausencia de sistema nervioso”, pensó) pero en un conjunto completamente extraño.

No veía ningún objeto x ni tampoco ninguno del subconjunto de los z, inmigrantes con los cuales compartía el conjunto potencia provincial. Tan sólo vio entes de aspectos extraños, asimétricos y muy definidos, casi engreídos por su carisma. El pobre x, una simple variable del montón, sintióse intimidado por una señorona gordota visiblemente llamada a, y luego por una c medio coja que le pisó un aspa de la x sin pedir disculpas. Sus subíndices eran números bajos, signos de alta posición social. Nuestro objeto x, vulgarmente apellidado 256, se sentía como vertebrado teleósteo acantopterigio fuera de su líquido elemento.

Preguntó a una d (al principio pensó que era una a con el brazo en alto) en qué conjunto estaba y de qué raza eran todos aquellos elementos: “Somos constantes individuales, pequeña variable, y no eres bienvenida”. La d se marchó altiva y cuchicheando insultos x-enófobos, y el forastero involuntario sintió en toda su oncena dimensión la hostilidad del individualismo imperante. Con su intersección central latiendo agitadamente, x256 quiso salir del espacio tomado por la muchedumbre. En busca de una soledad de las que proporcionan cierta calma, llegó a un bosque de funtores en el que se extravió, pues era un bosque ni inyectivo ni sobreyectivo en el que ninguna correspondencia era unívoca como la luz del día. Así, atravesó conjuntos productos cartesianos, recorrió relaciones transitivas, presenció reyertas entre integrales y primitivas y contabilizó cardinalidades imposibles.

Y vio una linda variable de signo negativo, una pequeña mas linda y’. “Qué coqueta al tocarse con esa lágrima ladeada”, musitó x256, pero le gustó, le gustó ese pícaro descaro de ponerse de atavío el propio apellido. “Qué dulce y prima…”. Pero la doncella desapareció pronto. Y el extranjero prosiguió en su búsqueda de un teorema al que preguntar cómo regresar a casa sano y salvo.

Por los vecindarios algebraicos que cruzara encontró todos los tipos de valores cuantificables: familias polinómicas tradicionales pero también ecuaciones simétricas, asociativas y distributivas; dio con relaciones binarias de toda la vida pero también con triplas ordenadas y no tan ordenadas, e incluso tuvo noticia de que empezaba a haber conjuntos con n-tuplos (“¡adónde iremos a parar!”, pensó); atravesó comunas de polígonos euclidianos y no euclidianos conviviendo en armonía sin estar sujetos a las leyes de un sistema formal consistente; le saludaron cuaterniones y sedeniones; los números transfinitos profetizaban la hipótesis del continuo; descubrió la salvaje vida nocturna de las ciudades, protagonizadas por desquiciados números gödelianos y grafos de síntesis que alucinaban al personal hasta el punto de hacerles ver números imaginarios. Las clases de equivalencia parecían destrozadas por una lógica modal que el extranjero de estirpe booleana no comprendía. Ante los contradictorios estímulos su mente fue deviniendo más y más entrópica a una velocidad en progresión logarítmica… hasta que cayó en la más completa vorticidad. En ese momento, x = principio de incertidumbre de Heisenberg. Su horror tendía a .



Trastornado por tantas emociones, el provinciano y minúsculo x se sentó sobre el teorema de Wolpert y lloró amargamente. Quiso la suerte que para ese instante t pasara por allí una vieja función experta en variables individuales y predicativas, antiguo empleado de la Agencia Sectorial de Homomorfismo. Amablemente preguntó al desconsolado elemento:


—¿Por qué lloras, pequeño x?

—Sniff… estoy… estoy… existencialmente cuantificado en este universo de discurso que no entiendo. No sé dónde está el lenguaje de primer orden en el que tengo mi casa… sniff… ¡Aquí todo es tan raro! ¡Predicados y funtores cuantificados, conjuntos que se contienen a sí mismos…! ¡No me he tropezado con una sola constante familiar, y el único teorema que he encontrado dice que nada puede conocerse del todo! ¡Es de locos!

El funtor compadeció a la criatura y, subiéndola sobre su vector, la devolvió en un lapso atemporal a su sistema clásico bivalente. La joven variable no podía creer tan instantáneo regreso: “¡Increíble, y yo que flipaba con la superconductividad!” A la sazón se despidieron con un abrazo simétrico de alta valencia y el viejo funtor desapareció del conjunto ipso facto, como si la revisión de un cálculo mal hecho lo hubiera eliminado de un plumazo para ajustar la fórmula.

Echado al fin sobre su cama, x256 recordó sus intensas vivencias. Y recordó a la bella y’, tan dulcemente asimétrica, con su lágrima a modo de lunar cuidadosamente situado sobre el pómulo. Soñó con un apasionado sumatorio de literales. ¡Ah, cuántos conectores operacionales ha habido siempre entre las x y las y! ¡En cuántos cromosomas han conjugado verbos relacionales y misteriosos que se resisten una y otra vez a la formalización! Sí, la x no parecía escarmentada: había decidido que al día siguiente se encaminaría de nuevo hacia ese mundo extraño y maravilloso.

2 comentarios:

Hector1564 dijo...

Digno de ser incluido en unos de los mejores libros que he leído aparentemente también ciencia-ficción pero en realidad surrealismo con si se fija bien una gran dosis de humanismo. Estoy hablando de Las Cosmicómicas de Italo Calvino.

¡Chapeu!

El Perpetrador dijo...

Gracias por la honrosa comparación.

Un libro el de Calvino que tengo pendiente de leer desde hace tiempo. A ver si me animo ahora.

Saludos.