El budismo debía surgir en la India. La pluralidad de reinos y el talante sereno de sus pueblos fomentó el relativismo y la reflexión, como sucedería más tarde en Grecia. Por ejemplo, Buda hace ver a Assalayana que hay reinos con sólo dos castas mientras que otros tienen cuatro, y por lo tanto no se puede considerar el sistema de castas una ley universal (Majjhima Nikaya, 93).
Pero una época tan intelectualmente convulsa produjo muchas otras escuelas relativistas, escépticas, epistemológicas, materialistas e incluso nihilistas. Eran los llamados shramanas, ascetas itinerantes que rechazaban la autoridad de los Vedas y de los brahmanes y que practicaban técnicas meditativas (yoga) con el fin de alcanzar la liberación del sufrimiento. Solían pasar largas temporadas en bosques y establecían ocasionalmente debates ideológicos públicos con los brahmanes.
Buda era un shramana más, el de más éxito a largo plazo, seguido de cerca por Mahavira, el fundador del jainismo. Como mostré el otro día, Buda no era el más extremista de todos ellos, aunque sí parece el más pacífico y, sobre todo, el más autorrealizado. Dije también que su escepticismo no era fácil encontrar en su época, pero no es del todo cierto…
Ajita Kesakambali negaba la pervivencia del alma tras la muerte en ninguna de sus formas y por tanto consideraba inútil la purificación del karma. Makkhali Gosala negó el libre albedrío y Purna Kassapa era contrario a la existencia de una ley moral absoluta y al mérito o demérito de las supuestas buenas y malas acciones. La vanguardia de estos ajivika se encuentra simbólicamente en la figura de Charvaka, filósofo que da nombre a una escuela igual de misteriosa que él (también llamada lokaiata), y que en el perdido Brihaspati Sutra habría expuesto su doctrina radicalmente materialista y hedonista. Su pensamiento y el de sus seguidores se conoce principalmente a través de escritos críticos budistas y por el Sarva-darśana-samgraha de Madhava Acharya y el Sarva-Siddhanta-Samgraha atribuido a Shankara, compendios de muy diversas escuelas de pensamiento de la India. Allí se encuentran perlas como éstas:
El placer que se presenta a los hombres por el contacto con los placeres sensibles, es rechazado por estar acompañado de sufrimiento –tal es el pensamiento de los tontos.
Mientras la vida sea tuya, vive alegremente.
Nadie puede escapar del ojo inquisidor de la Muerte
Cuando estas estructuras nuestras sean cenizas,
¿cómo harás que regresen?
El placer del Cielo consiste en tomar el alimento dulce aquí, en gozar de la compañía de doncellas de dieciséis años, y también en el gozo de los placeres que se derivan de usar ropa fina, olores dulces, guirnaldas de flores, sandalias y tales otras cosas (de lujo delicioso).
Tan extrema posición se rastrea por pocos senderos de la Antigüedad, acaso en Diógenes de Sínope y en el pseudo-taoísta Kuan Yi-Wu.
Un agnosticismo menos violento está en el dharshana de los Samkya, en concreto en su tratado Sāmkhya Pravachana Sūtra. Allí se considera indemostrable la existencia de un dios superior (Iswara), idea que se transmitirá a lo lejos, hasta alcanzar al Advaita expuesto en textos tamiles como el Advaita Bodha Deepika y el Kaivalya Navaneeta, comentados en el repaso del otro día a tales doctrinas.
El ateísmo y el hedonismo vuelven a encontrar una asociación de éxito en el Ramayana, texto épico fundacional junto al Mahābhārata. Allí un brahmín llamado Javali persuade al héroe Rama con estos argumentos:
¡Oh Ramacandra! Estos preceptos espirituales fueron establecidos por hombres cultos, especialistas en inducir a otros a dar, y también tenían otros medios para obtener riqueza con la que subyugaban a la gente sencilla. Su doctrina es: “Sacrificaos, haced obras de caridad, consagraos, haced penitencia y convertíos en ascetas”. ¡Oh Rama! ¡Sé inteligente, no exite otro mundo que éste, esto es cierto! ¡Disfruta de lo presente y abandona todo lo que es desagadable! Recibe el reino que Bharata te ofrece, adoptando las reglas que todos aceptan.Ramayana, Ayovdhya Kanda, 108
Me cuesta imaginar ideas iconoclastas tan nítidamente expresadas en, pongamos por caso, la Ilíada o el Cantar del Mío Çid. Acaso en el Libro de Job, en el Quijote o en el rabelaisiano Pantagruel hallamos tímidas sugerencias de lo que los indios muy anteriores a Cristo espetaban sin vergüenza alguna.
Pero la iconoclastia tiene más rostros en el subcontinente, algunos de ellos muy sugerentes, como el de los Bauls de Bengala. Surgido de las ruinas del budismo, del Tantra y del vaishnavismo, el movimiento Baul está designado por un vocablo que significa “alocado” y que denota el poco respeto que se le tiene incluso en su región. Los Bauls rechazan los dogmas, la jerarquía y la liturgia. Sus cantos expresan admirablemente su pasión por la libertad del espíritu, un tanto agitanado, un tanto dionisíaco:
No obedezco a ningún maestro, ni a preceptos, cánones o costumbres.
Las diferencias creadas por los hombres no me afectan ahora.
Me regocijo en la alegría del amor que brota de mi propio ser.
En el amor no hay separación, sino un perpetuo encuentro de corazones.
Por esto me regocijo cantando y bailando con todos.
Según K.M. Sen
Los Bauls se negaron también a ponerse el hábito ocre de los ermitaños y monjes
indios diciendo contra este formalismo:
¿Qué puede mostrar un color externo, a no ser que se haya teñido, primeramente, nuestro interior?
¿Es que acaso se puede madurar el fruto pintándole la piel?
[…]
Cuando pregunté por qué no reconocían las Escrituras, otro Baul, obviamente irritado por la pregunta, contestó: “¿Somos acaso perros que tenemos que lamer lo que otros dejan? Los grandes hombres gozan de sus propias creaciones, solamente los cobardes se contentan con alabar a sus antepasados, porque ellos no saben crear nada”.
Su beligerante filosofía, protorromántica diría yo, se resume en estos hermosísimos versos:
No observo culto, en templo, mezquita o en ninguna festividad religiosa especial.
En todo momento tengo conmigo mi Meca y mi Kasi; todo momento es sagrado.
Yendo un poco más lejos en salvajismo, tenemos a toda clase de sadhus o babas. Los pasupata buscaban insultos y burlas de la gente y los kapalika eran ascetas que bebían alcohol en calaveras; todo por forzarse a despreciar las convenciones sociales y religiosas. Según Michel Hulin, los aghori habitan todavía hoy en la región de Benarés y “frecuentan los campos de cremación, van desnudos o vestidos con una especie de sudario robado a un cadáver, consumen cualquier alimento cárnico, incluso y sobre todo echado a perder, defecan y orinan en público, e incluso a veces se entregan a la necrofagia”. Perversiones que, por cierto, sin ser específicamente gestos ateos, se encuentran también en ciertas manifestaciones anarquistoides de fervientes cristianos como la beata Ángela de Foligno, Madame Guyon, Santa Catalina de Génova, San Francisco Javier o el P. P. Claver, todos ellos dados a ingerir con suma alegría vómitos de enfermos, supuraciones y agua infestada por las llagas de los leprosos.Claro que, por mucho que intenten aproximarse en espíritu transgresor, ¿qué civilización europea puede preciarse de adorar como deidades a egregios fornicadores como Vajrasattva o Samantabadhra? Después de todo, el Tantra llegó hace siglos a la conclusión de cierto individualista llamado Oscar Wilde que dijera que “el único modo de librarse de la tentación es caer en ella”.






0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada