martes, 30 de diciembre de 2008

Biología de la cohesión

Al igual que toda criatura inteligente, el animal humano persigue un estadio de confort psicológico. Los requisitos para este confort son una prolongación de los de cualquier otro primate: pertenencia a un grupo, conocimiento del terreno, adaptación al entorno, previsibilidad del comportamiento de sus congéneres, de las presas que conforman su dieta, de sus predadores potenciales, del clima… Esto puede ser considerado primitivo en su estadio más basto, pero haríamos mal en no relacionarlo con cualquier sistema cultural sofisticado. Lo único que persigue el hombre allá donde vaya es comunión con lo que le rodea o, visto de otra forma, rodearse de aquello con lo que comulga.

En un individuo medianamente sano no se produce el desapego aséptico del urbanita posmoderno. La indiferencia hacia lo religioso, el sentimiento apátrida, el menosprecio de la obra de los ancestros, la obsesión por la eficacia ausente de gusto, son signos que debilitan el vigor de la tribu, su tensión ante los imprevistos, su permanente solidez inquebrantable, su alma; son, por ende, antievolutivos. Acaso no han hecho todavía demasiados estragos porque existe un sector vociferante en toda población que mantiene caliente cierto rescoldo de gregarismo; es gracias a ellos que no vivimos en un reino de taifas apocalíptico de Mad Max.

La hipertrofia de la placidez espiritual evita las concentraciones de poder necesarias para levantar pirámides, catedrales e incluso –Dios nos perdone– estadios de fútbol. Necesitamos fe para sugestionarnos mirando a la luna, necesitamos leyendas para sentirnos unidos a la tierra. La raíz tribal es lo que ha dado significado a los miembros de nuestra especie. ¡Instinto, instinto, instinto! No sólo es la causa de los más acuciantes problemas, sino también, cuando ha sido labrado por generaciones de elites pensantes entroncadas en la tradición, también ha sido la fuente de toda vitalidad, de toda belleza y felicidad.

Entiendo –por decirlo de algún modo– a los yihadistas que matan a los judíos, cristianos, ateos, homosexuales o hasta suníes de su provincia. Del mismo modo que veo una causalidad en el gulag, en la procesión de Semana Santa y en el eremita que huye a los bosques. Lo mismo vale para el secesionismo creciente de las minúsculas regiones de toda Europa, así como para el racismo igualmente creciente en Rusia, Alemania, Austria, Francia…

La mayor parte de los homo sapiens necesitan coherencia, homogeneidad visible: estar rodeado de personas de rasgos físicos similares, de compartir una religión, un idioma, unos mitos, unos clichés. Sólo así entenderán para qué dan la vida cuando el ejército los reclute. Sólo así tendrán como la más honorable pretensión el esforzarse por el bien del prójimo. Si no entiendo a mi vecino, si su estética es la opuesta a mi estética, si su ideología semeja una burla de la mía, si su dios promulga la muerte del mío, ¿con qué cara le ofreceré mi mano?, ¿en qué idioma? Y, lo peor de todo, ¿cómo me levantaré cada mañana amando mi mundo si mi mundo se reduce a los metros cuadrados de mi inmueble? ¿No me convertiré en un ser atrofiado, narcisista y estéril? ¿No evita esta suerte de “libertad para todos” el abrirse y manifestarse alegremente, positivamente, con pleno convencimiento y entusiasmo?


Si los valores no ejercen, se pudren. Si se pudren, naufragamos en el marasmo del cajón de sastre que nos inunda. Cualquier ideario ha de tener proyección en el espacio público. Si no se tiene ideario no se forja ni una nación ni un pueblo ni una mente medianamente productiva y equilibrada.

Los pueblos occidentales y occidentalizados pierden con cada generación toneladas de referentes culturales. Es algo inédito en la historia. Siempre hubo una lenta traslación de mitos y costumbres, pero no el desprecio radical inmediato que desde el mal du siècle posromántico se tiene por todos y cada uno de los predecesores. Evidentemente esa merma evita alguna que otra angustia: para la mayoría de la gente su patria es el caótico país actual, engendro multicultural, trasiego descreído y vulgarizado de forasteros, importaciones y empresas. Es la suerte de no pertenecer a la burguesía ilustrada (1).

Empero, la Crisis (la espiritual, mucho más importante que la económica) no por fluir en el plano inconsciente deja de hacer mella. Claro está que sus manifestaciones no serán la elegante disertación pesimista ni el poema desgarrado. No: se reconvierte en nutriente de su propio mal, en forma de obsesiva innovación, culto al cuerpo, culto a lo efímero, a las modas absurdas. Se entroniza lo soez, se habla por hablar, se ruge porque el espíritu bélico subyace pese a toda la democracia que nos cae encima, colapsándonos. Es el problema retroalimentándose. Es la huida hacia adelante. El suspiro, cuando no se conocen sus reglas, puede mutar a eructo.

El instinto suele ser visto como una rémora a gran escala. Desde que existe un concepto universal de progreso y de “Cultura” con mayúsculas se tiende a plantear lo atávico y lo local como un egoísmo génesis de la libertad mal entendida y de la degradación de esa Gran Cultura. Sin embargo, pienso que ese redencionismo transcultural hace un flaco favor a sus propios principios. La cultura que pretende abarcarlo todo, a guisa de Teoría de Cuerdas que pretende conciliar Relatividad y Cuántica, esa cultura se disgrega, porque es difícil concentrar creaciones dispares en un corpus lo bastante resistente como para no caer en la duda, el relativismo y el nihilismo postrero. Al querer sistematizar la esencia de todas las mentalidades se forja un esperpento infumable, como lo fue la teosofía rusa cuando quiso aunar a todas las religiones o cuando la música del siglo XX se percató de que la tonalidad era un sistema contingente europeo y se lanzó a experimentar estructuras indescifrables. Si se apela al espíritu común en abstracto se acaba en las obviedades o apelando a expresiones sugerentes pero vacuas (buena prueba de ello la tenemos en las Naciones Unidas y en su educada inoperancia, con su fútil proyecto de la Alianza de Civilizaciones a la cabeza).

En cambio, la cultura que se limita a contactar puntualmente con otras, que no pierde de vista su propio proyecto pero que no invade al vecino, esa cultura contribuye a un mosaico donde todo el mundo tiene claro su lugar. Las culturas yuxtapuestas entre sí revelarían sus secretas esencias comunes a los más avispados sin racionalizarlas hasta el punto de demostrar su inanidad objetiva, sino que cumplirían su función psicobiológica tras las bambalinas del subconsciente.

Pienso en un ejemplo claro. Lo que tienen que hacer los islamistas radicales no es conquistar a los infieles; eso sólo corromperá su fe en el Corán, como sucedió a los romanos cuando llegaron a Grecia y se dejaron invadir de filosofía y exquisitez. Sus mujeres de las colonias acabarán retirándose el hiyab y venderán su opción a las de los países árabes. Lejos de eso, lo inteligente sería purificar su propio terreno de influencias decadentes y parapetarse en sus axiomas, tolerando como máximos osados a Avicena y a Sohravardi. Sólo así harán sostenible la función ecológica de su teología.


(1) "En los siglos espiritualmente desérticos, sólo cae en cuenta de que el siglo está muriéndose de sed el que aún capta aguas subterráneas." (Nicolás Gómez Dávila)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola.....pues planchar es mu bacano
ahora no lo hago, pero era muy interesante cuando lo hacia, ahora lavo, y es un estado de meditación
todo nos sirve.......muchacho jejje

Anónimo dijo...

anonimo iriscolibri