
Llevo esperando hora y media en la antesala cuando al fin aparece por la puerta un tipo delgado, lánguido como un personaje de Tim Burton. Anda desconcertado y parece como si le molestase la luz. Le reconozco más por lo anacrónico de su atuendo (levita, chaqué, pañuelo de seda) que por sus facciones. Se sienta mirando en todas direcciones y me saluda como por casualidad.
P. Buenas tardes, señor Chopin.
Ch. Hola. ¿Qué tal está usted?
P. Encantado de conocerle al fin.
Ch. Favor que usted me hace.
P. Es un auténtico placer que nos haya concedido este rato de conversación.
Ch. Eso habrá que agradecérselo más a los de arriba. En cualquier caso, es un placer contestarle a sus preguntas si pueden servirle de algo mis opiniones.
P. En tal caso empecemos… Señor Chopin, ¿a qué tanto silencio?
Ch. ¿A qué se refiere usted? No comprendo.
P. Pues que no ha hecho ninguna aparición pública desde 1849…
Ch. ¡Ah, ya! Por un momento pensé que le molestaban los compases de silencio en mis partituras o algo así. (risas)
P. No, no, por Dios. (más risas)
Ch. Bueno, contestando a su pregunta, supongo que se debe a que no soy muy sociable. Tampoco recuerdo que me hayan llamado mucho que digamos desde hace siglo y medio. De hecho, una vez me invocó un pianista en medio de un recital hará unos ochenta años, pero era demasiado nervioso para mi gusto y no acudí.
P. De modo que estaría usted dispuesto a participar en programas de televisión, tertulias, entrevistas, si se lo solicitasen.
Ch. Depende de las condiciones y de mi situación personal, pero claro, no se puede uno negar a lo que no conoce.
P. Chopin, háblenos de su música.
Ch. Bueno, ¿qué puede decir un padre de sus criaturas? Mi música es el líquido sinovial de mi espíritu, es lo que lubrica mi emotividad y mi pensamiento.
P. Hermosa comparación. ¿Qué tiene usted que decir a quien la tacha de cursi, de decadente, de afeminada?
Ch. No les puedo decir nada en absoluto. Quizá sea todo eso. No guardo la suficiente distancia como para mirarla con perspectiva. Sólo puedo decir que es lo que me sale y que no sería capaz de componer en otro estilo.
P. Esa postura de cómoda autoafirmación es lo que le convierte en el prototipo de romántico.
Ch. Yo nunca me he considerado romántico. A mis años uno ha oído muchas cosas: que si mi generación ha roto el consenso de la escuela de Viena, que si hay una ruptura a partir de Beethoven, que si esto que si aquello… Mire, no creo nada de eso. Cada época tiene unos rasgos propios, pero siempre hay unas constantes universales en el amor por la belleza, por la comunión de todos los seres, por la expresividad, por la afirmación del individuo, por lo antiguo y lo misterioso…
P. Eso que usted llama constantes a un posmoderno le suena a prejuicio romántico. Sin duda por la escasa información antropológica de su tiempo no puede usted imaginar la variedad de valores que pulula entre distintos pueblos e individuos del mundo y de la historia. Si no, eche un vistazo a la Grecia clásica, a la India de Buda y a los Estados Unidos de América de la actualidad.
Ch. Quizás tenga usted razón. No sé, tendré que pensarlo.
P. Pero no lo piense demasiado, no sea que pierda usted su inspiración musical.
Ch. No, oiga, pero si uno está equivocado, está equivocado. Si mis baladas están basadas en mentiras no merecen la pena de ser escuchadas.
P. No diga usted eso. El arte está por encima de la ideología.
Ch. Eso es lo que dicen los parnasianos y demás depravados. No, yo tengo unos valores.
P. Qué curioso. Nunca lo imaginé a usted con unas creencias muy definidas. Supuse que era el típico agnóstico depresivo centrado en la estética como simulacro de redención personal, como Brahms y quizá Schubert.
Ch. No exactamente simulacro. Es cierto que siempre tuve la vaga conciencia de ser más o menos contradictorio y escéptico, aunque jamás explicité tampoco mis desengaños. Ahora pienso que acaso fantaseé demasiado.
P. Yo no lo creo. Los títulos de sus obras, nunca programáticos ni extramusicales, siempre acusan una falta de símbolos y mitología. Su amigo Franz Liszt y el yerno de éste, Wagner, o Schumann o el tardío Strauss, por ejemplo, están mucho más inmersos en la épica y en la trascendencia. Chopin siempre parece leve como una pieza para piano, nada más y nada menos que una pieza para piano.
Ch. Ha citado a Liszt y a Wagner. En efecto sus mensajes pretenden salirse de lo meramente artístico. Ello se debe a que tenían caracteres fuertes que se negaban a aceptar la contingencia de las cosas. Como el bigotudo ése, también polaco de origen, el de la voluntad…
P. ¿Nietzsche?
Ch. Ése mismo. En el fondo son inteligencias melancólicas que se niegan a serlo. Yo no pude luchar tanto contra mí mismo, prueba de ello es que rara vez intenté probar a escribir para un instrumento que no fuera el mío. Llámelo indolencia. Sin embargo, ahora que usted me hablaba de la posmodernidad, me pregunto si no habré sido todavía un poco ingenuo.
P. Espero que mi comentario no haya impedido un posible regreso de Chopin los escenarios.
Ch. A los escenarios no pensaba volver; los abandoné muy joven y nunca los eché a faltar. Y hace más de cien años que no compongo, algo difícil que vuelva a suceder a tenor de lo estresante que es la pluralidad del presente.
P. ¿No hay lugar para un sencillo nocturno tonal en el siglo XXI?
Ch. Seguramente no salido de mi mano. Ahora se lleva otro estilo, por lo que he podido vislumbrar en películas y videojuegos, a los cuales me vicio con asiduidad. Los compositores se han convertido en artesanos con escasa imaginación y escasa clase, ya no hay artesanos como el maestro Bach. Los japoneses han banalizado el tonalismo hasta lo indecible (probablemente porque intentan adaptarlo a su gusto tradicional centrado en modos pentatónicos, simplicísimos); los orquestadores americanos por su parte se han volcado en una pachanga que poco a poco se fusiona con eso que llaman pop y otras sandeces auditivas que me insultan a cada rato; los europeos han perdido el liderazgo y tienden a imitar a los yanquis. Ya no hay giros como los de mi generación, ni atrevimientos, ni modulaciones ocurrentes, ni se le da al conjunto la apariencia orgánica que deleita al oyente, que piensa “en verdad no pudo ser escrito de otro modo”. Las notas se suceden más o menos, sin un plan que parezca trazado por la mano de Dios; ya no hay una mísera pieza compleja con personalidad, coherencia y vida propia. Una pena.
P. No llore, maestro… Dígame, ¿qué opina de los compositores contemporáneos? Quiero decir, de los que siguen las vanguardias.
Ch. ¿A qué se refiere?
P. A los que se centran en parámetros como la tímbrica, las texturas, la espacialdad, los algoritmos… Como Stockhausen, Xenakis, Lachemann…
Ch. Ah, pero, ¿ésos son músicos? Un día me hicieron escuchar en la radio unas cosas raras de ese tal Xenakis (que tiene nombre de villano destructor del mundo) y cuando miré al calendario lo entendí: estábamos a 28 de diciembre. No creí que aquello fuera en serio. Me desconcierta usted.
P. La música ha cambiado mucho.
Ch. Lo que ha cambiado más bien es el lenguaje. Si usted llama música a los ronquidos de su abuela, no se lo acepto. O bien tendré que inventarme un nuevo vocablo para lo que yo hacía en el XIX.
P. Queda clara su opinión. Y sobre los intérpretes, ¿son similares a los de su tiempo? ¿Siente usted debilidad por algún pianista vivo?
Ch. No a las dos preguntas. En mi tiempo un músico era un músico, y, se centrase en la interpretación o en la composición, exploraba ambas. Cada pianista o cada violinista hacía sus propias variaciones sobre sus temas favoritos, creaba sus propias cadencias, ornamentaba y glosaba a placer, cuando no componía ocasionalmente. La especialización absurda ha matado todo eso. Hoy un compositor es incapaz de sentarse a tocar, jamás escribe junto al instrumento. Los intérpretes, por su parte, han llevado tan lejos su fidelidad por la partitura, su adoración por la figura del compositor, que el resultado ha sido la ausencia del compositor y del intérprete. La partituritis ha animado a los compositores a probar el fanatismo del instrumentista poniéndole retos más y más complicados, más y más absurdos, en un doble juego de megalomanía y sumisión. No, ya no hay pianistas como los de antes, amantes del rubato, del cantabile, de lo orgánico y lo vivo. Escuche grabaciones de Francis Planté, alumno de Liszt que llegó al siglo XX con holgura. Sin duda le sonará errático, esquizofrénico, anfetamínico… como el habla, como los pensamientos, como la vida, ¿no es así?
P. Ahora empieza a redescubrirse el gusto por la creatividad escénica. Ahí tiene a Volodos.
Ch. Demasiado brusco, demasiado hortera. Como espectáculo circense es divertido, pero ya está. Liszt era así antes de que la fe lo iluminase, aunque en todo momento sea genial. Las transcripciones y variaciones de Thalberg, de Horowitz o de Volodos son objetivamente buenas, lo reconozco, sólo que no casan con mi estética, digamos, más… refinada.
P. De acuerdo. No hablemos más de música.
Ch. Está bien. Un placer conocerle.
P. ¡No, espere! ¿Acaso no está usted en contra de la especialización y a favor de una integración de todas las humanidades?
Ch. Sí, creo en un trasvase, en limpiar la mente e inspirarse en todo, aunque siempre me han llamado especialista del piano.
P. Bueno, verá. Ahora, para dar carnaza al público que sustenta a nuestros medios, le preguntaré por su peculiar y hasta medio edípico romance con George Sand.
Ch. De mi vida mi privada no hablo. Ya lo habló ella en ese libraco absurdo que me niego a recordar. [Se refiere a Un invierno en Mallorca]
P. ¿Y algo que comentar sobre los rumores de su homosexualidad?
Ch. Sólo que está usted muy guapo.
(Risas)
P. Maestro, hemos llegado al final de nuestro tiempo. Esperamos poder convocarle de nuevo con motivo de la edición de alguna partitura nueva.
Ch. Lo dudo. Ahora discúlpeme: es la hora de mi medicación.
El compositor se marcha tras un lacónico apretón de manos mientras dice con un inesperado rotacismo: “Vamoraver si me tomo la pastilleja”, herencia, sin duda, de su convalecencia mallorquina. Él retorna a sus aposentos; a mí me acompaña un funcionario a la salida. Dejo el Olimpo con la sensación de que tendría que haberle preguntado algo más; no todos los días se tiene la oportunidad de entrevistar a un genio infalible.







2 comentarios:
Alimenticia visita al Olimpo; a veces parece incluso que Chopin hable con voz propia en este extraño ejercicio de ventrilocuismo.
No en vano me he recorrido las bibliotecas de media Europa en busca de los hábitos lingüísticos del compositor, hasta que he ido a dar con el rotacismo. ¡Ir tan lejos para dar con lo que se tiene al lado!
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