Querido Occidente:
mos pocos elementos de juicio para decidir qué idea es la acertada pero sensibilidad suficiente para gozar de un estilo. Sin embargo, nada de esto es así: la esencia de Japón es la inmolación. Un día sí que fue la pureza la dueña de nuestras almas, pero según iban éstas transmigrando a través de las generaciones, se miraban a sí mismas y se sentían ingenuas, sin ser tampoco capaces de abandonar los elaborados protocolos grabados con severidad por la maestría de los siglos. Así, cuando vieron los japoneses la eficiencia euroamericana creyeron ver una pureza hermana de la suya, de líneas nítidas y destellos de otras sedas. Triste error. Lo que importaron fue un caballo de Troya que debió llamarse desde entonces caballo de Kyoto, pues nunca una espiritualidad tan sólida cayó con la mera visión de una máquina sobre raíles o la escucha de la polifonía. Entonces pasaron rendir culto a la eficiencia y abandonaron el culto a la delicadeza. Las normas que regían el antiguo mundo persistieron pese a todo. El honor siguió formando parte de la vida pública aunque desapareciera frente al último artilugio tecnológico en la intimidad de las nuevas casas de cemento, sin vida. Una democracia ajena al proceder de los japoneses de todos los tiempos se impuso como por arte de birlibirloque sin que jamás fuera asimilada del todo: el mismo partido gana año tras año durante décadas y los ministros se suicidan ante los escándalos de corrupción. La lealtad y el honor siguen, de algún modo, imperando, aunque el entorno sea cada vez menos propicio, más eléctrico y cosido con belcro.Sobre si es éste un pueblo violento o no se ha discutido mucho. Diré mi opinión: el pueblo no es violento, es violento cada individuo sobre todo consigo mismo. De ahí que nos hayamos enclaustrado tantos en los cuatro o cinco metros cuadrados de nuestros dormitorios, sin ni siquiera salir para ver la cara de nuestros padres (nos avergonzaría); si bien el primer impulso que lleva a enterrarse en vida es irracional, los motivos lo va descubriendo el hikikomori inteligente que se explora a sí mismo y que no sólo destroza la Play Station con los dedos de acero. Lo hacemos por honor y por lealtad a la sociedad. Si la nación ha emprendido una senda que no podemos seguir, ¿a qué transformarla? Es tan inútil como inmoral. Aquí está nuestra particular visión de la democracia; si la muchedumbre asesina a la profundidad, los profundos debemos quitarnos de en medio.

Unos tomamos la vía radical; otros toman la vía radical de radicales, que es la de gasearse en el coche en las afueras de las ciudades, allí donde el paraje es aún verde, como el de los orígenes. Pero la mayoría, aunque finja vivir una vida acorde con los movimientos generales, se retuerce de otra forma. Así están los que en secreto rinden culto al vicio; ningún país como Japón para emborracharse de pornografía vomitiva, de imágenes crueles, de agresividad desesperada. El samurái, al verse recluido bajo la apariencia de un oficinista, desenvaina la katana de otra forma, la forma de la psicopatía contenida. Obtenemos así productos que forman parte de la cultura nacional, como la impresionante mitología hentai, donde encontramos numerosos ejemplos de lolicon (jovencitas con adultos), shotacon straight (sexo de jóvenes con mujeres maduras que suelen ser sus madres), tentacles (sexo con extraterrestres y otros seres tentaculares que forma, ¡sí!, todo un género en sí mismo), furry (zoofilia) y un largo etcétera. El favorito de muchos es el arte ero-goru, en el que abundan mutilaciones y sufrimiento en general, normalmente padecido por chicas a las que, blindados por el respeto que regula los corazones de Japón, no podemos poseer de otro modo. ¿Qué de malo tiene disfrutar de la perversión más deleznable de forma puramente intelectual? Nada según la ley, desde luego, sólo que la auténtica perversión es que el hijo del samurái contenga su furia y, si acaso, la canalice en un onanismo lamentable. Las adolescentes, por su parte, participan del banal enjo kosai, costumbre de citarse con ejecutivos cincuentones que ha practicado el 70% de mis compatriotas colegialas. De nuevo constato que teoría y práctica no están de acuerdo: aquí, o no funciona Kant, o el pueblo no ha sabido convertirse a la estupenda religión ilustrada.
Sí, odiamos la belleza porque se nos prohíbe poseerla. Antaño éramos valientes y ofrecíamos nuestras vidas por mujeres que se desentrañaban si se enteraban de nuestra muerte. La entrega era total. De aquellas eras nos ha quedado la fabulación de la entereza, del extremismo, pero los valores han ido goteando hasta colarse por las cloacas de las grandes urbes; la situación, por ende, impide que tengamos motivos para el recio comportanmiento que mantenemos. Necesitábamos ser reyes de nuestra vida o esclavos al servicio de un ideal, matar y morir por la excelencia... nuestra Constitución no recoge nada de eso. Por eso creemos paliar la angustia viendo sufrir a esas mujeres ridículas a las que por alguna razón deseamos, pero que no lo merecen como sus augustas antepasadas. Por eso nos complacemos en la violencia sin límite, tenemos artistas como Takashi Miike, Takeshi Kitano o Shinya Tsukamoto. También por eso tendemos a degradarnos nosotros mismos, imaginándonos en el lugar de esas víctimas de la coprofagia y la automutilación: el arte scat se ha instucionalizado en el país, lo que vale de decir que se ha institucionalizado el odio total a uno mismo. Igual que el guerrero de tal o cual shogun se autoanulaba por rendir servicio a su único valor, así nosotros nos negamos a nosotros mismos sin rumbo alguno, produciendo así derivas sin horizonte ni coto. Aunque pocos lo sepan ver, el verdadero sustituto del Hagakure o de cualquier otro prontuario de bushido no ha sido la Constitución ni la Carta de los Derechos del Hombre, sino el primer folletín repugnante que se encuentra en los quioscos de una ciudad media de esta isla que flota sobre un volcán demasiado reprimido.

Estas palabras las pronuncio como hablaron Gandhi y otros a Gog, las pronuncio como si todo Japón manifestase en un lenguaje occidental -por tanto exuberante y seco- aquello que siente inconscientemente. Escrita ha sido esta carta como por una iluminación cósmica que me ha ayudado a sintetizar en metáforas ecuménicas el estremecimiento de un pueblo. Sólo así podré ser un japonés autoconsciente, fórmula nefasta que inventó Occidente y que nos ha llevado a la decadencia final. Con tal esquizofrenia en el alma agarro el cuchillo que habrá de servirme para ofrecer mis intestinos a esta tierra violada mil veces mil. Nos veremos en Yasukuni o en el estómago de los buitres.
Hasta otra metempsicosis o hasta nunca.































