lunes 24 de septiembre de 2007

Carta de un hikikomori


Querido Occidente:

Durante mucho tiempo creí que la esencia de mi país era servir el té con cuidado religioso, ofreciendo la porcelana de linaje milenario al altar de la obra bien hecha, o tal vez era contemplar un amanecer cuando la bruma, ayudada por el rubor de los cerezos otoñales, arropa a las enhiestas montañas aún dormidas, y las pagodas reinan; quise entender incluso que era la caligrafía lo que distinguía a un japonés genuino, por aquello de que en esta vida tenemos pocos elementos de juicio para decidir qué idea es la acertada pero sensibilidad suficiente para gozar de un estilo. Sin embargo, nada de esto es así: la esencia de Japón es la inmolación. Un día sí que fue la pureza la dueña de nuestras almas, pero según iban éstas transmigrando a través de las generaciones, se miraban a sí mismas y se sentían ingenuas, sin ser tampoco capaces de abandonar los elaborados protocolos grabados con severidad por la maestría de los siglos. Así, cuando vieron los japoneses la eficiencia euroamericana creyeron ver una pureza hermana de la suya, de líneas nítidas y destellos de otras sedas. Triste error. Lo que importaron fue un caballo de Troya que debió llamarse desde entonces caballo de Kyoto, pues nunca una espiritualidad tan sólida cayó con la mera visión de una máquina sobre raíles o la escucha de la polifonía. Entonces pasaron rendir culto a la eficiencia y abandonaron el culto a la delicadeza. Las normas que regían el antiguo mundo persistieron pese a todo. El honor siguió formando parte de la vida pública aunque desapareciera frente al último artilugio tecnológico en la intimidad de las nuevas casas de cemento, sin vida. Una democracia ajena al proceder de los japoneses de todos los tiempos se impuso como por arte de birlibirloque sin que jamás fuera asimilada del todo: el mismo partido gana año tras año durante décadas y los ministros se suicidan ante los escándalos de corrupción. La lealtad y el honor siguen, de algún modo, imperando, aunque el entorno sea cada vez menos propicio, más eléctrico y cosido con belcro.

Sobre si es éste un pueblo violento o no se ha discutido mucho. Diré mi opinión: el pueblo no es violento, es violento cada individuo sobre todo consigo mismo. De ahí que nos hayamos enclaustrado tantos en los cuatro o cinco metros cuadrados de nuestros dormitorios, sin ni siquiera salir para ver la cara de nuestros padres (nos avergonzaría); si bien el primer impulso que lleva a enterrarse en vida es irracional, los motivos lo va descubriendo el hikikomori inteligente que se explora a sí mismo y que no sólo destroza la Play Station con los dedos de acero. Lo hacemos por honor y por lealtad a la sociedad. Si la nación ha emprendido una senda que no podemos seguir, ¿a qué transformarla? Es tan inútil como inmoral. Aquí está nuestra particular visión de la democracia; si la muchedumbre asesina a la profundidad, los profundos debemos quitarnos de en medio.



Unos tomamos la vía radical; otros toman la vía radical de radicales, que es la de gasearse en el coche en las afueras de las ciudades, allí donde el paraje es aún verde, como el de los orígenes. Pero la mayoría, aunque finja vivir una vida acorde con los movimientos generales, se retuerce de otra forma. Así están los que en secreto rinden culto al vicio; ningún país como Japón para emborracharse de pornografía vomitiva, de imágenes crueles, de agresividad desesperada. El samurái, al verse recluido bajo la apariencia de un oficinista, desenvaina la katana de otra forma, la forma de la psicopatía contenida. Obtenemos así productos que forman parte de la cultura nacional, como la impresionante mitología hentai, donde encontramos numerosos ejemplos de lolicon (jovencitas con adultos), shotacon straight (sexo de jóvenes con mujeres maduras que suelen ser sus madres), tentacles (sexo con extraterrestres y otros seres tentaculares que forma, ¡sí!, todo un género en sí mismo), furry (zoofilia) y un largo etcétera. El favorito de muchos es el arte ero-goru, en el que abundan mutilaciones y sufrimiento en general, normalmente padecido por chicas a las que, blindados por el respeto que regula los corazones de Japón, no podemos poseer de otro modo. ¿Qué de malo tiene disfrutar de la perversión más deleznable de forma puramente intelectual? Nada según la ley, desde luego, sólo que la auténtica perversión es que el hijo del samurái contenga su furia y, si acaso, la canalice en un onanismo lamentable. Las adolescentes, por su parte, participan del banal enjo kosai, costumbre de citarse con ejecutivos cincuentones que ha practicado el 70% de mis compatriotas colegialas. De nuevo constato que teoría y práctica no están de acuerdo: aquí, o no funciona Kant, o el pueblo no ha sabido convertirse a la estupenda religión ilustrada.

Sí, odiamos la belleza porque se nos prohíbe poseerla. Antaño éramos valientes y ofrecíamos nuestras vidas por mujeres que se desentrañaban si se enteraban de nuestra muerte. La entrega era total. De aquellas eras nos ha quedado la fabulación de la entereza, del extremismo, pero los valores han ido goteando hasta colarse por las cloacas de las grandes urbes; la situación, por ende, impide que tengamos motivos para el recio comportanmiento que mantenemos. Necesitábamos ser reyes de nuestra vida o esclavos al servicio de un ideal, matar y morir por la excelencia... nuestra Constitución no recoge nada de eso. Por eso creemos paliar la angustia viendo sufrir a esas mujeres ridículas a las que por alguna razón deseamos, pero que no lo merecen como sus augustas antepasadas. Por eso nos complacemos en la violencia sin límite, tenemos artistas como Takashi Miike, Takeshi Kitano o Shinya Tsukamoto. También por eso tendemos a degradarnos nosotros mismos, imaginándonos en el lugar de esas víctimas de la coprofagia y la automutilación: el arte scat se ha instucionalizado en el país, lo que vale de decir que se ha institucionalizado el odio total a uno mismo. Igual que el guerrero de tal o cual shogun se autoanulaba por rendir servicio a su único valor, así nosotros nos negamos a nosotros mismos sin rumbo alguno, produciendo así derivas sin horizonte ni coto. Aunque pocos lo sepan ver, el verdadero sustituto del Hagakure o de cualquier otro prontuario de bushido no ha sido la Constitución ni la Carta de los Derechos del Hombre, sino el primer folletín repugnante que se encuentra en los quioscos de una ciudad media de esta isla que flota sobre un volcán demasiado reprimido.


Estas palabras las pronuncio como hablaron Gandhi y otros a Gog, las pronuncio como si todo Japón manifestase en un lenguaje occidental -por tanto exuberante y seco- aquello que siente inconscientemente. Escrita ha sido esta carta como por una iluminación cósmica que me ha ayudado a sintetizar en metáforas ecuménicas el estremecimiento de un pueblo. Sólo así podré ser un japonés autoconsciente, fórmula nefasta que inventó Occidente y que nos ha llevado a la decadencia final. Con tal esquizofrenia en el alma agarro el cuchillo que habrá de servirme para ofrecer mis intestinos a esta tierra violada mil veces mil. Nos veremos en Yasukuni o en el estómago de los buitres.


Hasta otra metempsicosis o hasta nunca.

domingo 23 de septiembre de 2007

La noche no pudo ser más sórdida. Tocando sobre un escenario escuálido perdido en mitad de la nada, para cuatro gatos mal contados y de brazos cruzados, con las bambalinas cayéndose a pedazos, con los técnicos de sonido en un sitio demasiado visible como para que el anodino público pudiera sugestionarse con lo berreos orgásmicos del cantante, etcétera. Empezó la "música" y en ese instante me pregunté qué coño hacía yo en esa situación, en qué momento decidí bajar al inframundo para conocerlo. Pero después, cuando el desastre hacía presas a las coristas desafinadas, cuando músicos y cantantes se cruzaban con estrofas y estribillos, cuando los esperpentos que hacían payasadas eróticas se tropezaban y estorbaban más de la cuenta, cuando los micrófonos dejaban de oírse cada dos por tres, entonces comencé a reírme como había esperado. Nada salió como debía, ergo todo salió como esperaba. Porque la música era mala y penosa la puesta en escena, acepté el bolo. De tratarse de una actuación mediocre no me habría embarcado. Fue por su sordidez extrema que abracé la cruz del kitsch. Coristas sacadas de prostíbulos, puretas puteros para amenizar los entreactos, magos de feria de cuarta clase, músicos mercenarios sin ninguna identificación con lo que ocurría a dos metros de distancia, gallos horrendos, en fin... una delicia del pastiche. Disfruté como no se puede disfrutar una actuación seria y bienintencionada, porque en el hecho de degradarse existe una pureza irrebatible. El carnaval del patetismo contrapunteado por risas mordaces suscita algo así como una cumbre, solo que invertida. Puesto que no seré nunca un Richter interpretando un concierto de Beethoven ni seré Liszt eyaculando sus rapsodias, ¿qué de malo tiene alcanzar lo sublime por la vertiente negativa? Unos rozaron el Edén y lo manipularon con todos los sentidos, yo rocé el Apocalipsis y fui parte de él: de algún modo he renacido con más fuerzas, con otra moral de otro mundo, con un poco más de Nietzsche en las venas. Viva el rock n'roll (o lo que fuera).



martes 18 de septiembre de 2007

A lo largo del día de hoy, dos personas sin relación entre sí han sacado en algún momento a colación (en medio de esas conversaciones que aspirana resumir la naturaleza divina y la futbolística) el conflicto vasco. Como es costumbre en mí últimamente, me he negado a dar una opinión al respecto. Máxime con ese nombre cursi como cabecera, “conflicto vasco”, que usan los que se complacen en pasar a la historia como artífices de un debate de magnas dimensiones que no necesita más presentación. Me he negado a dar una opinión porque me esfuerzo en no tener una opinión. Al contrario del pensamiento de la mayoría, no me parece un asunto lo bastante interesante como para requerir rigor ni lo bastante sencillo como para ser poético. Puesto que de él habla tantísima chusma sin la menor idea, no es justo considerarlo más elevado que una final de la copa de Europa; y yo, con mi pequeñez, prefiero ser cola de león que cabeza de ratón. Mis contertulios se han extrañado: “Todo el mundo tiene una idea sobre el asunto”. Pero eso me ha disparado: sobre un tema como aquél se prodiga todo menos las ideas. Lo que caracteriza al nacionalismo es la negación de la idea ilustrada, por eso discutir es un tanto vano, no porque la mayoría de los no nacionalistas seamos especialmente racionales, sino más bien porque somos sentimentales de otro tipo, y mal se avienen dos almas con estéticas mutuamente excluyentes. Pero si de lo que hablamos entonces es de una noción, entonces sí, estoy de acuerdo, abundan las nociones sobre la identidad de los territorios de todo el planeta. Pero estando cada palmo de la Tierra litigado por múltiples bandos, uno se pregunta si no será una estupidez entrar a sudar por uno en concreto, sobre todo cuando toda oportunidad de auténtica autonomía está perdida. Los nacionalistas modernos no reclaman estar a la cabeza de la civilización, sino al margen. Algo tan estúpido como comprensible. Estoy de acuerdo en el fin, no estoy de acuerdo en la mera posibilidad de su realización… aunque hay que reconocer que el intentar algo tan descabellado mantiene bastante entretenida e incluso cohesionada a las sociedades que se lo proponen. Lo que me es menos comprensible es que los nacionalistas, diciendo buscar su atavismo, se han dejado vencer de la forma más irrisoria. Declaran enemigo al concepto de estado, pero hablan de formar uno. Aspiran a derechos de pueblo, pero se protegen tras su condición de ciudadanos. Y, sinceramente, no sé quién está más lejos del ansiado Parnaso euskaldún, si el punky que quema autobuses en Vitoria o un pacífico pastor manchego de boina ajeno a todo progreso. Sucede que el nacionalismo también ha sido contaminado por el siglo XXI: su nostalgia es posmoderna. Su lenguaje, pseudomarxista o abiertamente marxista, denota el fracaso del primitivismo. Todo lo que conseguirán con su aparato propagandístico y político y armado será una bandera izada y un nombre oficial satisfactorio, nada más. Todo lo demás lo han dejado atrás con los ascensores transparentes y el Guggenheim. Yo no soportaría a un engendro que pretenda imitar al Antiguo Régimen. Yo, en todo caso, desearía el Antiguo Régimen, y eso es algo perdido para siempre en territorio ibérico y en territorio europeo. Cualquier experimento del primer tipo desemboca monstruosamente en la vía hitleriana o en la vía iraní. Sentimentalismo tribal y metas modernas, parecen querer ser los elementos de los nuevos nacionalistas; yo lo veo justo a la inversa, unos objetivos atroces como los de los tiempos remotos pero con la capacidad exhaustiva y arrasadora de la mentalidad industrial, combinación completamente insostenible y antiecológica que ha llevado a las guerras menos divertidas de los últimos tiempos.



Ya he dicho mucho más de lo que estaba dispuesto a decir. Ya he dado una opinión, aunque no usual, no sectaria ni buenista. Porque en más de un sentido me compadezco realmente con los nacionalistas: son almas erradas en una época de despersonalización y de desfascinación. El suyo es un intento desesperado por recuperar cierto aliento espiritual, esa candidez que engendra belleza. Pero la corrupción de lo óptimo genera lo pésimo, y no creo que podamos esperar nada peculiar de territorios que se dicen nacionalistas pero que se sostienen sobre economías liberadas y globalizaciones culturales. La batalla está perdida desde hace mucho tiempo. España se suicidó cuando entró en la Unión Europea y en la economía de mercado y, con ella, murieron también los vascos sin saberlo. Cualquier tejemaneje negacionista de ese hecho tendrá lo peor de ambas partes. Tener lengua propia y éxitos empresariales los ha vuelto locos. Lo mejor que podemos desear a los que se obstinan en darse cabezazos contra un muro ya derruido es que se rompan el cráneo y descansen, al fin, en paz. El País Vasco se liberará de su pesada entelequia cuando, a causa de su pseudomarxismo liberal, la mitad de su población sea de razas africanas. Vaya un brindis por la ezpatadantza y por Unamuno, pese a quien le pese.

lunes 17 de septiembre de 2007

Es hora de volver a la metropólis. Habrá que ir preparando el inicio del nuevo curso, del que espero poco, pero al que me siento atado por una soga de ambición que me lanza un lejano mercado. Estudia y tendrás un hueco. Estudia y tendrás una imagen. Eso sí, si lo que quieres es expandir tu personalidad y tus mimbres y crear, entonces evita esa turbina que todo lo bate transformando las peculiaridades en ingenuidades juveniles que es preciso olvidar. La Maquinaria (la reconoceréis de inmediato por sus centinelas burócratas) sólo tiene una pasión: igualar. Igualar, igualar, igualar. Igualar las más raras flores a los cumplidores menos luminosos, las estrellas marginales que brillan con luz propia a dogmáticos. Todo es lo mismo, se diluyen las categorías porque entramos en una idetidad universal sin héroes. Imagine there's no genius and all is apathy. ¿Qué poesía puede ya revolverse contra el mundo si se dispensan carnets de pianista de jazz y de bailaor agitanao? La Maquinaria (Makinaria) absorbió a lo largo de su crecimiento a los negocios independientes del espíritu, les dio un rincón cómodo entre sus resortes y así los mató. Vuelvo a la gran ciudad a estudiar para que maten mi alma. Quizá sea mejor así... duele vivir perforado por los dientes de los engranajes imparables.


domingo 16 de septiembre de 2007

Las chicas de mi barrio son seres sin gracia aunque con pechos que llaman poderosamente. Tienen nombres extranjeros sobre los que nunca reflexionaron, vínculos de la globalización que nadie pidió. Los grandes aros que cuelgan de sus orejas las hacen muy mujeres, no así el calzado, de niña malcrecida. Se han criado frente a escaparates de fosforescencias tejidas que llaman ropa y han deseado la transfusión, la transfusión del cristal a sus cuerpos neutros, que de pronto toman una identidad barrial, un uniforme sembrado de matices que las diferencian, como si la ignorancia disciplinada hubiese conquistado también sus derechos. Las pobres sufren daltonismo estético. Daltonismo también con los chicos, que les escupen piropos a gritos con genitales entre los verbos... pero ellas se dejan pasear en motos rugidoras, acomplejadas, y los chochos (así se llaman unas a otras) vibran de emoción con el rugido. Se sienten seguras agarradas al jinete chandalizado del asfalto: es la nueva antropología del nido.


Las oigo comentar superficies de la realidad, sin ningún interés por el rumbo que han de llevar las cosas. Tienen tan asumido su papel de hembras que hasta dan ganas de completar su ideología con gestos de cani malparado. Artefactos de un sistema que desconocen, primero enternecen y después despiertan admiración. Son fuertes. Tienen los valores del clan gitano, valores medievales. Por eso, quizás, prosperan, pero sin aspavientos. Alguna vez salió alguna del grupo en un programa de lloriqueos de esos de la televisión, ya se sabe, esos programas en los que se reprocha algo intrascendente a un hermano o se le perdona el agravio más insufrible. Por lo demás son miembros de tribus con rituales ablandados por los derechos que trajo no sé qué revolución. Les faltan signos sobre los que reorganizar su vida, por eso se los han inventado ellas en un plazo de diez años, pero ya nada será tan sólido como lo que construye los siglos. Las llamas de fuego sentimental que llevan tatuadas en el coxis recuerdan al mundo que son fascistoides pero con las pasiones que llevan a ser contradictorio. Viven en una suerte de anarquía retrofeminista: se encaraman a la moral de abrir vaginas unas veces poniendo condiciones al macho, otras veces haciéndolo por puro instinto, puro vicio de animal urbano. Se drogan para saber qué sienten los hombres. Luego se pelean con expresiones que son como simbiosis entre Hollywood, la pereza del pensar y cierto atavismo de largo recorrido, casi de los árabes que con su furia impregnaron de contundencia el lenguaje de los ya excristianos. Llevan, eso sí, cruces al cuello, cruces que a veces clavan en los cuellos de las rivales, porque Cristo es el patriarca que lo defiende a uno de los demás, cualquier otra cosa sería contra natura y sin sentido. Además, para demostrar a todos que ciertamente reivindican el menospreciado concepto de tribu, se lavan los rasgos dulces de la cara con maquillaje guerrero. Se yerguen los senos y se trenzan las cabelleras: la batalla de cada día se masca en esa hora de la mañana en que madres e hijas se gritan mientras el padre mira a la segunda con más deseo que a la primera y se desahoga maltratando a una puta en otro barrio.

Al son de una música africana con disfraz electrónico, cubiertas de hojalata que imita sin saberlo al enjoyamiento de dieciochescas condesas, las pibas sin autoconciencia se mecen en una libido que evita destellos de elegancia en rostros a veces hermosos. Alguna sería una buena Carmen de Mérimée de no ser por la penosa costumbre de acudir religiosamente a las grandes sedes del embrutecimiento que son las discotecas levantinas. Sin embargo, como si una justicia cósmica infundara el karma más diáfano a quien menos lo explora, esas mujeres precoces son los vientres que la naturaleza quiso que fuera toda mujer. Ya no sé si es más aberrante el ser humano que retoza en el lodo de su salvajismo o el que sofistica su mente hasta disgregarla en mil y una paradojas.


Ésas son, en fin, las chavalas de mi barrio, el futuro del país, su colchón silencioso (aunque gritón). Nunca me he comido a una de ellas: a veces creo que no me veían como a alguien de su mundo, simplemente era un pasajero del que no se podía esperar nada. Yo tampoco las concebí sino como a estatuas barnizadas de rimel; ¿qué podía esperar de alguien que nombra a figuras históricas por el epónimo que origina sin preguntarse jamás por la relación?¿Cómo mirar el cielo junto a alguien que ignora con todas sus fuerzas lo que escapa del radio inmediato de tres manzanas? Pero a veces, en la soledad de otras ciudades, pienso en una vida en la que alguien caminase cerca con ese estilo desgarbado y sexuado de pantalones embutidos como morcillas de lascivia, y que entonces hablara del barrio de la Virgen del Remedio o de Juan XXIII entre pullas anticristianas, y con risas soeces además, grotesca imagen de tiernas reminiscencias...

sábado 15 de septiembre de 2007


Caso “Herederos de John Cage contra The Planets”

(Memorándum del litigio, notas taquigráficas)

Sr. Juez: Tiene la palabra la acusación.

Abogado de la acusación: Con la venia, señoría. Se ha presentado una demanda contra la entidad comercial The Planets por el robo de la propiedad intelectual de John Cage registrada en la referencia I-98846b de la oficina nacional de patentes de los Estados Unidos de América. El delito ha sido evidente por haber copiado un minuto íntegro de la pieza musical “4:33” del señor Cage y haberlo insertado en un disco de publicación masiva con pingües beneficios a costa de la susodicha obra original. La acusación, sin voluntad de aprovecharse ambiciosamente, exige al señor Michael Batt en cuanto titular y representante de la entidad The planets el pago solamente de la cuarta parte de los beneficios generados por la canción delictiva. Nada más, señoría.

Sr. Juez: Gracias. Tiene la palabra la defensa.

Abogado de la defensa: Con la venia, señoría. En primer lugar me gustaría preguntarme en voz alta cómo puede una canción ser delictiva, cómo puede implicar delito un objeto inmaterial que no inhiere directamente sobre la realidad...

Abogado de la acusación: Protesto, señoría. Está cuestionando fundamentos filosóficos del Derecho.

Sr. Juez: Se rechaza por el momento. Se dará un plazo limitado de libre elucubración retórica a modo exordio a la participación de cada litigante.

Abogado de la defensa: Gracias… No hablamos de una ofensa o un ultraje, sino simplemente de una obra artística abstracta, sin referencias directas de ningún tipo, una construcción enteramente intelectual, enteramente imaginaria. Pero sea, aceptaré que la canción del señor Batt pueda ser delictiva y me aprontaré a defenderla de tan desagradable adjetivo. Señoría, si la canción acusada es motivo de delito ha de ser de un delito más bien sutil, extremadamente diría yo. Incluso podría alguien sugerir que se trata de un delito por omisión. Pues no hemos de olvidar que “One minute of silence” es una pieza completamente silente, al igual que el 4:33 del señor Cage a la que se pretende vincular. Si un minuto de silencio es plagio de la obra de Cage, entonces mucha gente está reproduciendo la obra del señor Cage en esta misma sala en este preciso instante, el señor Juez, sin ir más lejos, mientras escucha amablemente la intervención de la defensa. Pero si lo que se requiere para considerar ilícita una reproducción es el foro masivo de recepción, entonces quizás deba encausarse con todas las de la ley a los fieles que rezan calladamente en las iglesias hasta la hora de la misa, aunque la tradición de tal actividad se remonte a varios milenios antes del nacimiento del señor Cage. ¿Y por qué nadie acusa al público de un concierto serio de establecer un ilegal contrapunto a la música con su masivo y reiterado silencio? El silencio accidental no exime del cumplimiento de la ley. Si el señor Michael Batt ha actuado con dolo y alevosía, la mayor parte de la sociedad –no cuento a los más insufribles parlanchines que no callan ni debajo del agua– es culpable ante la ley.

Abogado de la acusación: Protesto, señoría. Está satirizando a la acusación.

Sr. Juez: Se… se rechaza.

Abogado de la defensa: Gracias. Pero ni siquiera he acabado de enumerar los casos problemáticos, paradójicos y cotidianos, que tendrían que enfrentar los herederos de John Cage si deseasen ser rigurosos. Piénsese por ejemplo en un CD de música de los que traen un bonus-track al final, como apéndice a una última canción; suele presentarse en este caso una canción que termina, varios minutos de silencio y la sorpresa a continuación, todo en la misma pista. En tal delito caería un grupo español aún vigente, La casa azul, al final de su primer mini-álbum. O los discos que recogen grabaciones en directo, donde a menudo comienza la grabación antes de que salgan los intérpretes a tocar. El caso más extraño de dilucidar sería, pienso yo, el de un disco que saliera al mercado con un defecto de digitalización o de fabricación y tuviese una pista vacía donde debía haber una pista original. En ese caso, por una lamentable omisión, se plagiaría al señor Cage. Claro que ni siquiera sería estrictamente un plagio, del mismo modo que no puede serlo la realización de Michael Batt aunque quisiera: el silencio completo es imposible, bien confesó el mismo Cage cuando en una cámara anecoica escuchó su propia circulación sanguínea. De eso trataba su 4:33, no de apropiarse del silencio ideal de todas las eras, sino de demostrar que el componente de aleatoriedad es mayúsculo cuando se busca el vacío del sonido; su famosa obra no es, al contrario de lo que se piensa, una obra cerrada compuesta de meros compases de silencio, sino de una obra interactiva entre la orquesta –o el piano– y el mundo, la suma acústica que se obtiene de sumar el silencio y el rumor de las cosas. Por eso, afirmar que las ultrafrecuencias son las mismas en las grabaciones de One minute of silence y 4:33 no sólo es falaz sino que es absurdo, algo impensable con lo que no estaría de acuerdo el mismo Cage, pues ni siquiera las sucesivas interpretaciones de 4:33 son copias entre sí, como no pueden repetirse idénticamente todos los eventos (toses, risas, etc.). El absurdo, señoría, es patente, tan patente como la registrada obra de Cage en los términos obsoletos en los que se registró. Es el mismo absurdo que lleva a sostener que el color negro es propiedad de Kasimir Malevich desde que pintó su cuadro negro en 1915, o que el color blanco es propiedad del mismo Malevich o, en su defecto, de Robert Rauschenberg desde que ¿pintó? su White Painting en 1951. Señoría, hay leyes que contravienen a la sensatez más honrada y adecuada, al igual que hay arte que contraviene a la misma definición de arte que se manejó durante siglos: si aceptamos la nueva definición para que la obra de John Cage se ajuste a un estatus elegante, entonces deberíamos buscar una alternativa para definir a la obra de Bach, pues es evidente que ambas no pueden regirse por los mismos patrones en lo que a propiedad intelectual se refiere y a otros patrones que no mencionaré… Si llamamos música a lo que no suena, color a lo que no tiene imagen y forma a lo que no ha sido moldeado, entonces deberíamos tener dos oficinas de patentes paralelas, una para las creaciones con contenido y otra para las notas a pie de página de disertaciones filosóficas. Muchas gracias.

Sr. Juez: Muchas gracias. Turno de réplica para la acusación.

Abogado de la acusación: Con la venia, señoría. El señor abogado de la defensa nos ha ofrecido una bella reflexión abstracta como la que él dice se ha registrado bajo una fenomenología prestada en obras como las el señor Cage. También debería quizás, agrego yo, haber dos tribunales y dos sistemas judiciales, uno para refundar el Derecho y otro para que se cumpla la ley.

Abogado de la defensa: Protesto, señoría. Está satirizando a la defensa.

Sr. Juez: Se rechaza… Continúe.

Abogado de la acusación: Gracias. Prosigo. La cuestión es que las leyes son las que son. La epiqueya no deja tanto margen como para considerar deficiente desde su raíz a las definiciones que contemplan las leyes sobre propiedad intelectual. Las paradojas que se produzcan habrán de resolverse en tribunales como éste si los herederos del señor Cage así lo deciden. Hasta entonces sólo se discutirán institucionalmente las causas presentadas, como ésta, el resto deberá aguardar en las cátedras de estética de las universidades. Señoría: seré muy conciso en la exposición de mis pruebas, con las que probaré que el señor Batt pretendía dolosamente apropiarse de la obra de Cage. En primer lugar, él admite que es un homenaje a su creación, que se trata de una obra de Cage que él reinterpreta, etiquetándola como de “Cage/Batt", al igual que los músicos de jazz añaden su nombre cuando varían un standard. ¿Pero hay mucho que variar en una obra silente? El azar de una brisa y poco más; algo que no se considera modificación como tampoco se considera variación interpretar un nocturno de Chopin tal cual está escrito si cruje la banqueta del pianista. Sencillamente, son matices absurdos que escapan a un litigio de estas características. La segunda declaración de Batt lo delata finalmente, no sin otorgarle cierto don elegante de la ironía. Fue cuando declaró ante los medios que había sido querellado por mis clientes; dijo, y cito textualmente, que "nuestra canción es mejor que la de John Cage, pues lograba decir lo mismo en menos tiempo". En eso se resume todo, pretendía decir lo mismo, luego copió intencionadamente. He aquí el nervio de la cuestión que la defensa pretende distraer. Por lo demás, si debemos considerar arte, es decir, propiedad intelectual a la obra original de Cage, me permito citar una deducción de Stan Godlovitch, quien escribió en su libro Musical Performance: A Philosophical Study:

“¿Merece Cage que lo tomemos en serio? Se supone que se valió de 4'33" para destacar la importancia equivalente del sonido y el silencio en la música. La mayor parte de las obras contienen elementos de ambos; pero algunas, como las piezas de movimiento perpetuo, sólo contienen sonido. ¿Por qué negarle estatus musical a un trabajo de puro silencio? Si éste es el asunto principal de 4'33" podemos hacer una simple analogía con una broma visual. Imaginemos un paralelo culinario, una delicia gourmet llamada Agujeros que consista en una servilleta vacía doblada y servida con café. El mensaje: resaltar la importancia equivalente del aire y los sólidos en las donas. Algunas donas, las que tienen agujeros, contienen ambos elementos, mientras que otras donas, las rellenas de mermelada, sólo contienen sólidos. ¿Por qué negarle status culinario a las donas horneadas con puro aire?”

Me parece que la conclusión es clara. La música es eventos auditivos en el tiempo. Nada más. Muchas gracias.

Sr. Juez: El tribunal no tiene preguntas. Queda el caso visto para sentencia.

[…]

Sr. Juez: Este tribunal ha decidido considerar culpable de robo intelectual a la entidad financiera The Planets y lo conmina a pagar la cantidad de ****** dólares a los herederos de John Cage. Se levanta la sesión.


miércoles 12 de septiembre de 2007

Lo que más me asombra es que no esté asombrado todo el mundo de su debilidad.

(B. Pascal)

martes 11 de septiembre de 2007

A puntito estuve de no hacer ninguna mención al aniversario más famoso que se celebra hoy. Hasta hace poco ni siquiera me acordaba y una vez acordado no quise darle importancia. Pero la tuvo, qué duda cabe. El imperio fue atacado en sus entrañas por los bárbaros. Pero, claro, fue un ataque tan frontal, tan poco disimulado que obtuvo el efecto más contraproducente para los enemigos del imperio. En Europa la cosa es mucha más progresiva y, por ende, asusta menos, razón por la cual serán mayores las consecuencias a la larga.


Pero bueno, lo que yo recuerdo de aquel 11 de septiembre de 2001 es que empecé a pensar en el Islam. Hasta entonces no tenía motivos de interés para mí ni para casi nadie en Occidente. Pero después de la caída de las Torres Gemelas volvimos la vista y lo que nos encontramos era espeluznante. Descubrí que el libro más aburrido del mundo es el Corán, el libro que regula las vidas de millones de personas; no me extraña que los moros tengan tan malas pulgas. Pero al menos viviendo en estado de excepción constante, los países árabes mantienen una identidad, unas normas consuetudinarias que son las que funcionan en los momentos verdaderamente difíciles. En cambio, los Estados Unidos cambiaron tras el atentado e hicieron cambiar al mundo. Yo sospecho que Nueva York era antes una ciudad menos politizada y menos televisada. Desde mi imaginación literaria veo ahora sus avenidas menos sabrosas, más alejadas del blanco y negro y de los garitos de jazz. Más seguridad, más controles, más advertencias, más sensación de aeropuerto. Dicen que más unidad entre los norteamericanos, pero también más artificio sobre esa unidad, más suspicacia... menos literatura.


No nos engañemos tanto como para acusar únicamente a los suicidas islamistas: la degradación de la modernidad impulsó a una de sus capitales al culto al dinero, a las modas raras, a los beatniks, al plástico y a la fat-food, al insoportable pop negroide (aunque liderado por rubias de bote como la Spears y la Aguilera), a la entronización de la vulgaridad, en suma. Es la propia evolución de los tiempos. Lo único que quizás ha cambiado en Nueva York es que ha pasado de sede económica a una especie de segunda sede presidencial. Tras la cinematográfica hecatombe que reprodujeron infinitas veces las televisiones sólo podía esperarse esto, una decadencia sobre una decadencia, un engendro doblemente mediático y tedioso. No sé si fue Henry Ford u Osama Ben Laden el que mató a Nueva York; lo que sé es que esa ciudad que se vende en pequeños frascos de papel albal para llevar poco tiene que ver con la ciudad en la que cientos de dobles de Bogart caminaban amargados entre ron y mujeres como la Bacall.


Por si fuera poco, hoy también se conmemora el día en el que un presidente chileno algo inepto fue sustituído por un tirano brutal. Y los catalanes celebran con orgullo la Diada, celebran el día en que perdieron lo que más amaban. Es triste. ¿Tan pocas victorias tienen que se ven forzados a celebrar una derrota?


lunes 10 de septiembre de 2007


La música, la gran música, ha muerto. Hace tiempo ya. Una enfermedad muy grave ha debido aquejar a Occidente para que prefiriese dejar de lado a la extrema belleza que un día rozó en favor del ruidismo más abstruso y cerebral. ¡Dios, alguien se volvió loco para que de los conservatorios en los que estudiaban Fauré y Debussy surgiera a mediados del siglo XX el inefable Pierre Boulez! ¡Y los libros de historia aúnan en el mismo tomo a todos esos nombres! Digámoslo claro: todo empezó con Schoenberg. No sé qué es sino megalomanía infinita el sustituir una escala por otra, una armonía sublime por la ausencia de armonía, una tradición por una idea antiemotiva. El dodecafonismo y todos las criaturas que llevan su espíritu no los entiendo más que como función social: los compositores, en algún momento del caótico siglo pasado, decidieron que debían dar un salto comparable al que diera Beethoven. Necesitaban romanticismo y la única forma que supieron darle fue matándolo. Así es, la corrupción de lo óptimo genera lo pésimo, que dice el adagio. Los occidentales de los últimos tiempos, sumidos en millones de paralizantes dudas, se vieron invadidos de un erostratismo atroz; como el monje de El pabellón de oro, sólo prendiendo fuego a la obra de arte se quitarían tamaño peso de encima. Rimbaud: “Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas —Y la encontré amarga—. Y la injurié.” En eso se resume todo. Ya no tenemos alma, los silogismos la diluyeron cuando vimos que todo era inane; ahora, la razón es la única fuente de placer… tal parecen querer decir los artistas posmodernos con sus músicas silentes (pero con profusas notas al programa) y sus esculturas chapuceras de siete metros.


La música… por ser el paradigma de la evolución cultural de esta civilización derruida, la bendigo. “La música”. En otros tiempos los hombres la nombraban como un conjuro, cuando estaban orgullosos de ser coetáneos de un arte siempre creciente, incólume y orgiástico. De pronto… lo dionisiaco se hizo apolíneo y no hubo más que hablar. “La Segunda Guerra mundial –dicen algunos– fue un antídoto contra la lírica y las pasiones”. Desde entonces masticamos hielo. ¿Por qué no pega alguien un tiro a Stockhausen? Está claro que está sufriendo o quizás es que ya no pretende siquiera ser digno de la nacionalidad alemana. Bach, Beethoven, Brahms, Wagner… al hoyo. Lo que mola es el concepto subyacente, la performance y la verborrea. Se habla de dinámica, de tensiones, de timbres, de estructuras fractales y de la madre de San Concepto… pero la belleza es el único parámetro que nadie nombra. Se ha quedado anticuada. Por todo esto, si todos los conservatorios del mundo se incendiaran, no me entristecería. Porque sé que lo que reina en el fondo es la pereza, la defensa de un modelo de negocio: no llamando genios a los compositores anacrónicos me aseguro de que seguirán comprando mis tristes pajas mentales. Aprovechándose de la situación, los rusos fueron los que más éxito tenían porque llenaban el hueco de la música de verdad; los países con dictaduras fuimos los últimos que hicimos música bonita, quizá no comparable a la de los grandes del pasado, pero siempre mejor que el álgebra de los postespectralistas o como se quieran llamar (cada diez años cambian de nombre).



El motor de la música occidental siempre fue el de superación. Mediante razonamientos, dejar atrás a la última generación. Gran error. Pues se puede sin problemas hacer algo distinto a lo que se hacía en el siglo XVII, y en el XIX dejar atrás al XVIII… pero llegamos a un punto en el que nada tiene que ver con nada, el hilo de Ariadna se perdió por el camino. ¿Dónde queda hoy algo similar a Bach en un solo rasgo? Lo voy a decir: en el jazz, en el contrapunto de Astor Piazzolla, en los músicos free-lances, en la Intelligent Dance Music de Aphex Twin, incluso en los Beatles o Pink Floyd. Seguro que el buen Johann Sebastian apreciaría como a su heredero más a Thelonius Monk que a Boulez y compañía. Un ejemplo llamativo es Aziza Mustafa Zadeh, que hace un estilo mezcla entre Bach, Khachaturian y el folclore de su país (manda huevos que tenga que venir una de Azerbaiyán a salvar nuestra cultura). Diría que hasta la música tradicional de Java tiene más patrones en común con el Barroco europeo que el puto serialismo integral. Es la paradoja de pasar demasiado tiempo no queriendo ser lo que se es, que se acaba componiendo música al revés. Es triste crear para oídos de hace cien años; más triste es hacerlo para oídos que nunca habrán de nacer. Menuda raza de extraterrestres es la elite actual. Zombies de la posmodernidad, les falta el alma, lo principal. Para mí es una señal inequívoca del Armagedón. Recojámonos.



domingo 9 de septiembre de 2007

La ciudad. Estercolero enderezado, colmenas de cotidianeidad y desolación, crímenes silenciados tras un recibo de alquiler. Humo. El desfase se produce a todas horas, especialmente a la hora en la que el sol, acomplejado, se aleja tras los edificios que le combaten con asépticos neones. Los pecados se barren al amanecer con ayuda de camiones esforzados que disparan agua mañanera a presión, sustitución industrial del rocío de otros tiempos, cuando había ciervos. De los locales que ayer prometían edenes no queda más que un cerrojo desencantado y un borracho barbudo que lo vigila en sueños. Más humo. Me pregunto qué torcimiento nos llevó un día a esto, a un mundo artificioso que solamente se entiende a través de vidrios y metales reflectantes y que sirve para que cada cual se crea con más oportunidades. ¿Qué es una ciudad sino una asociación indiscriminada con la mente puesta en el éxito a manos llenas? Como en una carrera deportiva, las masas se agolpan en comunidades brutales: sólo unas pocas dominarán a las demás. Las vallas publicitarias son nuevos códigos de Manú o nuevos escudos heráldicos donde se declara al ganador: el nombre que sale en ellas es un ídolo pagano. Mientras, el hormiguero se mueve. Millones de rostros criminales, inmigrantes, burgueses, enamorados, ladrones, perdidos… El carnaval del desconcierto. Todas las catervas se yuxtaponen sin más nexo que las leyes de tráfico. El pastel está a la venta y no exige más religión que la avidez o la imbecilidad para tentar a la suerte y procurar acceder a ello. Lo más bello es vulgar: la relación amorosa más tormentosa no pasa de delito de sangre en hora arrebatada y titular en el periódico. Pocos conocerán la lírica de los encuentros de esa pareja o de esa familia descoyuntada por ideologías o herencias; todos la olvidarán. Se folla.

Babel compuesta de láminas, la locura urbana no es más que un amasijo de sueños pedestres en torno a una mitología original que se pierde en la sombra de los siglos. Nadie conoce el brote que dio vida a la ciudad. ¿Qué importa? Éste es un ente sonámbulo que ni va ni viene de ninguna parte. El caos corre por sus avenidas y sus circunvalaciones, las más veces en forma de lucecitas impersonales, algunas veces en forma de yonqui separándose del mundo. Parece que es el fin del fin: Raymond Chandler y Bukowski firmarían sendos testamentos y abandonarían en una horca de apartamento. La luna, también acomplejada, totalmente anacrónica, se encapota protegiéndose de una vana luminosidad generada por turbinas aburridas y dedicada al automatismo de la actividad sin poesía. La luna, pues, debe morir.

Todos los misterios quedarán enterrados por el calendario inclemente de la ciudad que duerme a sus horas. No hay sitio para el gran momento. Se acabaron las comunas en plena calle. Las revoluciones se producen en las Bolsas, siempre sitas en lugares privilegiados del centro. Mira, un ministerio. Mira, una empresa constructora. En esos sitios se planea cómo desnaturalizar tu vida. Gracias a ellos y a los neones, y a las ratas que llevan cuchillos y a las mascotas de los centros comerciales, has olvidado que eres un animal.



sábado 8 de septiembre de 2007

Hoy tres mujeres han muerto entre mis brazos. Debo de tener un carisma rompedor o una halitosis más aguda de lo que creía. En general, las mujeres muertas me caen bien. A menudo quedo con Virgina Woolf para tomar el té. Es bastante melancólica, pero habla como los ángeles. Una vez le pregunté por qué el suicidio y me contestó que por qué no. Es la respuesta de estos tiempos, todo vale, incluso el no vale, incluso la paradoja de que no vale lo que vale y vale lo que no vale sin valer valiendo, pero en la época de la Woolf nadie era tan cínico y estúpido a un tiempo como para responder así. Creo que lo que dijo realmente fue que alguien ha de morir para que los demás aprecien la vida (a vueltas con el cristianismo). O eso dijo, al menos, en la película Las Horas. Nicole Kidman me cae mal. No está muerta. No es una genio. En cambio, V. W. vivió tanto que incluso muerta guarda buena cara. Es el enigma de los mortales inmortales.

viernes 7 de septiembre de 2007

Encadenado siempre a un modem que promete el Paraíso de la banda ancha. Y yo, como un tonto, hipotecando mi juventud a cambio de pantallazos más veloces. Se acabaron las posibilidades de ser un Corto Maltés. Goodbye, aventura. Soy uno con mi ordenador, puro sedentarismo. En serio: hay veces que creo que si no tuviera uno mi vida se enbrutecería, me volvería un aprendiz de Hulk y dominaría el mundo; finalmente sería acribillado por las fuerzas del orden. Lo que a veces también me ocurre es que por momentos dejo de saber si soy yo el ordenador o el hombre que lo maneja: tengo emociones en bits y me vienen jaquecas como de CPU sobrecargado. El Office ha dado pábulo a mi escritura viciosa, optimizando el tiempo; donde antes escribía una locura ahora escribo cinco. Y el blog pretende poner un poco de orden, como si restringiéndome a una sola entrada por día evitase llenar decenas de cuadernos. Puro verbo sin certezas, calamidades literarias y metáforas indolentes. No pondría la mano en el fuego por nada de lo que he dicho en mi vida. Soy un ente desmañado que flota entre constelaciones de dudas y dogmas, no sabiendo siquiera si elijo las unas o las otras. Mis palabras se suicidan. La verdadera página profunda es la que se asquea y muere, a menudo en brazos de la tautología o la paradoja. Como este blog, es la excelencia y la podredumbre, infierno de guiños y excéntricas demandas al infinito. Siempre queda reírse de uno mismo, señal de que no se ha visitado todavía el noveno infierno...


jueves 6 de septiembre de 2007

Algunos aforismos de un epígono de Cioran (y de La Rochefoucauld, y de Pascal, y de Schopenhauer, y de Caraco...)

La noche es la matrona de los pensamientos insoportables, los pensamientos estériles y los versos.


Habría que abrir una embajada en el reino empíreo de Dios: tenemos mucho que reclamar a esa potencia colonialista y ajusticiar su incumplimiento reiterado de los Derechos Humanos desde que expulsó del Edén a Adán y Eva.


Una verdad no sirve más que para atormentar a quien espera de ella la salvación. Los que no buscan salir de la jaula cósmica no se impresionan por la evidencia que a otros empujó a rasgarse las vestiduras. El desencanto mata a quien lo consideró asesino.


Los escritores más sutiles son los menos leídos: la humanidad no está preparada para una nueva estructura cerebral.


El arte ultramoderno es la última broma de ese anciano demente que es la civilización. Se trata del mendigo moribundo que se divierte contando mentiras a los niños, no sin cierto acento de crueldad.


Nueve de cada diez hombres desconocen la posibilidad de vidas alternativas a las suyas. Por eso es imposible escapar a la inercia de la historia, los pueblos se desesperan y revientan si se les fuerza a cambiar de dinámica.


Con Dios, todo está permitido en su nombre. Sin Dios, todo está permitido en nombre del tedio y la ansiedad. Ambas visiones son preocupantes, bastante más la segunda que la primera.


En Occidente, los patrones dictan que el sufrimiento destila belleza e inteligencia. Esto revela que los hombres odiaron siempre el mundo y consideraron digno solamente a quien se sienta asqueado en él. Un convento es, en el fondo, una guarida de anarquistas.


De noche los borrachos se vuelven poetas y los poetas se emborrachan.


Siempre se encuentran razones para seguir sufriendo. Es harto infrecuente la existencia de un dolor puro, sin excusas ni sublimaciones. El mero dolor de ser se tiñe con todos los óleos metafísicos, éticos y emocionales... es el tapiz del pragmatismo.


Tanto las metáforas como las abstracciones ayudan a no ver las cosas tal cual son.


Un católico es alguien que todavía ama a Occidente.


Un ateo es alguien que todavía ama a su ateísmo, a la tradición de oposición a la columna vertebral de la humanidad, a la silueta negativa de Dios.


El nihilista ama algo inexistente sabiéndolo inexistente. Es el sufridor desnudo.


Tres cosas acercan a Dios: el orgasmo, la música y esa ausencia de Absoluto que sirve a la cabeza del Cosmos en una bandeja de falacias desenmarañadas. El Vacío -la negación total- es la última experiencia mística.


Un amigo es alguien que desconoce las peores inmundicias de tu alma.


Beethoven fue Sócrates con papel pautado y con educación germana.


En 1789 la humanidad decidió no ser una.


Parece natural que crear y creer sean verbos fonéticamente similares. Ambos tratan de llenar el vacío.


El humor desconcierta a quien ha visto la Nada. Después de una experiencia así, la ironía es el instinto más natural, pero ya no se agradece tanto. La ironía más mordaz es la que menos paz otorga.


Que haya artistas puedo entenderlo. Pero racionalistas... ¿para qué? Nunca colmarán el Vacío universal. Son un progreso indefinido para distraer la mente mientras se vive. Un dogma, una visión, un asesinato, entran dentro de lo natural, son tentativas de soluciones globales. Una perorata hegeliana... ¿a quién pretende ayudar?; es parte del problema.


El cinismo es el arte que se ingenian los malditos para que la humillación que les impone Dios no se note tanto.

miércoles 5 de septiembre de 2007



Hay otra razón para contraer una enfermedad terrible como el sida, y es la razón estética. ¿Acaso no son hermosos los virus, especialmente cuando los colorean los científicos, esos restauradores abnegados del arte microbiótico? Saber que se porta en la sangre a esas estructuras simétricas, complejas, majestuosas, perfectísimas, y que uno muere en su nombre, como un kamikaze de la belleza, eso le da a uno más elegancia, su mirada habría de cobrar las iridiscencias de aquellas toxinas coquetas. El infectado por amor al arte camina entre la muchedumbre casi levitando: su nobleza no pertenece a este mundo y pronto se reunirá con su raza mística en el confín de la nada, reino de reyes todos.


Claro que hay otras caras menos vistosas de la enfermedad…



Pero el concepto de belleza ha cambiado tanto a lo largo de este esquizofrénico Occidente que puede salir el tiro por la culata. El mejor ejemplo lo da una campaña francesa de concienciación de los peligros del sida, pero, lo lamento, a mis ojos lo han hecho más atractivo:



¿Qué sensibilidad refinada no ha soñado, sientiéndola sublime, la idea de aparearse con un escorpión gigante? Yo no levanto la mano. Es más, valga como apoyo moral a mi apreciación la literatura: creo recordar que Lautréamont describe justamente esa escena, además de otra, eximia y bellísima, con una hembra de tiburón, el primer amor de Maldoror el aciago.


Lo que está claro es que el sida y demás enfermedades degenerativas –o elevadoras, según se acaba de apuntar aquí– forman parte de nuestra vida. Su mitología nos ronda por doquier, incluso en los sellos, como si se tratara de una personalidad autónoma y eminente como Cervantes, vaya usted a saber por qué…





Fuera de sarcasmos y cinismos, lo cierto es que el sacrificio, en su mejor sentido, está desapareciendo de nuestra cultura, que ya ni es cultura ni es nada. Pureza, belleza, excelencia… los únicos vocablos que no figuran en ninguna constitución moderna, por lo demás engorrosas y extensísimas. “Hoy cualquier cerdo es capaz de quemar el Edén por cobrar un seguro”, dice Aute en una de sus mejores y más desencantadas canciones. Y, en base a la regulación establecida del código tal o cual, las leyes darían la razón al cerdo (pues se escribieron por y para él).


martes 4 de septiembre de 2007

Se había contagiado de esa enfermedad que suena a nombre de canal de televisión… VIH. Lo hizo sabiendo lo que hacía. Una auténtica kamikaze del sexo. No amaba a aquel chico y, sin embargo, se dejó penetrar por su sexo venenoso, un chico estúpido además, sidoso sin espíritu. Muy contenta, contrajo una mortalidad superacelerada. Lo describía como descender a los infiernos con la mirada bien alta, saludando como una turista, superior a todas las amenazas, invulnerable. Yo, en ese momento, la consideré una diosa.

Una noche me propuso lo propio. −¿Qué?− le dije. –Una noche de plenitud– respondía lamiéndose discretamente los labios –a cambio de ver correr rápido las horas y prometerse una liberación próxima de esta vida rara−. Confieso que me tentó. Necesité durante mucho tiempo un placer fuerte como la espada recién fundida, un éxtasis de cámara para morir tranquilo, la tranquilidad del Tránsito que se me negaría paradójicamente si recibía cierto virus, el mismo virus que escuchaba ilusionado nuestra conversación por las posibilidades de expansión que se le presentaban... Es una decisión como pocas: una cumbre olímpica y pasarme el resto del tiempo degradándome. ¿No es eso mismo la existencia? Sí, una alegoría de la vida en un plazo reducido e intensificado, y era tan guapa… No dejé de mirarla: un placer fuerte, ah, como podar el pubis de una reina o leer los diarios íntimos de Arnold Schwarzenegger. Me acobardé. Dije que lo pensaría y no la he vuelto a llamar… aunque no mentí: no he dejado de pensar en ella y en su extremismo ni una sola noche. La envidio. A fecha de hoy estará muerta.


* * *


Heme aquí, habiendo dejado pasar una de las poquísimas oportunidades que ofrecen las décadas para resumir la existencia en un fulgor y ser absoluto. Me doy golpes en el pecho sin abrírmelo. Triste evocación. Vergüenza. No moriré por una noche de éxtasis alcoholizado ni en una pelea bajo un puente. No me entregaré a los enemigos de mi fe como los Iactatio martiiri de San Eulogio de Córdoba que se arrojaban al interior de las mezquitas execrando a Mahoma para ser degollados. No tengo fe. Nuevamente doy de lado al señuelo que despertaría al supuesto místico que hay en mí… y al que no encuentro cuando hace falta. Por lo visto, algo en mis entrañas, animalmente tosco y primario, se conforma con ser un hiato entre dos nadas, paciente cultivador de internet, sin necesidad de rozar el mundo para el que están hechas las almas puras.


* * *


Me atormento. Hice mal buscando pros y contras de aquella proposición femenina y letal: lo sublime no se sustenta sobre el cálculo. Dice Josho Yamamoto en el Hagakure, ese manual de los invencibles, algo así como que la muerte sin objeto llega a ser la más noble y segura, porque si para morir necesitamos una causa poderosa, a poca distancia hallaremos otra tan fuerte y atractiva como ésta que nos incite a vivir. Antes de dormirme plácidamente en mi cama mullida de apartamento confortable, paladeo sin alcanzar su más última esencia una frase del mismo libro que sintetiza al máximo aquella idea: “No existe táctica para un hombre de gran fuerza moral”. Me duermo pensando que, como dicta el bushido, el fanatismo es la única virtud.



lunes 3 de septiembre de 2007

«¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?

Marcos, 3:23



Hay un hombre que no es querido por ser infame y no es idolotrado por no serlo lo suficiente. Me refiero al Traidor de las treinta monedas de plata. ¿Es Judas Iscariote la bajeza, el nervio que se reproduce con sucesivas apariencias y trajes a lo largo de la historia de los hombres malos? ¿O fue, por el contrario, un socio del Bien que aceptó con resignación un papel poco heroico en la tragedia de la Redención, a sabiendas de que los siglos no oirían su nombre sin vomitar y los miserables lo celebrarían en siniestras risas desdentadas? Aliándose con estos tiempos –aparentemente− iconoclastas y paternalistas hasta el rencor, cobra fuerza la segunda hipótesis: sorprende la buena fe con la que ciertos entrevistados pretenden restituir el nombre del Traidor merced al recién evangelio de Judas, una fuente gnóstica como tantas otras y que, como suele suceder en estos casos, contradice a las demás, se contradicen todas. Pero deben de haberse dado a lo largo de la historia muchos casos de “rehabilitación” de este hombre que, según la tradición, cayó lo más bajo que se puede caer en indignidad. Basta con pensar en la ingente iconografía morbosa que, dedicada a la figura de la que hablamos, la considera imprescindible; semejante perversión casi masoquista había de derivar por fuerza en herejías de la otra cara de la moneda. Recuerdo al menos que Hugo Pratt pone en boca de un cangaçeiro loco la ilusión de un Judas santo, obediente de Dios, en La macumba del gringo: “Ellos, los evangelistas, no supieroon comprender. Pero yo, Sabino, he comprendido… Aquel apóstol traicionó a Jesús en complicidad con Él para crear una personalidad inmortal que habría de servir de ejemplo a los pobres y a los débiles, con vistas a una revolución futura. Mediante aquella tración, Jesús se hizo importante en la historia, y el apóstol Judas, al que todos creyeron traidor se ahorcó para completar su obra”. Crece el número de los que alaban al réprobo. ¿Será el afán de santificar a los malditos que se encuentran a disgusto en un mundo que no pidieron? ¿Será puro afán de Absoluto por el camino oscuro? ¿Será herida viva? ¿Será resentimiento, hermanamiento con la debilidad del ahorcado y glorificación de la inmoralidad que no es sino autoglorificación? Un poco de todo.



Aunque es cierto que se puede entender esta versión desde una lectura rigurosa de la Biblia, pues leemos en Mateo 26: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará.» Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?» El respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!» Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?» Dícele: «Sí, tú lo has dicho.» Cada uno le va preguntando, ignorante, triste, si será él quien le entregará. Y a Judas le asiente: le ha sido señalado un destino, una consecuencia temporal que no podrá eludir, luego podría juzgarse que Judas da rienda suelta a su mezquindad cuando no ha sido sino predicha. Cuando en el huerto besa a su maestro, no vemos su cara, no sabemos si está compungida o indiferente o complacida, pero sabemos por Mateo que saludó al menos con respeto: “Salve, Rabbí”. Se habría condenado para que el show pudiese continuar y la Salvación tuviese lugar, si no para él, sí para el resto de la humanidad.

Pero –dejémonos de engaños− casi nadie de los que juzgan condescendientemente a Judas lo hace en base a una hermenéutica repensada, sino que la masa sigue sencillamente su aversión a las instituciones, a lo que primó durante la soberbia cumbre de Occidente, lo hacen por epatar. De hecho nadie con una espiritualiad verdadera está inquieto por el historicismo de los filólogos: el símbolo es lo que cuenta y el Jesús histórico es el que ha tenido consecuencias históricas y no el que vivió en Galilea y cumplía con sus funciones corporales como cualquiera…

Pero esta moda a favor de una conciencia más abierta y sutil no creo que haga justicia a la realidad, a la realidad de los hombres de todos los tiempos, no del apóstol que vivió en Palestina y murió, dicen, colgado de un árbol. Porque hablar del Iscariote como un hombre bueno o no tan miserable conlleva por debajo un buenismo enceguecido. Es otra forma de creer que el ser humano, ángel caído, es bueno por naturaleza… y las culpas habrían de recaer, por ende, sobre el Diablo o sobre el mismo Dios. Que no hay maldad sino bondad equivocada. Dicho así, hasta podría estar de acuerdo, pero lo cierto es que a Judas no le importó demasiado hundir al Mesías, y si no fue por mero egoísmo por que lo hizo sino por rabia o por un extraño amor, tanto da: algún otro podría haberlo hecho; no faltaron Judas en potencia. Mas el primer apóstata de Jesús, se llame como cuentan los evangelios o de otra forma, era un ánima atormentada. Se dolió, cobró entre dudas, vio sufrir a quien más lo amó, lloró, se arrepintió y finalmente se castigó huyendo hacia otro mundo, netamente más infernal puesto que sería el propio Infierno. Y si no había caído en cuál sería su próximo país, es que eran tantos sus remordimientos que quiso desertar de aquel estado aunque el precio a pagar fuera infinitamente mayor: es la escapada irracional del reventado, la demencia de la desesperación por amar lo que se ha destruido. Ya nada tenía sentido: se ahorcó un nihilista.

Bien que Judas era cobarde, temeroso de la grandeza, incauto violador de bendiciones: un enigma para sí mismo. Es la contradicción pura. ¿Quién sino un hombre inmensamente humano puede ser discípulo del verdadero y bondadoso Dios, tenerlo ante sus ojos y, a pesar de ello, venderlo… para arrastrarse luego sobre el filo tortuoso de la confusión? ¿Creía en el Señor, poniendo en Él sus esperanzas? ¿Lo amaba? ¿Lo odiaba? Se puede decir con certidumbre tan poco de él como de cualquier hombre que haya nacido. Porque yo no conozco a ningún Pedro y sí a muchos Judas. A la santidad se la conoce en los libros; el mundo lo pueblan realidades de trazos desiguales y difusos. Pocos amantes puros ha tenido Dios… o un hombre; la mayoría es un no llegar a ese estado angélico. En cada corazón hay un ADN de despropósitos, billones de traiciones y crueldades a la espera del resorte adecuado. Ésa es la realidad, la de cada día, y no el aura excepcional de los iluminados, que también los hay −o eso quiero creer. Es más fácil identificarse con Job que con Moisés, más fácil tomar partido por Marta o María que por el mismo Jesús. Pues la vida es búsqueda o rechazo y casi nunca un “estar”. No conozco entelequias de carne y hueso. Por el contrario, el alma densa que no ha sido bendecida con la gracia de gozar de un solo plano es una cesta de paradojas y una mentira que se replica a sí misma cada dos por tres. Todo es tránsito hacia alguna parte.



El mismísimo Dios me prevenga de justificar de este modo a Judas. No lo hago: Judas es despreciable, por mucho que su vileza haya contribuido al plan divino. Despreciable a los ojos de una nobleza referencial. Si le odias es que tienes, aunque reinventada, una noción de Dios. Y si lo ensalzas es porque crees que él es Dios, o sea el heredero legítimo y exiliado de su trono, así que simplemente tienes un cristianismo invertido, un dogma del revés. Y con estas palabras declaro culpable una vez más al mal Judas, un traidor archirrepugnante que serpentea por el lodo de su vergüenza, que no tuvo siquera carácter para afirmarse al lado del Diablo sin echarse atrás una vez estaba cometido el pecado, ese traidor que no quiere responsabilidades de sus actos, y de ahí su revolcarse en un Purgatorio de almas perdidas que hiere más que un Abismo monocromo. Tiene la desgracia de ser un cisma de sí mismo. Creo que lo merece. Porque es muy humano.



domingo 2 de septiembre de 2007

No sin pena y desesperación entremezcladas, he decidido salir de la nevera, en la que me interné el pasado día 22. Se me empezaban a congelar las ideas y las ambiciones. Pero ahora, una vez fuera, me siento desplazado, desplazado por el mundo, así, en general, como si estuviera en todo momento a un metro de donde debiera estar. Quizás sea esquizofrenia o quizás una divergencia real entre naturalezas incompatibles: mi yo y todo lo demás, entre lo que incluyo a mi cuerpo. Recuerdo una frase de Tiziano Sclavi, de cuya obra hablé anteayer: “Ni Dylan ni Groucho, yo soy los monstruos”. Bella frase, más incluso si se descontextualiza la última parte, “yo soy los monstruos”, sí, bella y expresiva, “yo soy los monstruos”, da ganas de susurrarla muy despacio junto a la ventana, “yo soy los monstruos…”, parece dicha por un precoz suicida francés en una de sus últimas tardes lánguidas del romanticismo tardío. Y me consuela levemente la procedencia, un tipo creativo y aun más neurótico que yo, probablamente desfasado en todas las coordenadas posibles. ¿Estarán los ejes de los hombres afines impúdicamente abrazados en algún otro plano de la realidad? Espero que no, por Dios, déjate de mariconadas sutiles, lo que hay es lo que ves, para bien o para mal. Más tilín me haría cierta personita que ha intentado quitarse la vida hace poco. Está claro que hoy los jóvenes van más rápido en todo, que se cansan antes de un sexo que empiezan a practicar cuando a nosotros Disney nos hablaba con arcoiris, y se malogran con celeridad creciente, con más diligencia cada vez, bañándose en una cultura acumulada de extravíos… ¡Pero llegar al desesperado ahorcamiento a los siete años de edad! Dentro de poco, si esto sigue así, los hombres en gestación rezarán para ser abortos antes de nacer.






Una niña intentó suicidarse




Una nena de siete años -cuya identidad se resguarda- intentó por segunda vez quitarse la vida. Actualmente, se encuentra internada en el Hospital de Niños, fuera de peligro. Recordemos que hace aproximadamente un mes, la niña también quiso quitarse la vida ahorcándose en su vivienda.





Alrededor de la medianoche del jueves, la niña fue llevada por un familiar al centro de salud desvanecida, y les habría manifestado a los facultativos que la recibieron en la guardia del nosocomio que la menor había intentado quitarse la vida por segunda vez. De inmediato, la criatura fue llevada a la sala de reanimación, donde se le practicó un lavaje estomacal, dándose luego participación a la Justicia. Según indicaron las fuentes consultadas, la precoz suicida reincidió en la trágica decisión tomando gotas de un remedio que consumía para su tratamiento psiquiátrico, que inició a causa del primer intento de suicidio.
En diálogo con Multimedios Unión, el director del Hospital, Mario Marcolli, confirmó que la menor se encuentra fuera de peligro, pero se mostró sorprendido y preocupado "por la precocidad en que ella haces estas cosas".

Por otra parte, agregó que la pequeña suicida "padece una falta de contención familiar, por lo que apeló a la Justicia para tratar esta preocupante situación". Según el profesional, "un tercer intento puede derivar en graves consecuencias". En la parte final de la nota, el facultativo señaló que solicitó un informe desde la secretaría del Menor para que la Justicia en turno decida qué hacer al respeto. Un mes atrás, la pequeña, que se domicilia en la zona norte de la Capital y que a principio de este año había sigo abusada en su vivienda por un delincuente, porque su madre no tenía dinero, intentó quitarse la vida ahorcándose en el fondo del inmueble. Al igual que en esta oportunidad, la justa intervención de un familiar evitó que la decisión terminara en una tragedia.




[Fuente: www.launiondigital.com.ar (28 / 07 / 2007) ]


Lo dicho. El aborto, al rango de deporte.


sábado 1 de septiembre de 2007

El cadáver de Wamba, rey godo de España, fue exhumado y trasladado en una caja de zinc que pesó un kilo.

Tengo un libro de papiroflexia sobre las hazañas y aventuras de Don Quijote en Kuwait.

El viejo juez interpretó hoy "La cabalgata de las Walkirias" tocando un xilófono con el meñique.

El jefe buscó el éxtasis en un imprevisto baño de whisky y gozó como un duque.

Estas frases delirantes, como no podía ser de otro modo, son pangramas. Todas las letras, señores. La gracia está en que contengan el menor número posible de letras repetidas, lo cual complica el asunto. Pero aún tienen demasiado sentido para mi gusto -conste que reconozco su superior dificultad-, yo me quedo con el bello esperpento de las que son surrealistas a la fuerza o no tan a la fuerza, que a veces revelan pensamientos poéticos fascinantes, dignos de un simbolista -o de un blogguer de a pie-:

He visto a una zarigüeya que dibujaba fácilmente kiwis pixelados.

Tan zaherido está ya en su orgullo, que Windows flirtea bajo kilómetros de axones virtuales.

Huye de ese extraño azar, porque allá viene Baco gafado y mojado de whisky.

Una hazaña que haya años de vino excelente mientras Washington bloquea con su kaleidoscopio fijo.

Son como kilos de azufre exangüe que me ahuyentan bajo un show de sueños privados.

Los míos, más torpes y largos, prefieren todavía cerrar una bella frase a una frase comprensible y concisa que bata el récord. Allá yo. Sólo tengo los que caben en los dedos de una mano:

El asesino cupo dentro de la mujer, a la que zahirió con xenofobia, y obtuvo un hijo feo y ñoño que gemía como William Shakespeare.

Ocho vientres explotaron agonizando en el fin del mundo cuando el Apocalipsis bebió en sus calaveras, ajadas por el karma, añoradas en yunques de wolframio y éxtasis.

Yo trabajo en la fábrica de mi padre como vasallo garantizado, aunque quiero existir cual gañán con un kilo de hinojo y Wagner.

El mundo jaleó exabruptos cuando como zoquetes los Pink Floyd tañeron en video sus guitarras en The Wall.

He barajado el whisky en noches de morriña y el vodka en éxitos de zahorí o en trances de amarguras fatales y querencias hueras.

He encontrado incluso un pangrama autorreferente, prácticamente imposible de hacer, una proeza matemática o qué sé yo qué hechizo:

Este pangrama tiene dieciséis a, una b, quince c, once d, dieciocho e, una f, dos g, dos h, trece i, una j, una k, una l, dos m, dieciséis n, una ñ, catorce o, dos p, dos q, cinco r, catorce s, seis t, doce u, una v, una w, una x, dos y y una z.

En fin, malabares gramaticales, desafiantes y ensimismados, sobre todo breves, para no pensar demasiado en significados que dan dolor, para no pensar en los pensamientos que como virus negativizados circulan dentro de las palabras... a la caza de una mente incauta que repare en ellos.

viernes 31 de agosto de 2007

Siguiendo mi propósito de desconcertarme a mí mismo con una disparidad anárquica de temas y tonos, hoy me propongo homenajear a un personaje ilustrativo, tan "ilustrativo" que es un dibujo; me refiero a la mejor y más famosa colección de Bonelli: Dylan Dog. Su epíteto, “el detective de la pesadilla”, ya lo orienta hacia una concepción más bien pulp, espíritu de serie B, giallo, terror posmoderno. Y es cierto, es eso, pero también es mucho más. Dylan Dog, no sé quién lo dejó caer –quizás el propio autor–, usa el ecosistema del pánico y el misterio para hablar de todo lo divino y de lo humano. Como Conrad con el mar o Wells con la ciencia-ficción, puede tocar casi todos los temas de la vida de forma espectral y espectacular, seguramente comercial y juvenil, tangencialmente, pero ya es mucho decir todo ello de un cómic actual.

Tampoco hay que engañarse: no es gran literatura. Sclavi no es Calvino. No hay desarrollo de las profundidaes que atisba como en una parrafada proustiana, millonaria en matices. Por el contrario, se queda en la anécdota bien construida, rindiendo pleitesía a las masas, a las generaciones de la inmediatez y lo insubstancial. Pero la idea central de muchos de sus guiones habría entusiasmado, por ejemplo, a Borges, por lo que tiene de juego metafísico. Y el aura lóbrega de tantos otros momentos haría las delicias de Lovecraft, Stevenson, Hitchcock… Ahí está la celebérrima frase de Umberto Eco, heterodoxo aficionado a ciertos cómics: “Puedo leer la Biblia, Homero o Dylan Dog durante días y días sin aburrirme”. Porque si bien el placer y la noche cool se presentan en Dylan Dog de manera banalmente monocroma –no hay más que ver el amancebamiento esporádico con la despampanante secundaria de turno –, el mal y el sufrimiento se presentan con todos sus rostros: psicópatas exquisitos, deformidades tanto físicas como morales, almas torturadas y obsesivas, envidias asesinas, arrepentimientos, relaciones prohibidas, condenados a eternidades góticas, erostratismo, amores enfermizos, vidas largas de perpetua frustración, conciencias putrefactas, muertos no resignados, indentidades robadas… El deseo, el dolor, la ambición, la espera, la soledad, el arte, en fin, la vida y la muerte, de todo se habla por boca de un ladrón de espíritus o de un vampiro atrapado en una ciudad industrial, acechando con fantasmagorías cibernéticas. No necesariamente el misterio es sobrenatural: hay calaveras parlantes y hay también crímenes perpetrados por humanos de lo más carnal, de lo más humano. A menudo perdura la ambigüedad de lo real, de un modo bastante más sutil que en Scooby-Doo. Por eso el detective no es tanto investigador de lo transfinito cuanto de lo que atormenta a sus clientes y a su raza, sea de este mundo o de otro. El espectro de casos es largo, aunque, como en un fractal, esté justamente lleno de siluetas de largos espectros…

Pero para tener un cómic de éxito las concesiones eran obvias: descargar lo fatal sobre lo frívolo. Así tenemos los polvos mágicos con rubias que caen de portadas del Vogue o −¡alabado sea el Señor!– al impagable Groucho. Groucho es una réplica exacta y paranormal de su tocayo el de Hollywood. Su increíble parecido, incluído el del nombre, y en los bombachos, el puro y el humorismo, jamás se justifica, aunque alguna vez se cita al modelo original; ¿quién sabe si algún día lejano, cuando vaya a morir la serie, no se explica la historia del hechizo? ¿Acaso no es el mayor milagro que se ha encontrado Dylan en su carrera esta paradoja ontológica, tan espeluznante que nadie, ni siquiera él, repara en ella a lo largo de los años? Incluso los guionistas hacen virguerías como sonámbulos para adaptar al esperento a los nuevos tiempos sin que levante sospechas. Por lo demás, el mundo de Mr. Dog –parece el nombre de una marca de comida para perros y empieza a resignarse a ello− es arquetípico, los clichés retornan una y otra vez ayudando a perpetuar la colección, pues una eternidad basada en buenos clichés sobrios no se desgasta con la rapidez de un acierto luminoso pero caduco. Algunos de ellos: el timbre de su estudio-apartamento en el ya mítico 7 de Craven Road, que suena como un grito desesperado, la matrícula 666 de su coche, su ropa inmóvil, el ya mencionado desliz sexual por capítulo, la condición de exalcohólico y claustrofóbico de nuestro detective, el "¡Judas bendito!" o "¡Judas Iscariote!" -grito de guerra de blasfema religiosidad-, los chistes inoportunos de Groucho –a Dylan le encanta quejarse de ellos−, las melancólicas e inacabables aficiones del protagonista –son dos: una maqueta de un galeón y perfeccionar su torpe ejecución al clarinete de Il trillo del Diavolo de Tartini–, también el escepcticismo de los principios, cuando intenta razonar con la enésima chiquilla histérica que ve visiones y que acaban siendo, cómo no, terriblemente auténticas.

Rara vez sale de Londres. Parece que le guste la lluvia, los rincones por los que tantos asesinos vagaron por la literatura y andar sin un céntimo. Con ser abstemio, lo suyo es un arte para toparse con todas las mitologías de lo siniestro –si bien no tanto como Martin Mystère− y un no envejecer nunca que heredó de los folletines, porque mientras dé dinero –y este es su encanto pulp− Dylan continuará en las mismas andadas según avancen las décadas, degradándose muy poco a poco, conociendo nuevos espantos a través de Internet o de los teléfonos móviles y olvidándolo todo al comienzo del nuevo episodio para empezarlo con casi la misma ingenuidad con que abordó el primero. Algo que me sorprende es que en el Londres de Dylan Dog escasean notablemente los inmigrantes: ¿será que aquellos lo alejarían del goticismo pálido y de los vampiros setenteros que puedan quedar en la ciudad del Big Ben? En general, con ser numerosos, los fenómenos y las situaciones y los monstruos se repiten con leves variaciones. Umberto Eco da una explicación global hablando de la literatura folletinesca; arguye que una novela de estas características “constituye un mensaje que nos informa poquísimo y que, por el contrario, nos pone de manifiesto, merced a la utilización de elementos redundantes, un significado que habíamos adquirido tranquilamente con la lectura de la primera obra de la serie –en este caso, el significado es un cierto mecanismo de la acción, debido al interferir de personajes tópicos−. […] Bajo este aspecto, la mayor parte de la narrativa de masas es una narrativa de la redundancia” (Apocalípticos e integrados, Tusquets, pág. 247). En fin, también la explicación de Eco es redundante, puesto que no nos dice nada que no supiéramos.



En España se han publicado varias colecciones reducidas del personaje “angloitaliano”. Yo tengo seis números de Bruguera –entre los que destaco A través del espejo, Diablo el magnífico y El retorno del monstruo−; el resto es gracias a la iniciativa de Aleta ediciones, que empezó a publicar desde el número 159 italiano. De la nueva colección, acaudillada en la escritura por Barbato, Ruju y Medda, me quedaría con Percepciones extrasensoriales −robo de recuerdos−, La sonrisa de la oscura dama –retoma los guiños a Poe de A través del espejo−, El mundo perfecto –reelaboración inteligente del mito de la Jerusalén celestial, muy borgiana y firmada por el propio Sclavi−, El río del olvido –poética y vaga insinuación sobre los senderos de la memoria, una vez más−, El espejo del alma –título cursi aunque de contenido escalofriante en torno a la creación literaria, diría que más atractivo que Vila-Matas−, Mujer que grita –la espiritualidad del artista, síndrome de Stendhal−, Sobrevivir al Edén –desmontando la utopía de la comunidad ideal−, La tercera cara de la moneda –clásico homenaje a las tramas del Chandler−. En fin, nótese que me cuesta seleccionar. El último que ha salido, por cierto, Los misterios de Venecia, es excelente y evoca nuevamente a la ciudad, como dedicándoselo a los soñadores de todos los tiempos y lugares, con el lirismo que sólo los italianos saben cantar, en la línea de la Fábula de Venecia de Pratt. Los rumores sobre una Biblioteca Dylan Dog en Aleta persisten aunque cada vez con menos fuerza. No perdamos la esperanza. Confiemos en que las aventuras del detective de la pesadilla en este país de sol que tan poco se adecúa a sus necesidades estéticas no hayan hecho más que empezar.


Que Groucho se despida con unos chistes:


−Qué bueno es viajar. Se puede contemplar un montón de cosas distintas interesantes, como aquel turista árabe mientras miraba la torre Eiffel: “Diablos, hace veinte años que vengo a París y estos malditos franceses aún no han encontrado el petróleo”.


–¿Sabes cuál es la primera palabra que dice un volcán recién nacido? “Magma”.


–Conocí a un chino que actuaba por los parques de atracciones. Era un tipo realmente fenomenal. Se plantaba delante de su tienda y se dejaba la voz para atraer al público. “Vengan todos dentlo, señolas y señoles –decía−, vengan a admilal un evento excepcional, una cosa única en el mundo, ilepetible”. Cuando la tienda estaba llena, se subía al escenario y después de un gran silencio lleno de suspense, gritaba: “ERRRRRRRE”.


–Dos viejos indios están fumando la pipa de la paz. Después de una hora de silencio, uno le dice al otro: “Ugh” Una hora después, el segundo responde: “ugh”. Pasan tres horas y el primer indio dice: “¡Ugh, ugh!”. Y el otro le dice: “Ah no, querido, no intentes cambiar de tema”.


−¿Sabéis lo que se preguntan los peces de colores mientras nos miran desde la pecera? “¿Cómo se pueden pasar toda la vida detrás de un cristal?”.


−¿Sabes cómo se meten a cuarenta escoceses en una cabina telefónica? Olvidando el cambio.


–He hablado con muchos de vosotros [presos] y todos me han confesado que son inocentes. Así que de ahora en adelante propongo que se construyan dos prisiones: una para los culpables y otra para los inocentes.


−El idealista construye castillos en el aire, el loco los habita y el psiquiatra cobra el alquiler.


–Un tipo se ha comprado un coche nuevo después de años de ahorro. Vuelve a casa temprano, aparca el coche, sube y saca a su mujer para enseñárselo y, en ese momento… ¡Horror! ¡Ve que un ladrón ha subido al coche y está intentando ponerlo en marcha! Con la fuerza de la desesperación, el tipo levanta el armario de la habitación, lo saca al balcón y lo tira abajo, aplastando al coche y al ladrón, pero al hacerlo se cae y se mata. Esa misma noche se presentan los tres a las puertas del Paraíso. San Pedro recibe al tipo que llora y se justifica por lo sucedido. Después de tantos sacrificios, la idea de perder el coche le había hecho cometer un despropósito. Al tipo lo perdonan y entra en el Paraíso. Después le toca al ladrón, que llora de arrepentimiento: se había visto obligado a robar por mantener a sus hijos o hubiesen muerto de hambre. San Pedro, conmovido, le perdona a él también y le deja pasar. Queda el tercero y nadie sabe de quién se trata. Su nombre no aparece en el registro. “¿Y tú qué haces aquí?”, le pregunta San Pedro. Y dice el otro: “No tengo ni idea, yo sólo estaba dentro de un armario”.


Reseñas y artículos:


http://ubcfumetti.com/dd/desc_es.htm
http://ubcfumetti.com/dd/pres_es.htm
http://www.goetia.cl/resenas/comic/corto_dylan.html
http://ubcfumetti.com/international/bonsp_dd_es.htm