domingo 11 de octubre de 2009

Malditos bastardos

I

Me gustó Malditos bastardos.

Sus aciertos:

1) Su planificación estética, entre retro, teatral y western posmoderno, es deliciosa.

2) El toque Tarantino es de una gran autenticidad, lo cual no quiere decir que no beba de diversas fuentes como las largas conversaciones y divagaciones del cine europeo, el ballet sangriento del cine oriental o el esteticismo contemplativo casi viscontiano también hallable de modo más pop en Takashi Miike, en Seijun Suzuki o en Sarsanatieng (véase la fascinante Las lágrimas del tigre negro, una del Oeste en Tailandia con decorados propios del expresionismo de la UFA).

3) La trama, como ya se ha dado a entender, alterna de forma justa el psicologismo europeizante con el gusto por la violencia, el humor con la tragedia, el esperpento con el -poco- realismo. Es un guión original y bien orquestado, nada usual para tratarse de una peli de nazis, si bien supongo que los alemanes que la vean se quedarán clavados en su silla sin poder siquiera balbucear un juicio.

4) Es ágil y, aunque larga, no se hace pesada.

5) Tiene la virtud de interesar a todo tipo de público, cinéfilos y adolescentes embrutecidos, amantes del cine histórico, de los platos fuertes o simplemente del humor. Es una virtud puramente comercial pero hay que reconocérsela.

Sus deficiencias:

1) Tarantino, amoral enamorado del cinema pour le cinema, auténtica rata del audiovisual, es incapaz de transmitir cualquier tipo de mensaje con su cine. No es que me posicione en el moralismo per se, solamente que el gran arte logra, además de impactar estéticamente a secas, hilvanar cuestiones afectivas más profundas, rozando el núcleo de la vida justamente para emocionar con más éxito al espectador. Diría que esta última película de Quentin no habla en realidad del nazismo ni de la guerra en absoluto, sólo lo usa como telón de fondo para sus idas de olla formalistas y frívolas que, por otra parte, no dejan de ser geniales a su nivel. Brad Pitt estaba bastante alejado de la realidad cuando afirmó orgullosa y categóricamente que con esta película se cerraba el filón del nazismo para el cine; más bien creo que ni tan sólo lo ha rozado.

2) Brad Pitt sobreactua y también el nazi del vaso de leche. Probablemente fuera petición del propio Tarantino, lo cual viene apoyado por el hecho de que muchas de las líneas del guión sean irrealistas, expresionistas y delirantes. Siempre he dicho que me encanta la hipérbole. Pero no sé, me ha recordado demasiado a menudo que estoy viendo a actores que se saben su parte de memoria y que todo el acto no es más que un chiste.

II

Pero de lo que quería hablar ahora es de algo colateral. Es el público, que he mencionado de pasada. Hoy, en una sala lujosa de un centro comercial de los que abundan a las afueras de las urbes -panales del consumismo-, me he reencontrado a una o varias generaciones de necios que prácticamente tenía olvidadas, pues apenas veo la televisión y no me muevo en círculos tan obscenos. La mayoría de quinceañeros allí presentes se reía a mandíbula batiente con cada frase mínimamente elaborada -a nivel gramatical estoy diciendo- y, lo que es peor, con las grandes matanzas.

¿Por qué el despellejamiento y el cercenamiento de extremidades hace tanta gracia? Hay que reconocer que Tarantino gusta de hacernos sonreír con la violencia, haciéndonos tomarla con más ligereza de lo normal, incluso de forma atractiva desde el punto de vista estético, pero de ahí a descojonarse vivo uno cada vez que mueren diez personas en una orgía de sangre... en fin. No es que disfruten viendo cómo caen los malvados, porque, estoy seguro, gozarían igualmente si muriesen los judíos. Tampoco es que aprecien el modo insólito en el que el director muestra la muerte. Se trata, simple y llanamente, de que no tienen sensibilidad. El teclado inerte que pulso en este instante posee más espíritu que ellos, lo sé. La sociedad o qué se yo los tiene embrutecidos hasta niveles pasmosos. Pobres bastardos... Para ellos no existe otra diversión que no sea el extremismo barato, la sangre a chorros, el sexo explícito o la rechifla subida de tono. Ni valores, ni sugerencias, ni audacia, ni ingenio, corren por las venas de su criterio, que se dirían aquejadas de hemofilia. Opuestos a lo sutil, esos jóvenes -y no tan jóvenes, por desgracia- me dan algo de miedo, porque es demasiado fácil que con ellos en el Sistema la sociedad se acerque más y más a la oxidación, a la cutrez, al colapso. Aisladas, las personas con un mínimo de gusto deberán aliarse en minorías clandestinas, avergonzadas como cultos esotéricos, como herejías herméticas que perturban la paz de la Iglesia del Trazo Burdo, el Morbo y la Pereza mental.

Lamentable. Suerte que cuento ahora mismo con un libro de Herrmann Hesse a mi lado para refugiarme de las mayorías, tan veneradas, ese nuestro mayor orgullo.



domingo 13 de septiembre de 2009

Discípulos de San Sebastián

Y otras, cuyas gargantas gustan de los escapularios,

que, ocultando un látigo bajo sus largas vestimentas,

mezclan en el bosque umbrío y las noches solitarias

espuma del placer al llanto del tormento.


Charles Baudelaire, Femmes damnées


He descubierto estos días que el presente blog figura en la sección de blogs spankos de La feria de los azotes. No es que me queje, me encanta figurar ahí, si bien no comprendo bien el porqué. Supongo que mis ocasionales digresiones surrealistas, sórdidas y nihilistas contienen algunas ideas aceptables dentro del selecto círculo de los sadomasoquistas. En concreto, “spank parece significar en inglés “azotaina en las nalgas”, y de eso sí que no recuerdo ni una palabra salida de mi mano, pero el posible lapsus me ha animado a explorar sucintamente ese mundillo, que ha resultado ser fascinante. Resulta que es todo un género de actividades humanas, una contracultura con ánimo de institucionalizarse. Golpear las nalgas (generalmente el hombre a la mujer, como veremos) no consta simplemente de un movimiento vertical uniformemente acelerado, sino que compendia toda una filosofía de vida, una disciplina casi marcial, un arte.

Carezco totalmente de indicios empíricos para definirme como sádico o masoquista en el terreno sexual (preciso que sólo es un posible terreno para tan noble tendencia, lo que suele olvidarse), pero si lo hiciera, confieso que el vapuleo glúteo supondría el primer escalafón de una larga lista de posibilidades. No sé si la insistencia en esa acción tan concreta por parte de los spankos se debe a un trastorno psicológico concreto o a una mera falta de imaginación para extrapolar la violencia a otras áreas del cuerpo y a otros métodos. Quizá sea simplemente un fetichismo tan digno como cualquier otro.

El caso es que, efectivamente, la aquiescencia del maltrato, que tanto choca con los eslóganes oficiales de las voces moralistas de la sociedad, puede devenir en algo más serio. Me aventuro en un improvisado papel de psiquiatra: un automaltrato moderado, dispuesto en unas horas concretas del tiempo de ocio, como ir al cine o ver el fútbol, parece revelar una neurosis controlada, a la cual el sujeto se adapta inteligentemente, integrándola en su vida, aceptándose como ser enfermizo. Cuando esa actividad moderada, casi próxima a sindicarse, se hace intensa como una llama que abrasa todo lo que de sensatez queda en el alma, entonces hablamos más bien de borderline, el trastorno emocional más severo de cuantos acaecen por traumas psicológicos. El deseo constante de morir es su máxima expresión.

La constante necesidad de ser amados unida a una incapacidad para la decisión autónoma, lleva a algunos a rebajarse voluntariamente, a ser un apéndice, a olvidar a través de un estudiado viaje todos los derechos logrados en los dos últimos siglos. En este último sentido lo puedo considerar un experimento interesante. ¿Qué hacer con los ciudadanos que menosprecian la condición de ciudadanía? ¿Qué sentido, aparte de mantener la conciencia del legislador limpia, tiene prohibir el suicidio? Y por otra parte, la inclinación de otros a vapulear, a excitarse enrojeciendo la piel delicada de su esclava, ¿no es en el espíritu del fascismo reprimido? ¿Debe ser, por tanto, denigrado o, por el contrario, tolerado en tanto que manifestación consensuada del despotismo? Preguntas aventuradas de las que no me arrogaré una respuesta hoy.

La forja de este arte borderline bien puede provenir del cristianismo y su voluptuosa exhibición del martirio. ¿Quién más que el artista de la edad de oro europea insistió en mostrar el padecimiento de torturas como un monumento en sí mismo, una bella glorificación del Bien supremo, un canto a Dios? Una vez desmoronada la carne mística, rescoldos de fanatismo atormentado quedaron como sombra de los malditos. Baudelaire, Rimbaud, Henry Miller, Dostoievsky, Cioran, Houellebeq… El otro día, cuando hablé de Mishima, me referí a una de sus pocas novelas no traducidas a ningún idioma y que por lo visto trata justamente de esa sublimación de las aspiraciones espirituales por medio de la contrición de la carne (Kyoko no ie). Pero las perversiones japonesas van mucho más allá de Mishima. Del autodestructivo código samuray al aberrante hentai setsudan pasando por las fantasías visuales de Takashi Miike hacemos acopio de pruebas evidentes de que algo no funciona bien en ese país aparentemente ultrarreprimido, máxime porque en toda pornografía japonesa es obligatorio por ley enturbiar la zona genital pixelándola si bien pueden mostrarse explícitamente cuantos horribles desmembramientos se desee. Las fotografías de Nobuyoshi Araki de mujeres siendo víctimas del shibari, kinbaku o hojojutsu (arte de atar humillando) se han llegado a exponer en galerías de arte internacionales. Y todo eso, insisto, es parte de su cultura milenaria.

En fin, poco más decir de ese mundillo multidimensional del que lo desconozco todo. Lo que más me interesa es preguntarme por las causas, si no iniciadas al menos sí potenciadas y descarnadas en la modernidad. Por otra parte me pregunto en qué punto puede hallarse un entrelazamiento espiritual entre la entrega nihilista de ese tipo y su fenomenología estética. En Occidente el sufrimiento físico, la muerte y el éxtasis han viajado juntos, a través del cristianismo, desde la tragedia griega hasta Sade, Lautréamont, Wagner, los surrealistas (léase El vizconde pajillero de los cojones blandos de Péret o véase directamente Un perro andaluz), en fin, toda la historia de la literatura, hasta llegar al body-art contemporáneo, al cine, al cómic (no digamos los manga japoneses) e incluso al difunto Michael Jackson. En última instancia, la instauración del evento físico y sacrificial como obra de arte, sea en el dadaísmo, en el accionismo vienés o en Gina Pane, es un intento, probablemente algo torcido, de la pulsión mishimiana de fundir arte y acción, palabra y hecho, pluma y espada, pulsión que considero de las más interesantes que puedan rescatarse de la antigüedad.

Pero como pasa siempre, cuando se establece en cliché, en salida natural y comprensible, pierde parte de su encanto. Así, este vocabulario de prácticas sadomasoquistas me pone mucho más enfermo que su expresión concreta puntual y fluida. Aunque después de todo puede que sea una saludable forma de intimar en nuestra "coherente" sociedad burguesa, que parece querer reglarlo todo, incluso la violencia.

jueves 10 de septiembre de 2009

Regresa el poeta samurái


Soy de los que siempre se han interesando únicamente por los linderos del cuerpo y del espíritu, las regiones periféricas del cuerpo y las regiones periféricas del espíritu. Las profundidades no me interesan en lo más mínimo; las dejo para otros, pues son someras, triviales.

Yukio Mishima, El sol y el acero

Todavía está en algunos cines de Madrid y Barcelona, según creo. Dentro de nada (el 23 de septiembre según la FNAC) llega al mercado hispano y en formato doméstico una película que no ha recibido toda la atención que merece. Mi alegría es grande: es mi película favorita, sin matices. Hablo de la masterpiece de Paul Schrader, el guionista de la también más que eminente Taxi driver, hablo de Mishima: una vida en cuatro capítulos, filmada en 1985 y remasterizada hace nada para gozo de los excéntricos fans con que cuenta.




Aunque el tráiler da ya buenas pistas, voy a intentar exponer razones de por qué tengo en tan alta estima la biografía fílmica de un escritor japonés de extrema derecha, narcisista, homosexual reprimido, de ribetes masoquistas, actor ocasional, legitimista y suicida y cuya obra literaria no ha sido reconocida por crítica o público como una de las más grandes de la historia.

Como no puede ser de otro modo, para estar enamorado de una obra de arte es preciso que forma y fondo mantengan cierta altura respecto de la mediocridad y, lo que es casi más importante, en considerable armonía. Así ocurre, a mi modo de ver, en Mishima. Algo que he echado de menos en muchos biopics es la disgregación que se nos presenta habitualmente entre vida y obra del biografiado. En la cinta de Schrader se ha conseguido lo opuesto: se relata la vida del personaje a través de su psicología, y ésta a través de algunas de sus más representativas novelas, consumadas en un acto breve, fulgurante y espiritual que puso fin a su vida. El autor es la suma de sus personajes, su vida es la proyección de su obra. Desde luego esto lo pudo expresar Schrader gracias a que el personaje se prestaba a ello, tanto que la vida real de un individuo concreto nacido en Tokyo parece una excusa para mostrar algo más profundo. Pocos artistas hay en el siglo XX en los que arte y vida se presenten de forma unificada, sumamente coherente. No creo que la biografía de Thomas Mann diera para una película tan espectacular por muy duchos que fueran los guionistas encargados a tal efecto. Me atrevería a decir que el último creador sobre el que valía la pena hablar en términos de arte y vida fue Rimbaud, de quien hay al menos una película (Eclipse total) que no está del todo mal.

Amadeus habló sobre el genio y la mediocridad, la naturalidad del primero y la envidia del segundo. Amor inmortal o Copying Beethoven biografiaron al romanticismo incipiente y destructor y maravilloso a un tiempo pero solitario. Muerte en Venecia, si bien no mencionaba explícitamente a Mahler, parecía querer utilizar al atormentado compositor para contemplar la naturaleza decadente de un espíritu agotado, desubicado en el mundo mas desesperadamente amarrado a una última manifestación de la belleza ideal. Mishima habla en cierto de modo de todo esto gracias al collage de fragmentos que propone.

Que el biografiado sea artista, y un artista tan autoconsciente, permite una reflexión artística sobre el arte y una elevación a los altares, en aras de una concepción del Arte como religión, tan romántica, tan adolescente, tan necesaria. Que el artista en cuestión sea un representante del arquetípico conflicto entre la pluma y la espada permite, además, un curioso experimento sobre el arte que se excede a sí mismo, que maldice sus límites y los supera en ese maldecir. En un momento de la película, el protagonista del fragmento correspondiente a la novela La casa de Kyoko se burla de sus compañeros de estudios, que debaten tediosamente sobre “las heridas del arte”, y añade: “Ni siquiera se dan cuenta de que el arte es simplemente una sombra... de que la sangre que se usa en el escenario no es suficiente”.

Extrañamente esta última frase nos invita a pensar que la sangre que usa el actor (que a su vez interpreta, oportunamente, a un actor) es más verdadera, es decir, la crítica de inautenticidad de la ficción desde la ficción nos confunde, nos invita a reflexionar fractalmente como en un juego de espejos. La obsesión cardinal de Yukio Mishima, por decirlo escuetamente, es dar el paso de la palabra a la acción, pero expresar la pureza de la acción desde la literatura o una película es bastante paradójico. La paradoja queda vencida por la indisimulada parafernalia con la que bellamente glorifica el director el ideario de Mishima. Con tan poéticas palabras se nos presenta, con tan hermoso paisaje y con tan potente música, que el espectador, si es un espíritu sensible, acaba por momentos admirando al samurái fascistoide que se quita la vida como sus antepasdados de otras eras, y no repara en que la imagen en celuloide de aquel samurái no es más que una máscara de las que dice despreciar.

Formalmente, los flashbacks de las novelas son probablemente lo más hermoso. Esquemáticos decorados expresionistas de colores predominantes para cada novela nos introducen descaradamente en el mundo de la ficción. Cada uno de estos fragmentos representa una de las fases del alma del autor, fases que culminarían en el terrible 25 de noviembre de 1970, fecha que estructura toda la historia. El pabellón de oro representa la inseguridad del joven, su obsesión por la belleza y la necesidad de erradicarla para poder ser libre (puro Rimbaud); La casa de Kyoko habla del narcisismo del artista indolente y la insuficiencia de la vida ficticia y, sobre todo, del descubrimiento de la carne como solapamiento del arte (ésta es la única que no ha sido traducida a castellano ni a inglés, por lo cual es la única que me falta); Caballos desbocados expresa la coherencia en grado extremo, la necesidad de la acción pura y purificadora, el valor de la tradición, la muerte heroica. El viaje que supone la sucesión de las novelas no puede ser más adecuado porque fue exactamente el que realizó Mishima espiritualmente. Probablemente porque la película parece dar su aprobación a tal viaje, que muchos juzgaron fascista o demente, es por lo que nunca se estrenó en Japón y por lo que Mishima es allí ahora un nombre no especialmente reconocido académicamente. (Esto me hace gracia, porque si Japón renuncia a sus artistas fanáticos se quedará sin cultura, ya que hasta el siglo XX no aparecieron voces civilizadas desde el punto de vista democrático).

En todo caso, en pocas películas no francesas se nombran tanto y con tanta propiedad conceptos aparentemente abstractos como “belleza”, “arte”, “acción” o “pureza”. Si esto es aceptado por el espectador con naturalidad es porque dichas palabras se ponen en bocas de japoneses, que entendemos como miembros de una cultura donde la elipsis y lo inconcreto están de alguna forma codificados por la tradición. Curiosamente el abstraccionismo que se respira en el relato (cuando hablo del relato me refiero también a los subrelatos) suena más bien a romanticismo germano, una suerte de neoplatonismo polarizado sobre el Absoluto. Esto no es una inexactitud histórica: Mishima conocía perfectamente la cultura europea y estaba empapado de ella hasta las cejas. No sale en la película una anécdota significativa que sucedió al auténtico Mishima: un visitante que al llegar a su casa percibió el origen extranjero de todo el mobiliario y la decoración, le preguntó al anfitrión por esa contradicción con su renovado nacionalismo, a lo que éste respondió que “aquí sólo lo invisible es japonés”. En cierta medida eso es lo que sucede en su obra literaria más genuina y, por ende, en la audaz adaptación cinematográfica. La forma, el discurso, las palabras, son bastante occidentales: lo que subyace a ello es, en cambio, extremadamente japonés.

En más de un sentido, Mishima habla también del Japón, aunque lo esencial sobrepase con mucho las fronteras geográficas. Japón fue el resorte que disparó el drama humano de Mishima y es una de las ejemplificaciones del mismo. El desgarro interno de Mishima es el de su país, a caballo entre su identidad decrépita y la modernidad avasalladora. Lo que logró el autor en la última etapa de su vida, y posiblemente por lo que es tan secretamente valorado, fue hacer que en su vida venciera el Japón antiguo -el del código bushi-, que no es más que un caso particular de la antigüedad; lo que venció en Mishima fue la épica. En realidad su discurso es transversal: Japón sólo es, por veloz, el paradigma de un fenómeno universal que más tiene que ver con la época que con el espacio. Por si fuera poco nuestro autor logró legar en formato literario los informes de esa batalla, especialmente en sus ensayos y artículos. En eso, estoy seguro, estriba la autenticidad de ese autor y su gloria.

Japón, acomplejado al igual que Alemania por su pasado imperialista, no ha permitido ni en su día ni hoy el estreno oficial de la película en su territorio. No quieren que se recuerde a los hombres que pusieron toda la carne en el asador, no quieren que se recuerde que existe un estado del alma en el que la desidia no es la tónica. La pusilanimidad que criticó Mishima a sus compatriotas desde los altos del cuartel en el que se haría el seppuku es la misma que ha impedido que el japonés de a pie pueda ver la última película netamente japonesa que se ha hecho… irónicamente a manos de los estadounidenses. Hoy día sólo hay sitio para romanticismo edulcorado según las reglas no escritas de lo políticamente correcto. Los sentimientos reales asustan, al menos en las naciones adormiladas en el progreso.

Resumiré un poco. Si hay películas en las que narración, poesía, ensayo y ópera se imbrican con una delicadeza tal que no deja distinguir sus costuras, yo pondría en los primeros puestos de la lista a esta obra inusual de esa década en la que en Hollywood había algún resquicio para el nietzscheanismo artístico. George Lucas y Coppola financiaron esta película cuya exuberancia estética deja en segundo plano la polémica ideológica, presente solamente en Japón (donde, como hemos dicho, ha sido acallada); en el resto del mundo esto no es más que una obra de ficción exótica y masculina, pero una obra que nos recuerda la inferioridad del arte respecto de la hazaña y cómo solamente mediante la simbiosis de forma y contenido en la acción trágica, comprometida, bella, pura, puede prevalecer el héroe.

Véanla si no la han visto. Quien tenga alguna participación en el conflicto más profundo del arte, quien medite cada día sobre negocios del espíritu, quedará embelesado por esta joya de los siete artes juntos. Si a ello ha servido esta pesada retahíla de datos e impresiones, me daré por satisfecho, habré contribuido así a que algún día hagan la segunda parte: Mishima 2: combatiendo con los ángeles. ¡Piénsalo, Paul, por el amor de Amaterasu! Y si no me han creído a mí, inténtenlo aquí.

APÉNDICE 1. De la música me veo obligado a decir que es de los pocos trabajos de Philip Glass que no me saturan. Ésta fue una de sus primeras y por ende más genuinas partituras fílmicas, y es perfecta para la película, lo que no puedo decir de otras bandas sonoras minimalistas. Parece lógica su justificación: a una pureza de imagen y de significado, pureza de armonías… que sin embargo no sacrifica el elemento trágico, tan imprescindible en el devenir de Mishima-san.


APÉNDICE 2. Debe de ser una ironía que yo no haya leído mucho a Mishima. Aunque postulado para el Nobel, sus novelas me parecen aseadas de estilo, con algunas frases buenas, algunas imágenes ingeniosas, y con mensajes predecibles por venir de quien vienen. Su éxito se debe en parte a su extravagancia exótica. Después de todo, él mismo hizo patente en todo momento lo insatisfactorio de la palabra para expresar "lo que sólo se puede expresar de otro modo". He llegado a plantearme si este el hasta ahora único biopic de Mishima (probablemente siempre será el único) es artísticamente superior a la obra del escritor en su conjunto. Pero no: la fuerza de su obra está en sus ensayos. El sol y el acero (título engañosamente filonazi que bien podría haber usado Julius Evola), Lecciones para los jóvenes samuráis o la Introducción a la filosofía de la acción son el auténtico legado de este escritor en cuanto escritor. Ahí está lo que de veras pensaba, sin adornos. En ellos late la poesía que sólo puede provenir de la pasión que uno siente en lo que tiene por más íntimo. Demoledores relatos de autotransformaciones, son algo así como legajos de laboratorio sobre las reacciones químicas entre la carne y el espíritu.


jueves 27 de agosto de 2009

La salvaje cortesía



Sólo vengo a promocionar una serie televisiva. Así es, ahora desde aquí hacemos el trabajo sucio a Cuatro. O mejor dicho, a los foros de descarga directa... Y es que Mad men es una serie con la suficiente calidad artística como para entrar en el selecto mas tórrido club de mis aficiones. Creo que supera en calidad a la mayor parte de las películas que se estrenan estos años en el cine. Jamás había visto un producto televisivo que pretendiera derrochar tanta sutileza y a la par tanta realidad y no fracasara en su doble intento.

Trata de hombres y mujeres inmersos en la rueda del poder en una sociedad postindustrial, consumista y frívola. Sin embargo, el producto podría haber sido duro de tragar si no hubiera sido dulcificado por el entorno sugerente de la última era de etiqueta: los sesenta. Me parece un hecho indiscutible que en aquellos días, al menos en Manhattan, se respiraba cien veces más ingenio y más cuidado estético que en la actualidad. Los tiburones de las empresas hablaban con oraciones de sujeto y predicado perfectamente formadas, hiladas con gracia y para decir cosas lúcidas cuando menos. Como en toda ficción que se precie, las virtudes de la vida están ultraconcentradas y eso es la concesión que el realismo hace a la idealización. Nada que no se pueda perdonar en un mundo que se distancia de ambas corrientes. Y, sin duda, si hay que elegir un medio que justifique la ingente dosificación de iniciativa, adulterio, cinismo y verborrea frenética, ése es el mundo de las altas oficinas de Nueva York.

La elección del sector sobre el que gira todo no es casual. Sterling Cooper es una agencia de publicidad que resume el cambio de valores que supuso esa década. La imagen, la forma, el envoltorio, lo son todo. El producto se da por hecho que es bueno, la industria se encarga de eso. Se trata de hacer olvidar a las masas los defectos inherentes a cualquiera creación humana, hacerles olvidar que son masas por depender de productos ordeñados de máquinas. Se trata de hacer creer que no hay nunca un lado oscuro. Entre bastidores se suceden los eventos transversales al lienzo del triunfo americano: las bivalentes dilucidaciones de los bohemios pijos, los libros de Ayn Rand, las burguesas que empiezan a rebelarse contra el "qué dirán", la caída de la inocencia en lo referente a los placeres del siglo ("el tabaco mata"), el juego sucio de las elecciones presidenciales, la muerte de Marilyn...

Y sobre el conjunto flota la enigmática figura de un hombre, Don Draper, figura poderosa como pocas ha dado la televisión, acaso enriquecida improvisadamente según avanzaban los guionistas pero igualmente rica, puede que incluso debido a esa misma improvisación (¿qué es la vida sino improvisación?). Draper reniega de sus orígenes pero no de su forma de ser, Draper reniega de la moral sistemática pero no de una porción aceptable de compasión, Draper es un tipo duro pero jamás pierde las excelentes formas, Draper hace uso de unas tretas de manipulación en la oficina y de otras en su hogar, Draper ama a su mujer y la engaña. Es, en síntesis, un hombre muy real, muy representativo. Es el triunfador insatisfecho, el sufridor que se calla y el vividor que reflexiona a ratos perdidos.

De postre están las músicas, que describe no sólo el gusto exquisito de los que la vivieron sino también sus estados de ánimo. Junto con la fotografía, la escenografía y las excelentes interpretaciones, complementa a un guión sólido las más veces (no seamos fanáticos), sólido y sorprendentemente profundo en su superficialidad, tan profundo que me sorprende que surja de América. Supongo que a la postre nadie reflexiona tan bien sobre algo como ese mismo algo.

Voy terminando la segunda temporada y la cosa está que arde, si bien permanece siempre esa amarga quietud de la vida real. En USA están empezando a pasar la tercera. Por lo visto arrasó en los últimos Globos de Oro y en los Emmy como mejor serie dramática. No me extraña: su drama es el drama de quienes dan los premios, los esclavos de la inercia de Hollywood y del deslumbrar del Capital.


domingo 2 de agosto de 2009

"El ocaso de los derrotados en decadencia" (tragedia en un solo acto -de siete horas- sin intermedios para hacer pis)

ACTO ÚNICO

La obertura deberá durar, al menos, hora y media y habrá de estar basada en un solo tema. No se permiten las quintas paralelas ni el uso de la nota re.

Nueva Salzsburgo, año 1438 de la Era de los Ewoks. Wilfroncio, bisnieto de Tancredo CX-27, es capellán de la parroquia de su barrio y el capitán del equipo de waterpolo del pueblo. Durante una competición en la piscina del rey Lear conoce a Constanza, exmujer de Wolfgang Amadeus pero muy bien conservada (el coro de cortesanas no deja de sugerir la cifra exorbitante de pasos por el quirófano). Se enamoran, bailan una gavotta en paso de hip-hop y terminan casándose por la Iglesia maradoniana. Oficia el acto el barón de Hodensack, muy versado en teleología onírica a mitad de precio por la gracia de Obama. Pero hete aquí que la malvada hechicera Lámina de Esparto se presenta al final del acto (sexual) y comunica a Wilfroncio que viene a desatar al espíritu del Caos sobre su existencia y la de sus allegados con el fin de vengarse por las matanzas que su padre (el de Wilfroncio), Ménarche III de Calcedonia, llevó a cabo entre las pacíficas poblaciones de orcos, súcubos y licántropos. Así, en un aria lenta y siniestra (adagio sostenuto ma coi testicoli sulla cravatta), revela a toda la audiencia la terrible noticia: “Constanza en verdad que era hija de Ménarche, aunque ella no lo sabía, pero también es verdad que éste se amancebó con su hija en la orgía organizada en palacio con motivo de la final de la Eurocopa. La doncella, ignorante de su desfloramiento, dio a luz a un varón al que abandonó en el torno de las ursulinas. Dieciséis años después lo reencontró en la sede de Comisiones Obreras.” De este modo Wilfroncio acaba descubriendo que Constanza es su madre, su hermana, su amante y su delegada sindical. Cuatro en uno. Ante esta burla altisonante, enfermiza, contradictoria, decadente y latinoamericanotelenovelesca del Destino Sin Atino, Wilfroncio se saca los ojos, se corta los testículos, se pone los testículos en el lugar de los ojos, se cose un tobillo al abdomen, se rapa al cero, se injerta el vello público en las cejas y el de las cejas en los pezones, se tatúa “amor de madre”, y desta guisa se presenta en la Oficina Provincial de Aclaraciones Existenciales y de Reclamaciones Olímpicas. En la cola se encuentra a Edipo, a Orestes, a Prometeo y a Joselito, pero todos se arrodillan ante el más burlado por los dioses. Suerte tiene que en la taquilla conoce a un tipo muy majo que suele hacer camping en el Kilimanjaro y le invita a pasar allí un fin de semana. La moraleja es que cuando se cierra una puerta se abre una ventana.

El coro final contiene algunas citas rearmonizadas de Over the rainbow©.

viernes 24 de julio de 2009

Proyecto para un libreto de ópera: “Mariquitas en Nepal” (opereta ucrónica en tres actos y secuela asegurada)

ACTO I

Normandía, 1944. Solennelle es una mariquita de siete puntos (contratenor), patriota hasta la médula, que no desea nada más en este mundo que librar a su nación de los post-germanos, una raza de hombres atómicos creados a su imagen y semejanza por el enigmático doctor Goebbels (barítono chusco), un viejo científico lisiado y resentido con todos los países europeos por no haber recibido las respectivas condecoraciones de las respectivas academias de ciencia nacionales. En consecuencia, masacra que da gusto.

Solennelle se alista en la Resistencia con tan mala suerte de que le toca un pelotón en dirección a Katmandú (el pelotón, formado por un número irregular de soldados de grados dispares, es expresivamente llamado “Desertores”). Una vez en Asia Solennelle se deprime por estar tan lejos de su maravillosa tierra natal y canta en una emotiva aria de quince minutos los encantos de los huevos franceses recién cocidos por la mañana antes de que el marido de rigor encuentre a la mujer y al amante en su dormitorio con el consiguiente conflicto matrimonial-existencialista que sólo puede ser narrado en términos de Nouvelle Vague aunque gracias a la financiación de Coppola y Lucas en la época transgresora de Hollywood (de donde salieron algunas de las últimas joyas de Kurosawa o las tentativas antisistema de Paul Schrader). Pero la marquita entabla amistad en ese momento con un viejo vendedor de organillos, con el que además de amistad entabla un dueto de consuelo la mar de majo. El vendedor, llamado Klaus von Dittersdorf (tenor), alemán de origen pero nacionalizado en el utilitarismo, le dice que la vida es como el juego de la rayuela y como el lujoso automóvil de serie Chity-chity-bang-bang, único modelo del sector que no se ha visto afectado por la crisis económica.

ACTO II

Volando en el susodicho vehículo descubren a una princesa (soprano de coloratura) atrapada en las garras de un abogado comercial: la rescatan con un golpe de ExcaliburÔ y, aunque el viejo organillero la intenta seducir, es Solennelle el que finalmente accede al acoplamiento genital (en este momento los niños presentes en la sala deberán pasar a un vestíbulo del teatro ambientado con una sintonía de charlestón).

El viejo no soporta la humillación y delata a Solennelle ante el primer cuartel francés que encuentra en la estratosfera (recordemos que estaban volando en el coche volador). La pobre mariquita (que, como hemos visto, es en realidad muy hombre) se deja apresar no sin gritar en un trémolo de cuarta aumentada: “¡La belleza de mi amor homoheterófobo es lo que os impulsa a este comportamiento frustrante, tal como señalara Lacan!” Sus quejas son vanas. La angina de pecho le tiene en vilo y con la humedad de la cárcel se le pone fatal. Muere y resucita varias veces en su celda hasta que cae el telón.

ACTO III

Un genio (bajo genial) oculto en una botella de White Label tirada en el suelo de la celda se aparece al héroe en plena relativización de su identidad sexual y le ofrece sacarle de allí. El apellido del que ofrece (Dittersdorf) le hace dudar al principio pero sólo hasta que reconoce que en toda familia hay un individuo máximamente pérfido (el organillero) y otro máximamente bondadoso (la incógnita a despejar), de modo que acepta no sin antes enunciar una rocambolesca cadencia en Re Mayor. Hilando deseos (el genio pierde la cuenta, y es que el Alzheimer no perdona) logra no sólo librarse de la prisión, sino también recuperar a la princesa (su nombre es irrelevante y contrarrevolucionario), matar a Klaus y hacer del doctor Goebbels un extensor prensil para masajear la espalda, todo en uno. La acción ha pasado rápido gracias al divino poder de los recitativos, que todo lo comprimen o lo extienden, según se desee. Al final los post-germanos reconocen su error y conceden pagar en trabajos para la comunidad todo el dolor causado a Francia y a la prensa rosa internacional, que con la guerra es que no levantaba cabeza.

El acto y la ópera concluyen con un coro de alemanes y franceses riéndose de los belgas y celebrando que aún quedan sesenta años para que Europa se inunde de africanos.

[Post scriptum: Entre los tenores alemanes destaca Tancredo CX-27 haciendo contrapunto florido. Su historia centrará la segunda parte de esta tetralogía cibermitológica.]

domingo 12 de julio de 2009

Esquizofrenia bloguil in crescendo

¡Viva el narcisismo! (Obsérvese cómo crecen en abultamiento etiquetas laterales como "blog" y "autopromoción")

Si es verdad que "por sus obras, los conoceréis", entonces cualquiera que me perciba entre las líneas de mis blogs hallará un bonito trastorno de personalidad múltiple. Tras una antología de textos escogidos abandonada y tras una "bitácora" esencialmente esteticista, le llega el turno al tercer cisma de Noches de indolencia y mal vodka, esta vez debido a la hipertrofia racional que ha sufrido este blog enfocado en un primer momento a la literatura vivencial, libresca y decadente. Ahora, al fin, podrá recobrar algo de su forma inicial, pasando todas las divagaciones de temática ensayística "fuerte" a Cuadernos cuodlibetales, "un blog para usted que le gusta pensar con seriedad para llegar a ninguna parte". Allí iré volcando, de momento, algunos posts inapropiadamente salidos de este blog de fondo negro (y, por tanto, apto sólo para pensamientos nocturnos e indolentes). Copiando en aspecto y espíritu a este fantástico blog (sin llegar en altura a sus virtudes) pero aportando iconoclasia propia a ser posible, iré hablando de todo para acabar dándome cuenta, como Sócrates, de que "yo sólo sé que escribo un blog" (¿o era "yo sólo blog que no se nada"?). En fin, una de esas cosas que decían los griegos para pasar a la historia y a la blogosfera. Salud.

Algunos pangramas

Unos pocos pangramas de mi cosecha:


El rey farragoso vio a Will Smith cuando con jaqueca habló de la ketamina ponzoñosa en un taxi.

Los medios informativos contaron que el wasabi japonés contiene excipientes chungos de carroña que se inyectan los kurdos con éxito al hacer zapping.

Al funeral de Michael Jackson, visto en Texas por la Web, asistieron Kobe Bryant, Queen Latifah y otros zalameros con legañas.

El wáter se quedó obstruido por las heces tóxicas que vertió fuertemente un gay en una jaima de Katmandú, tal fue su hazaña.

El exfutbolista Zidane, comiendo un toke, cazó urogallos en la montaña y en la playa para extasiar a su hijo vaquero de Wisconsin.

Bañar cuáqueros o cheyenes gangosos en el mar junto al faro vale diez puntos extensibles en el karaoke más ñoño o intercambiables por una Wii.

Todos gozaron con cuchufletas el vino añejo de New York porque huyeron excitados del examen de bádminton.

Han ganado ex aequo el anorak y la cabeza de un rabino salvajemente despedazado por la Lutwaffe.

El Kazajo engañado reventó por un exceso de tequila tras fagocitar al rey Wamba en el chopo.

El banjo exterminado se hizo el avezado al quedar fútilmente posado cegando a un añoso volumen de Yasunari Kawabata.


Más, aquí.

viernes 10 de julio de 2009

Los dilemas del Dr. Manhattan



“Dios existe y es americano”.

Alan Moore, Watchmen


Si me preguntasen por la película que más me ha impresionado en el último año, no meditaría la respuesta: Watchmen. La adaptación fílmica de la ciclópea novela gráfica del mismo nombre pasó de ser un reto imposible a un milagro del virtuosismo, una acrobacia cinematográfica, una experiencia estética que, como era de esperar, no ha erizado un solo vello de los miembros de la Academia de Hollywood ni a la crítica. Ni sus mentes ni sus sentidos ni sus corazones pueden soportar toda la carga emocional e intelectual de ese Quijote del cómic volcado a 160 minutos de metraje en celuloide: demasiado profunda, demasiado excitante, demasiado revolucionaria, demasiado completa. ¡Y eso que lo que se ha visto en cines no es el montaje definitivo del director! Fuera de los Oscar como la otra obra maestra de Zack Snyder (que mencioné de pasada en su momento), está sin embargo muy dentro de las cuestiones más candentes del arte, la sociología y el pensamiento. Obviaré esta vez el primer aspecto para centrarme en algunos problemas filosóficos presentes en la novela y en la película. Dado que es necesario spoilear sin piedad (en cristiano: descuajeringar la trama) para plantearlos como se debe, recomiendo a los insensatos que aún no se han hecho con la historia en uno u otro formato que detengan la lectura y que bloqueen este blog en sus navegadores hasta nueva orden. Dicen que en el Emule venden baratos peli y cómic. Advertidos quedan.

Las grandes cuestiones corren en torno a la figura del doctor Manhattan, ese personaje azul y agraciado con poderes espeluznantes tras una potente radiación en su laboratorio. No siendo el protagonista de todos los actos polémicos, sí se ve en la obligación de evaluarlos y de reconducirlos o no, pues tiene poder para ello. Su mente desapasionada y superdotada le hace idóneo para enfrentar dudas racionales. Los asuntos filosóficos que contabilizo son:

1) El núcleo de la trama, que es de naturaleza moral y desvelado al final. Adrian Veidt –alias Ozymandias–, “el hombre más listo del mundo”, decide invertir toda su fortuna y su poder en destruir varias de las más grandes e importantes ciudades del mundo. Su móvil no es la maldad, nada más lejos: lo que busca es la salvación de una humanidad al borde la guerra nuclear. Sacrificando a varios millones de inocentes de varios continentes piensa lograr unir a los dos grandes bloques de la guerra fría en esta ucronía en la que todo sale bien. Acusando al doctor Manhattan de las masacres, los seres humanos harán piña contra el mutante que creen tan perverso. Mientras Rorschach considera imprescindible contar al mundo la verdad sobre los atentados por integridad ética, el doctor Manhattan, más flexible y computacional, opina que deben aprovecharse todas esas muertes para lograr un beneficio, y de ese modo no habrá sido en vano tanto dolor.

El asunto no es nada sencillo y es de lo más interesante de esta trama en la que la frontera entre buenos y malos se desdibuja por completo. En principio, diría que tal decisionismo perentorio es sumamente temerario. La prueba podríamos tenerla en la historia real: la guerra fría acabó felizmente sin que fuera necesaria tanta masacre. Ahora bien, trasladándonos a un siglo XX hipotético en el que el peligro hubiese sido mucho mayor y admitiendo que Veidt tuviera capacidad suficiente para, a raíz de los datos objetivos, predecir con razonable seguridad un inminente holocausto atómico, entonces la cosa cambia. En mi opinión el doctor Manhattan podría teletransportarse al Kremlin y ejercer un golpe de estado en la URSS, pero si no contásemos con esa solución sobrenatural quizá sí fuera imprescindible una actuación contundente.

La disyuntiva que se me presentaría si fuera el potentado Adrian Veidt sería ternaria: a) atacar como lo hizo; b) atacar de forma menos masiva e incrementar progresivamente la intensidad hasta que los estados reaccionasen, y c) presentarse ante todos los medios de comunicación del planeta explicando con evidencias el sinsentido que supondría emprender una guerra que necesariamente acabaría con la aniquilación de la civilización. La última opción, la más pacífica y por ende preferible, cuenta con el impedimento del miedo de los pueblos y los gobernantes, que prefieren arriesgarse a atacar al enemigo con la posibilidad de salir indemnes que ser atacados antes y ser destruidos definitivamente. La segunda opción carece del impacto psicológico que produciría un atentado masivo y sin precedentes. Una matanza gradual se ha visto otras veces en la historia no teniendo siempre como resultado la recapacitación. Un golpe no demasiado duro resulta a veces en vano, y hace daño sin beneficios compensatorios (a veces lo barato sale caro).

Se reprochó a Truman bombardear Hiroshima antes de probar a atemorizar a los japoneses produciendo un hongo atómico en el mar de sus costas. Evidentemente, si Hiroshima no convenció a Hiro-Hito y hubo que destruir Nagasaki, un maremoto radiactivo no habría surtido efecto, pero eso es algo que Truman no podía saber (a menos que fuera tan listo como Ozymandias) y que debió haber probado antes.

Desde el punto de vista de las víctimas, en principio yo no me prestaría voluntariamente a morir junto a todos los habitantes de mi nación (o mis allegados o personas con intereses comunes) para que se salve el resto de la humanidad, algo a lo que sí está dispuesto Ozymandias. ¿Le convierte eso en un individuo más elevado, más espléndido y con mayor amplitud de miras? Opino que él cae en otro prejuicio, más abstracto que el tribalismo y el egoísmo, pero prejuicio al fin y al cabo. Considera a los seres humanos un bien mensurable por un baremo cuantitativo y no cualitativo, a la inversa que el tribalismo. Es decir: cuanta más gente sobreviva a la postre, mejor. Es un humanista ilustrado de los del XVIII, un igualitarista radical que, no obstante, es capaz de sacrificar arbitrariamente a unos cuantos millones de hombres negándoles todo derecho. Lo que cuenta para él es la supervivencia de una especia sin planificación ninguna. Eso nos lleva a la segunda cuestión, más metafísica y poética, pero filosófica al fin y al cabo.

2) Paseando por Marte, Manhattan y la segunda Espectro de Seda mantienen una conversación decisiva sobre el valor de la vida, relativizándola el primero y no dispuesta a renunciar a la empatía la última. Él intenta persuadirla de que su amor por la existencia de la vida es desproporcionado: “Leo los átomos, Laurie. Veo el antiguo espectáculo que creó a las piedras. Ante esto, la vida humana es breve y mundana”. Ella habla del milagro de ser animado y de ser humano, y él, fascinado por los secretos de la materia inerte, hace una lectura opuesta. Contemplando a la vida como un mero objeto intelectual, la juzga una ínfima porción de todos los minerales interesantes del universo, todas las partículas subatómicas, toda la energía. Es, según sus palabras, un “fenómeno sobrevalorado”. En cambio, ella hace gala de sus instintos animales y la juzga desde la perspectiva del sujeto interesado que considera interesante a la vida porque ella misma participa del fenómeno y porque le va en ello su propia existencia. El destino de la vida en abstracto y el de su vida individual se identifican. El doctor es autosuficiente: no requiere sociabilidad para perpetuarse ni para realizar cualquiera de las actividades que desea. Su independencia le lleva a la indeferencia, que le hace parecer cínico a ojos comunes.

No cuesta imaginar un ser así de desapegado. Basta con que su cerebro no esté siquiera hecho del mismo material que el nuestro. Al igual que la desaparición de las cucarachas no traumatizaría a demasiados hombres, tampoco la total extinción de organismos terrestres tendría por qué afectar a unos alienígenas inteligentes. Todo es cuestión de distancias en la escala. Pero, más allá de un relativismo cultural, étnico o biológico, está en nuestro personaje radiactivo la trascendencia de todo instinto y de toda categoría constructiva. La visión del doctor es propia de un místico oriental: un monismo desangelado en el que todo es un gran Uno completamente vacuo. Es la raíz neutra del nihilismo. Pero, salvo las excepciones orientalizantes, para que un sujeto no se posicione a favor de un sistema es condición suficiente que no esté implicado en dicho sistema, como es el caso del personaje de Watchmen.

3) En relación a lo anterior se destila parte de la respuesta de la siguiente pregunta. ¿Tiene el doctor Manhattan la obligación moral de impedir grandes dosis de mal por poseer superpoderes? Debido a su potencial inimaginable, el gobierno estadounidense le reclama constantemente para batallar en guerras o para construir armas, y él accede hasta que se cansa y se marcha a Marte a mirar piedras. Un hombre así tiene capacidad para evitar ingentes dosis de dolor realizando un mero acto mental. ¿Equivale cada una de sus negativas a un crimen contra la humanidad? Si le reprocháramos tal cosa, ¿no se les estaría negando la libertad? (Hablaríamos, en todo caso, de una incriminación de tipo ético, no legal ni mucho menos ejecutoria puesto que su poder impediría si lo desease cualquier tipo de coacción física por parte de las autoridades.)

Mi dictamen es que no es condenable desde un punto de vista judicial, aunque eso no es óbice para que no se le intente convencer por todos los medios para que coopere con organismos supranacionales, humanitarios, con la ciencia y con la filosofía… Desde el punto de vista de la compasión y la generosidad, la proporción entre lo que posee y lo que da es abismal cuando se retira del mundo. Es sumamente mezquino. En relación a los demás no es activamente nocivo, pero si entendemos la moral no sólo como reglamento social sino también como autarquía espiritual, como la composición del alma alta en ingredientes como la entrega o la humildad, entonces el doctor Manhattan es humanamente despreciable al pasear por los cañones marcianos mientras la destrucción de la Tierra se cierne.

Esto es difícil de sostener por ser demasiado absolutista, demasiado clásico. Si está en paz consigo mismo, si está estoicamente sereno y se siente pleno sin perjudicar activamente a nadie, ¿cómo se le puede negar una autarquía espiritual? ¿En base a qué decir que no posee una sabiduría elevada, unos valores morales útiles y buenos? Lao-Tse se pondría de su parte sin dudarlo.

Hay una posibilidad legal para declararle “indigno” de alguna forma y procurar así presionarle emocionalmente, ya que no coaccionarle. Ésta consiste en no considerarle humano, y por lo tanto no sujeto a los derechos y obligaciones de los hombres, sino a derechos y obligaciones específicos. Nació de una mujer, sí, y sus genes probablemente mantengan muchas similitudes con los de Adán; por otro lado, muchas de sus propiedades no son en absoluto humanas, en absoluto animales, y él mismo va dejando de sentirse identificado con su antigua especie. Tampoco los locos se siente siempre humanos: la diferencia es que el doctor no piensa ni siente como un humano en ninguno de los casos que ha contemplado la historia.

El Derecho se justifica como mecanismo de garantía de que a un hombre no le falten oportunidades en la sociedad para realizarse sin mermar las oportunidades de otros. Y sobre todo para garantizar la ausencia de sufrimiento en la medida en que el Estado pueda permitírselo sin agraviar a los demás ciudadanos. Pero nadie conoce fehacientemente la capacidad de sufrimiento del doctor ni el funcionamiento de sus deseos ni sus reacciones psicológicas. Por tanto, en principio, si no concedemos libertad a los monos, tampoco tendríamos que otorgársela a Manhattan. No se trata de que sea superior o inferior a nosotros en muchas cosas, sino que simplemente no podemos trasvasar de su mente la información necesaria para juzgar su condición de ser moral. Un religioso diría que estoy blasfemando por amenazar con atar de pies y manosa un dios al que no comprendo hasta que le diseccione adecuadamente, y creo que tendría razón. Ante tamaña excepción de la naturaleza habría que ser excepcionalmente prudente, tanto en la concesión de derechos como en la imposición de obligaciones.

4) Durante la mayor parte de la trama, el Dr. Manhattan pierde su conciencia atemporal. Pero hay multitud de flashbacks que nos muestran la época en la que su precognición no sufría ningún tipo de distorsión. Pasado, presente y futuro de su propia vida (no del universo entero) eran simultáneos para él. Sin embargo, le vemos actuar como a un ser humano, semejando cierta sorpresa ante ciertos eventos. Aunque siempre sereno, actúa de una forma que nos evoca una conducta de voluntad de influir en los hechos, y a menudo no lo logra; al menos su aparente intención no siempre concuerda con el resultado; por ejemplo, cuando su mujer se enfada al descubrirle con otra chica y él hace amago de calmarla y explicarle la situación en vano, pese a que su omniabarcante visión del tiempo le habría permitido predecir encontronazo y evitarlo (claro que, evitándolo, se produciría una distorsión paradójica entre dos futuros sincrónicamente reales y efectivos). El caso es que interviene en discusiones que pierde. Es estúpido discutir cuando sabes que al final te rendirás y cómo sucederá esa rendición. En la página 26 del capítulo “La oscuridad de la existencia”, llega a decir literalmente “cambié de opinión”. ¿Cómo cambiar de opinión si tiene a la vez todas las opiniones de su vida?

En síntesis: se comporta como un hombre libre, ¡y sabe que no lo es! Porque habiendo simultaneidad de todos los puntos del espacio-tiempo, ¿cómo es posible decidir libremente? Ya lo planteé someramente: ¿puede haber libre albedrío en un tiempo estrictamente relativista? Creo que no, y puedo admitir que todos los personajes de Watchmen estén condenados al determinismo como los seres vivos del mundo real. Lo que me sorprende es que el comportamiento del fulgente doctor no sea distinto del nuestro (instintivo y pragmático) al tener una percepción directa y constante de ese principio que el resto de los mortales aprehendemos teoréticamente tan sólo. Está determinado a aparentar creer ser libre. Muy irónico y un tanto absurdo. Ante tal capricho de la causalidad universal uno se vería tentado a pensar en la voluntad de alguna deidad intervencionista.

jueves 9 de julio de 2009

Sophia perennis

… y la fuerza que al hombre le hace soñar en sus más altas posibilidades y le hace despegar una y otra vez del animal es siempre la misma, llámese hoy religión, mañana razón o pasado mañana con otro nombre. La oscilación, el vaivén entre el hombre real y el posible o soñado es eso mismo que las religiones conciben como relación entre el hombre y Dios. (II, 226)


Lo racional o lo afectivo, lo bajo o lo noble, no están completos, no son convincentes, no son valiosos sin su hermano y contrincante. El hombre nos resulta aburrido si sólo posee dos dimensiones. (II, 258)


Yo no considero como ideal humano cualquier virtud o cualquier creencia concreta, sino que considero como ideal supremo, por el que los hombres pueden morir, el logro de la mayor armonía posible en el alma del individuo. Quien posee esta armonía posee eso que el psicoanálisis, por ejemplo, llamaría libre disponibilidad de la libido, y eso que el Nuevo Testamento apunta cuando dice: “Todo es vuestro”. (II, 220)


El ateísmo es sólo la negación de algo que nunca ha tenido una existencia sustancial, sino puramente verbal. (II, 211)


La sabiduría del chino Lao-Tse y la sabiduría de Jesús o la del Bhagavad Gita indio apuntan claramente a los fundamentos comunes del alma humana, al igual que el arte de todos los tiempos y de todos los pueblos. El alma del hombre con su capacidad de amar, con su fuerza para sufrir, con su anhelo de redención, se nos hace patente desde cada pensamiento, desde cada acción amorosa, en Platón y en Tolstoi, en Buda y en Agustín, en Goethe y en Las mil y una noches. Nadie debe concluir de ahí que debamos equiparar el cristianismo y el taoísmo, la filosofía platónica y el budismo, o que de la síntesis de todas las culturas distanciadas por las épocas y las razas, por el clima y la historia, pudiera elaborarse una filosofía ideal. Que el cristiano sea cristiano y el chino, chino, y cada cual procure ser y pensar según su propio estilo. El reconocer que todos somos partes separadas del Uno eterno no hace superfluo ni un solo camino, ni una sola peripecia, ni una sola acción o sufrimiento en el mundo. (II, 222)


Cualquier religión es aproximadamente tan buena como las demás. No hay ninguna en la que no se pueda llegar a ser un sabio, ni ninguna que no pueda ser practicada como la idolatría más tonta. Pero en las religiones se ha acumulado casi todo el saber real de la humanidad, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es “errónea” cuando la contemplamos desde otro punto de vista que no sea el de la piedad; pero cada una de ellas es una llave para el corazón del mundo. (I, 232)


No me ha sido dado ser protestante o católico, bachiano o wagneriano; para mí la vida y la historia sólo adquieren pleno sentido y valor en la variedad con la que Dios se manifiesta en figuras siempre nuevas. Y así no sólo amo y reverencio, muchas veces con disgusto de mis familiares, a Buda y a Jesús en un mismo templo, sino que procuro amar y entender a Kant junto a Spinoza, y a Nietzsche jundo a Görres, no por un prurito de cultua o afán de erudición, sino simplemente por complacencia en la multiplicidad de lo Uno, en la riqueza de colorido entre Nietzsche y Aristóteles, entre Palestrina y Schubert, que sólo cuando se está seguro del Uno proporciona a la vida toda su delicada belleza y u policromía aparentemente irracional. Por eso yo no podría nunca dejar de lado, junto a los representantes de la libertad y de la libre investigación, a aquellos grandes espíritus silenciosos para quienes la libertad no era cuestión del intelecto, y la fe y la subordinación de lo personal era una profunda necesidad del corazón. (II, 221).


Herrmann Hesse, Lecturas para minutos


miércoles 8 de julio de 2009

Memes, sí; memeces, no

El de meme es un concepto muy exitoso en los últimos tiempos en campos como la antropología o la teoría de la información. Acuñado por Dawkins, me parece un término ciertamente útil, expresivo y eufónico, y si fuera de otro modo no habría triunfado como lo ha hecho. Tiene la virtud de simplificar y objetivar transmisiones de información cultural reduciéndolas a átomos informativos manejables y clasificables. No atreviéndome a otorgarle o negarle carta de "teoría científica", sí creo que la memética es al menos lo suficientemente práctica como darle un sitio de honor en la "ciencia de salón" (que es la única ciencia que un servidor llegará a tratar jamás).

Ahora bien, algunas de las propiedades que se le atribuyen pasan por cuasimágicas. Vale que los memes comparten muchas similitudes con las estructuras biológicas:

"Para el conjunto de los memes se dan las características propias de todo proceso evolutivo: fecundidad (algunas ideas son especialmente efectivas, como la idea de Dios, por ejemplo), longevidad (muchas de ellas persisten durante mucho tiempo: la monogamia, o la fe, por ejemplo) y fidelidad en la replicación (carácter conservador de las tradiciones y de muchas creencias y supuestos, especialmente las transmitidas verticalmente: de padres a hijos o de maestros a alumnos)".

Pero suena exagerado pasar de ahí a decir que “se replican a sí mismas por mecanismos de imitación y transmisión de cerebro a cerebro y engendran un amplio abanico de copias que subsisten en diversos medios.”

De ahí claramente parecen concluír los memólogos que “con ello tenemos el marco general de un proceso evolutivo que Dawkins compara con la evolución biológica, e incluso llega a aceptar que los memes deben ser considerados como estructuras vivientes no sólo metafóricamente, sino técnicamente.

Veamos: para empezar no creo correcto el concepto de autorreplicación aplicado a los memes, como sí lo es para “el ARN, ciertos polímeros y cristales, los virus informáticos, etc.” La autorreplicación implica autonomía, es decir, la ausencia de un individuo vivo que actúe por ellas. Hay miles de especies de parásitos que necesitan organismos vivientes para replicarse y a menudo necesitan no sólo la mera supervivencia de su víctima sino un comportamiento concreto (por ej.: la libación en las abejas para supervivencia de las plantas).

Sin embargo, los parásitos pueden sobrevivir algún tiempo después de que su fuente haya muerto, e incluso pueden seguir nutriéndose y efectuando algunas acciones propias de un ser vivo hasta agotar la fuente. Ahora bien, el meme es incapaz de comportarse de forma alguna una vez que el individuo culturizado que lo contenía muere. A partir de ese fallecimiento, el meme pierde toda existecia. Si se lograra resucitar al hombre que los contenía y no hubiera merma de memoria tras el tránsito, entonces diríase que el meme resucitaría también pero no que estaba latente cual bacteria congelada. En el caso de la resurrección humana sin merma mnemónica, no sólo persistirían los memes sino también las conductas innatas o los procesos inconscientes; tan vivos estarían unos como otros. Aun tendría más razón el virus informático autorreplicante para llamarse vivo, pues una vez puesto en marcha su mecanismo de autorreplicación no necesita intervención humana alguna hasta que no colapse el sistema que habita.

El meme carece de corporeidad, algo extraño para un ser vivo. Esto lo convierte en una suerte de fantasma que anida en cada mente, un conspirador extrasensorial, miembro de una nueva raza de noemas mutantes (por ponernos ya dramáticos). La mente –el aspecto conductualmente visible del cerebro– está por lo visto dominada por una serie de microbios no extensos que utilizan el medio para sobrevivir. ¿Por qué los gobiernos no dan la orden de busca y captura contra estos maleantes? ¿Sería posible incluírlos en el registro de sectas peligrosas, siendo cada meme una distinta? ¡Pero, claro, los mismos gobernantes están contaminados! ¡Dios, están por todas partes!

Dejemos las hipérboles. Que un meme sobreviva, evolucione, se reproduzca o muera no deja de ser una ristra de metáforas que haríamos mal en tomar por identidad con lo orgánico. Todo lo que dimana de la existencia de un ser vivo inteligente cumple esos requisitos. Las aparatosas vestimentas de la aristocracia del siglo XVIII europeo no dejaron de aparecer, de permanecer un tiempo, de cribarse y de mutar para finalmente desaparecer. Pero no las consideramos estructuras vivas, como según el "memetismo biologicista" (la expresión es mía) sí podríamos considerar a los memes relacionados con esas vestimentas, subyacentes a su uso, a su existencia. ¿Por qué tal discriminación, si sus triunfos y fracasos van parejos? Los intrumentos musicales también responden a esos pasos “vitales” y no por ello decimos que el clavecín es una especie biológica extinguida a manos del espíritu de la Revolución y tímidamente resucitada a principios del siglo XX. ¿Y, sin embargo, sí está vivo o muerto el meme del "clavecinismo"?

¡Y qué curioso excluir a la ciencia de la despreciable tiranía de las memes, cuando todo el mundo comprueba con efectos retroactivos que las proposiciones científicas del pasado son aproximaciones a una realidad escurridiza! La Constante de Gravitación Universal no es más que un factor necesario para realizar cálculos efectivos sobre unos datos incompletos en torno al universo; una función que a su manera comparte con la idea de Dios. No obstante, Susan Blackmore otorga a la religión el ofensivo título de "meme viral" en contraposición a la ciencia, tan pura ella. Cierto que el margen de ficción se va acotando mediante la investigación científica, pero no somos nosotros los que podamos juzgar su validez definitiva, pues nada nos dice que no pueda darse en un futuro un salto cognitivo sustancial que obligue a la ciencia a reconfigurar todos sus modelos. El instrumentalismo y el fenomenismo se oponen, pues, a que esta concepción paranoica de las unidades meméticas perdonase a la ciencia como privilegiada excepción.

Por último, no puede decirse que los memes utilicen al hombre. Su surgimiento se debe única y exclusivamente a necesidades humanas, necesidades de satisfacción psicológica y de maximización de la eficacia conductual. En el momento en que un meme no es útil, muere. Muere con el individuo o con la comunidad que lo sustenta. Como el ángel de la guarda, su función es potenciar y cohesionar la materialización de los instintos (casos anti-intuitivos como la castidad monástica no son objetables, pues responden a una sublimación de instintos conveniente para la satisfacción mental en muchos casos). Si el comportamiento que gatilla el meme en el hombre no es exitoso de alguna forma, el complejo simbiótico hombre + meme se va al garete.

En todo caso, todo el poder que le atribuye Dawkins a estos pequeños entes semimetafísicos se diluye si negamos el libre albedrío. La capacidad causal de los argumentos es nula si el cerebro se rige únicamente por leyes físicas; cualquier prejuicio cultural o cualquier fórmula matemática no serían más que epifenómenos, la apariencia visible para una conciencia, su único modo de auto-observación. El cerebro haría sus ajustes pertinentes sin consultar un modelo gnoseológico humanista mientras los memes creen tener vida propia.

martes 7 de julio de 2009

Las aventuras de un individuo cualquiera (o el viaje más grande de todos los espacio-tiempos)

Un objeto x caminaba por una abscisa perpendicular a su altura. El paisaje, no vacío y gravitacional, le agradaba tanto que se permitió extender su paseo en . Pero aquello supuso un error en sus cálculos, limitados en un principio a x² - t(1) = ∆t, y al mirar su reloj relampagueó cual electrón observado, exclamando “¡Por el bosón de Higgs, el incremento de t no se materializó según lo mensurado!” Corrió de vuelta a su conjunto a una velocidad uniformemente acelerada que terminó por debilitar a la débil abscisa. El objeto x osciló sobre ella con un movimiento armónico simple que acabo por hacerle caer. Cayó sin dolor (“bendita sea la ausencia de sistema nervioso”, pensó) pero en un conjunto completamente extraño.

No veía ningún objeto x ni tampoco ninguno del subconjunto de los z, inmigrantes con los cuales compartía el conjunto potencia provincial. Tan sólo vio entes de aspectos extraños, asimétricos y muy definidos, casi engreídos por su carisma. El pobre x, una simple variable del montón, sintióse intimidado por una señorona gordota visiblemente llamada a, y luego por una c medio coja que le pisó un aspa de la x sin pedir disculpas. Sus subíndices eran números bajos, signos de alta posición social. Nuestro objeto x, vulgarmente apellidado 256, se sentía como vertebrado teleósteo acantopterigio fuera de su líquido elemento.

Preguntó a una d (al principio pensó que era una a con el brazo en alto) en qué conjunto estaba y de qué raza eran todos aquellos elementos: “Somos constantes individuales, pequeña variable, y no eres bienvenida”. La d se marchó altiva y cuchicheando insultos x-enófobos, y el forastero involuntario sintió en toda su oncena dimensión la hostilidad del individualismo imperante. Con su intersección central latiendo agitadamente, x256 quiso salir del espacio tomado por la muchedumbre. En busca de una soledad de las que proporcionan cierta calma, llegó a un bosque de funtores en el que se extravió, pues era un bosque ni inyectivo ni sobreyectivo en el que ninguna correspondencia era unívoca como la luz del día. Así, atravesó conjuntos productos cartesianos, recorrió relaciones transitivas, presenció reyertas entre integrales y primitivas y contabilizó cardinalidades imposibles.

Y vio una linda variable de signo negativo, una pequeña mas linda y’. “Qué coqueta al tocarse con esa lágrima ladeada”, musitó x256, pero le gustó, le gustó ese pícaro descaro de ponerse de atavío el propio apellido. “Qué dulce y prima…”. Pero la doncella desapareció pronto. Y el extranjero prosiguió en su búsqueda de un teorema al que preguntar cómo regresar a casa sano y salvo.

Por los vecindarios algebraicos que cruzara encontró todos los tipos de valores cuantificables: familias polinómicas tradicionales pero también ecuaciones simétricas, asociativas y distributivas; dio con relaciones binarias de toda la vida pero también con triplas ordenadas y no tan ordenadas, e incluso tuvo noticia de que empezaba a haber conjuntos con n-tuplos (“¡adónde iremos a parar!”, pensó); atravesó comunas de polígonos euclidianos y no euclidianos conviviendo en armonía sin estar sujetos a las leyes de un sistema formal consistente; le saludaron cuaterniones y sedeniones; los números transfinitos profetizaban la hipótesis del continuo; descubrió la salvaje vida nocturna de las ciudades, protagonizadas por desquiciados números gödelianos y grafos de síntesis que alucinaban al personal hasta el punto de hacerles ver números imaginarios. Las clases de equivalencia parecían destrozadas por una lógica modal que el extranjero de estirpe booleana no comprendía. Ante los contradictorios estímulos su mente fue deviniendo más y más entrópica a una velocidad en progresión logarítmica… hasta que cayó en la más completa vorticidad. En ese momento, x = principio de incertidumbre de Heisenberg. Su horror tendía a .



Trastornado por tantas emociones, el provinciano y minúsculo x se sentó sobre el teorema de Wolpert y lloró amargamente. Quiso la suerte que para ese instante t pasara por allí una vieja función experta en variables individuales y predicativas, antiguo empleado de la Agencia Sectorial de Homomorfismo. Amablemente preguntó al desconsolado elemento:


—¿Por qué lloras, pequeño x?

—Sniff… estoy… estoy… existencialmente cuantificado en este universo de discurso que no entiendo. No sé dónde está el lenguaje de primer orden en el que tengo mi casa… sniff… ¡Aquí todo es tan raro! ¡Predicados y funtores cuantificados, conjuntos que se contienen a sí mismos…! ¡No me he tropezado con una sola constante familiar, y el único teorema que he encontrado dice que nada puede conocerse del todo! ¡Es de locos!

El funtor compadeció a la criatura y, subiéndola sobre su vector, la devolvió en un lapso atemporal a su sistema clásico bivalente. La joven variable no podía creer tan instantáneo regreso: “¡Increíble, y yo que flipaba con la superconductividad!” A la sazón se despidieron con un abrazo simétrico de alta valencia y el viejo funtor desapareció del conjunto ipso facto, como si la revisión de un cálculo mal hecho lo hubiera eliminado de un plumazo para ajustar la fórmula.

Echado al fin sobre su cama, x256 recordó sus intensas vivencias. Y recordó a la bella y’, tan dulcemente asimétrica, con su lágrima a modo de lunar cuidadosamente situado sobre el pómulo. Soñó con un apasionado sumatorio de literales. ¡Ah, cuántos conectores operacionales ha habido siempre entre las x y las y! ¡En cuántos cromosomas han conjugado verbos relacionales y misteriosos que se resisten una y otra vez a la formalización! Sí, la x no parecía escarmentada: había decidido que al día siguiente se encaminaría de nuevo hacia ese mundo extraño y maravilloso.

lunes 6 de julio de 2009

Y ahora el bautizo laico

No me resisto a comentar tardíamente un hecho que ya ha quedado atrás, lo que da muestra de su inanidad. Me refiero a los bautizos laicos o civiles, que prometen ser una moda futura.


Bien, ante todo no puedo decir que me sorprenda. Es un paso más en la conquista de un imaginario por parte de quienes pensaban que no lo necesitaban. Para mí, tiene más de confesión que de afrenta. Los anticlericales claman por el bautismo. Ironía donde las haya. Suma vergüenza ajena por parte de quien escribe. No hacen daño alguno salvo ése. Quizás el niño, cuando crezca, también se sienta ultrajado, como ahora se sienten muchos apóstatas del catolicismo.


Dicen con verdad que los ritos iniciáticos y de paso son propios de toda la humanidad, no sólo del cristianismo. Es cierto, aunque con el matiz de que esos ritos tienen siempre raíces y envoltura religiosa. Se trata de celebrar la magia sobrenatural de provenir la vida de no se sabe dónde, claro que si ya sabemos que todo se origina en un espermatozoide muy rápido y nada más… Mas, admitamos que el materialista también cree en la belleza del Misterio a su modo, como es mi caso. Pero es que, además, es demasiado evidente la mimesis en esto del bautismo laico. Porque, como acertadamente dice Fernando Savater, a un niño se le bautiza cristianamente o se le presenta en sociedad, pero no hay grados intermedios. La pila bautismal, las palabras del oficiante, el chorrito de agua… Debe de haber ritos similares en otras partes del mundo, pero el origen de este rito laico está más que claro: es una copia idéntica del bautismo católico, aunque sólo fuera por el nombre, tan pegadizo. No han logrado emanciparse hasta el punto de forjar sus propias reglas. El mismo Michel Onfray estará horrorizado.


Es natural el deseo de una ceremonia para celebrar el nacimiento y dar la bienvenida al niño, pero podrían haberse esforzado en hacerlo imaginativamente. No quiero decir pretendiendo reinventar el mundo, pero sin tampoco dar la sensación de reproducir con pelos y señales un comportamiento eclesial fuera del templo con tal de no llamarlo católico. Paganicen el evento, réglenlo, poetícenlo; no lo banalicen, no lo conviertan en un trivial acto de militancia, de exhibición de las convicciones negativas, del querer y no poder. Eso es usar al niño mucho más que suspender la conciencia del niño al hacerle miembro no conforme de la Iglesia (entre otras cosas porque no hay conciencia que suspender, por lo que no se vulnera el supuesto libre albedrío).


Pero, a ver, ¿qué significado ritual puede tener el agua para un materialista? H2O vertiéndose sobre una cabellera animal que no lo agradece. Carece por completo de sentido. ¿Qué sentirá la madre ofreciendo a su retoño un líquido simbólico que nada simboliza? Es que es demasiado cómico. En días no tan distantes podría haber sido un sketch de Tip y Coll.


Puede celebrarse un funeral laico, porque la despedida de un ser querido parece reclamar a todos los hombres unos momentos de comunión y de introspección. Lo mismo para el matrimonio: supone un contrato con beneficios legales y un juramento simbólico de lealtad (juramento fácilmente rompible en lo civil, pero seamos benévolos esta vez). Parece natural, por ende, cubrir de ceremonia el otro gran momento en la vida de un hombre: su venida al mundo. Pero, por favor, no hagan chirriar sus propias mentes. No lo hagan para burlar a la Iglesia, no lo hagan como pretexto para otorgar visibilidad (vulgo propaganda) a la inconexa y autorreferencial ideología atea. Es demasiado penoso. Ya lo era cuando la República francesa comenzó con esas costumbres revolucionarias, justo cuando quiso cambiar el nombre de los meses. Si algún día inventan la comunión laica o la Semana Santa laica o la confirmación laica (¿"me confirmo fiel a la materia"?), entonces yo seré quien confirme definitivamente que el resentimiento social está todavía más que presente en esta sociedad que no sabe hacer una transición como Dios/Darwin manda. De momento ya contemplé hará unos años unas imágenes televisadas de las fiestas de la Virgen del Pilar de Zaragoza que me pusieron los pelos de punta: carrozas de bailarinas y homosexuales semidesnudos y musculados celebrando una orgía ultrapagana en mitad de una calle que en nada respiraba la espiritualidad que daba motivo a la tradición. Así que tiempo al tiempo.


La autenticidad cuesta ganársela. El gran problema de echar por tierra un ídolo es saber qué ponemos en su lugar, con qué llenamos las horas que quedaban antes regladas. Un bautismo laico no significa absolutamente nada si no se bautiza en referencia a algo. No se puede hacer un instante sagrado si no se sabe por qué es sagrado. No se puede bendecir con agua si no se cree en el agua bendita. Y si omiten el paso del agua bendita y pasan directamente a la frase de “yo te bautizo” o “yo te doy la bienvenida al mundo”, entonces sobraba el nombre y sobraba el esperpento matutino que se ha montado en los medios. Porque entonces será palmario que lo único que se buscaba era reencontrarse con los tíos y los suegros, la comilona de media hora, la foto, el poder decir “bautizamos a mi hijo por lo civil”, el poder mirar las fotos el día de mañana y recordar entrañablemente al bebé en ese instante que nada significó.