domingo 12 de julio de 2009
Esquizofrenia bloguil in crescendo
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Algunos pangramas
Unos pocos pangramas de mi cosecha:
El rey farragoso vio a Will Smith cuando con jaqueca habló de la ketamina ponzoñosa en un taxi.
Los medios informativos contaron que el wasabi japonés contiene excipientes chungos de carroña que se inyectan los kurdos con éxito al hacer zapping.
Al funeral de Michael Jackson, visto en Texas por la Web, asistieron Kobe Bryant, Queen Latifah y otros zalameros con legañas.
El wáter se quedó obstruido por las heces tóxicas que vertió fuertemente un gay en una jaima de Katmandú, tal fue su hazaña.
El exfutbolista Zidane, comiendo un toke, cazó urogallos en la montaña y en la playa para extasiar a su hijo vaquero de Wisconsin.
Bañar cuáqueros o cheyenes gangosos en el mar junto al faro vale diez puntos extensibles en el karaoke más ñoño o intercambiables por una Wii.
Todos gozaron con cuchufletas el vino añejo de New York porque huyeron excitados del examen de bádminton.
Han ganado ex aequo el anorak y la cabeza de un rabino salvajemente despedazado por la Lutwaffe.
El Kazajo engañado reventó por un exceso de tequila tras fagocitar al rey Wamba en el chopo.
El banjo exterminado se hizo el avezado al quedar fútilmente posado cegando a un añoso volumen de Yasunari Kawabata.
Más, aquí.
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viernes 10 de julio de 2009
Los dilemas del Dr. Manhattan
“Dios existe y es americano”.
Alan Moore, Watchmen
Si me preguntasen por la película que más me ha impresionado en el último año, no meditaría la respuesta: Watchmen. La adaptación fílmica de la ciclópea novela gráfica del mismo nombre pasó de ser un reto imposible a un milagro del virtuosismo, una acrobacia cinematográfica, una experiencia estética que, como era de esperar, no ha erizado un solo vello de los miembros de la Academia de Hollywood ni a la crítica. Ni sus mentes ni sus sentidos ni sus corazones pueden soportar toda la carga emocional e intelectual de ese Quijote del cómic volcado a 160 minutos de metraje en celuloide: demasiado profunda, demasiado excitante, demasiado revolucionaria, demasiado completa. ¡Y eso que lo que se ha visto en cines no es el montaje definitivo del director! Fuera de los Oscar como la otra obra maestra de Zack Snyder (que mencioné de pasada en su momento), está sin embargo muy dentro de las cuestiones más candentes del arte, la sociología y el pensamiento. Obviaré esta vez el primer aspecto para centrarme en algunos problemas filosóficos presentes en la novela y en la película. Dado que es necesario spoilear sin piedad (en cristiano: descuajeringar la trama) para plantearlos como se debe, recomiendo a los insensatos que aún no se han hecho con la historia en uno u otro formato que detengan la lectura y que bloqueen este blog en sus navegadores hasta nueva orden. Dicen que en el Emule venden baratos peli y cómic. Advertidos quedan.
Las grandes cuestiones corren en torno a la figura del doctor Manhattan, ese personaje azul y agraciado con poderes espeluznantes tras una potente radiación en su laboratorio. No siendo el protagonista de todos los actos polémicos, sí se ve en la obligación de evaluarlos y de reconducirlos o no, pues tiene poder para ello. Su mente desapasionada y superdotada le hace idóneo para enfrentar dudas racionales. Los asuntos filosóficos que contabilizo son:
1) El núcleo de la trama, que es de naturaleza moral y desvelado al final. Adrian Veidt –alias Ozymandias–, “el hombre más listo del mundo”, decide invertir toda su fortuna y su poder en destruir varias de las más grandes e importantes ciudades del mundo. Su móvil no es la maldad, nada más lejos: lo que busca es la salvación de una humanidad al borde la guerra nuclear. Sacrificando a varios millones de inocentes de varios continentes piensa lograr unir a los dos grandes bloques de la guerra fría en esta ucronía en la que todo sale bien. Acusando al doctor Manhattan de las masacres, los seres humanos harán piña contra el mutante que creen tan perverso. Mientras Rorschach considera imprescindible contar al mundo la verdad sobre los atentados por integridad ética, el doctor Manhattan, más flexible y computacional, opina que deben aprovecharse todas esas muertes para lograr un beneficio, y de ese modo no habrá sido en vano tanto dolor.
El asunto no es nada sencillo y es de lo más interesante de esta trama en la que la frontera entre buenos y malos se desdibuja por completo. En principio, diría que tal decisionismo perentorio es sumamente temerario. La prueba podríamos tenerla en la historia real: la guerra fría acabó felizmente sin que fuera necesaria tanta masacre. Ahora bien, trasladándonos a un siglo XX hipotético en el que el peligro hubiese sido mucho mayor y admitiendo que Veidt tuviera capacidad suficiente para, a raíz de los datos objetivos, predecir con razonable seguridad un inminente holocausto atómico, entonces la cosa cambia. En mi opinión el doctor Manhattan podría teletransportarse al Kremlin y ejercer un golpe de estado en la URSS, pero si no contásemos con esa solución sobrenatural quizá sí fuera imprescindible una actuación contundente.
La disyuntiva que se me presentaría si fuera el potentado Adrian Veidt sería ternaria: a) atacar como lo hizo; b) atacar de forma menos masiva e incrementar progresivamente la intensidad hasta que los estados reaccionasen, y c) presentarse ante todos los medios de comunicación del planeta explicando con evidencias el sinsentido que supondría emprender una guerra que necesariamente acabaría con la aniquilación de la civilización. La última opción, la más pacífica y por ende preferible, cuenta con el impedimento del miedo de los pueblos y los gobernantes, que prefieren arriesgarse a atacar al enemigo con la posibilidad de salir indemnes que ser atacados antes y ser destruidos definitivamente. La segunda opción carece del impacto psicológico que produciría un atentado masivo y sin precedentes. Una matanza gradual se ha visto otras veces en la historia no teniendo siempre como resultado la recapacitación. Un golpe no demasiado duro resulta a veces en vano, y hace daño sin beneficios compensatorios (a veces lo barato sale caro).
Se reprochó a Truman bombardear Hiroshima antes de probar a atemorizar a los japoneses produciendo un hongo atómico en el mar de sus costas. Evidentemente, si Hiroshima no convenció a Hiro-Hito y hubo que destruir Nagasaki, un maremoto radiactivo no habría surtido efecto, pero eso es algo que Truman no podía saber (a menos que fuera tan listo como Ozymandias) y que debió haber probado antes.
Desde el punto de vista de las víctimas, en principio yo no me prestaría voluntariamente a morir junto a todos los habitantes de mi nación (o mis allegados o personas con intereses comunes) para que se salve el resto de la humanidad, algo a lo que sí está dispuesto Ozymandias. ¿Le convierte eso en un individuo más elevado, más espléndido y con mayor amplitud de miras? Opino que él cae en otro prejuicio, más abstracto que el tribalismo y el egoísmo, pero prejuicio al fin y al cabo. Considera a los seres humanos un bien mensurable por un baremo cuantitativo y no cualitativo, a la inversa que el tribalismo. Es decir: cuanta más gente sobreviva a la postre, mejor. Es un humanista ilustrado de los del XVIII, un igualitarista radical que, no obstante, es capaz de sacrificar arbitrariamente a unos cuantos millones de hombres negándoles todo derecho. Lo que cuenta para él es la supervivencia de una especia sin planificación ninguna. Eso nos lleva a la segunda cuestión, más metafísica y poética, pero filosófica al fin y al cabo.

2) Paseando por Marte, Manhattan y la segunda Espectro de Seda mantienen una conversación decisiva sobre el valor de la vida, relativizándola el primero y no dispuesta a renunciar a la empatía la última. Él intenta persuadirla de que su amor por la existencia de la vida es desproporcionado: “Leo los átomos, Laurie. Veo el antiguo espectáculo que creó a las piedras. Ante esto, la vida humana es breve y mundana”. Ella habla del milagro de ser animado y de ser humano, y él, fascinado por los secretos de la materia inerte, hace una lectura opuesta. Contemplando a la vida como un mero objeto intelectual, la juzga una ínfima porción de todos los minerales interesantes del universo, todas las partículas subatómicas, toda la energía. Es, según sus palabras, un “fenómeno sobrevalorado”. En cambio, ella hace gala de sus instintos animales y la juzga desde la perspectiva del sujeto interesado que considera interesante a la vida porque ella misma participa del fenómeno y porque le va en ello su propia existencia. El destino de la vida en abstracto y el de su vida individual se identifican. El doctor es autosuficiente: no requiere sociabilidad para perpetuarse ni para realizar cualquiera de las actividades que desea. Su independencia le lleva a la indeferencia, que le hace parecer cínico a ojos comunes.
No cuesta imaginar un ser así de desapegado. Basta con que su cerebro no esté siquiera hecho del mismo material que el nuestro. Al igual que la desaparición de las cucarachas no traumatizaría a demasiados hombres, tampoco la total extinción de organismos terrestres tendría por qué afectar a unos alienígenas inteligentes. Todo es cuestión de distancias en la escala. Pero, más allá de un relativismo cultural, étnico o biológico, está en nuestro personaje radiactivo la trascendencia de todo instinto y de toda categoría constructiva. La visión del doctor es propia de un místico oriental: un monismo desangelado en el que todo es un gran Uno completamente vacuo. Es la raíz neutra del nihilismo. Pero, salvo las excepciones orientalizantes, para que un sujeto no se posicione a favor de un sistema es condición suficiente que no esté implicado en dicho sistema, como es el caso del personaje de Watchmen.
3) En relación a lo anterior se destila parte de la respuesta de la siguiente pregunta. ¿Tiene el doctor Manhattan la obligación moral de impedir grandes dosis de mal por poseer superpoderes? Debido a su potencial inimaginable, el gobierno estadounidense le reclama constantemente para batallar en guerras o para construir armas, y él accede hasta que se cansa y se marcha a Marte a mirar piedras. Un hombre así tiene capacidad para evitar ingentes dosis de dolor realizando un mero acto mental. ¿Equivale cada una de sus negativas a un crimen contra la humanidad? Si le reprocháramos tal cosa, ¿no se les estaría negando la libertad? (Hablaríamos, en todo caso, de una incriminación de tipo ético, no legal ni mucho menos ejecutoria puesto que su poder impediría si lo desease cualquier tipo de coacción física por parte de las autoridades.)
Mi dictamen es que no es condenable desde un punto de vista judicial, aunque eso no es óbice para que no se le intente convencer por todos los medios para que coopere con organismos supranacionales, humanitarios, con la ciencia y con la filosofía… Desde el punto de vista de la compasión y la generosidad, la proporción entre lo que posee y lo que da es abismal cuando se retira del mundo. Es sumamente mezquino. En relación a los demás no es activamente nocivo, pero si entendemos la moral no sólo como reglamento social sino también como autarquía espiritual, como la composición del alma alta en ingredientes como la entrega o la humildad, entonces el doctor Manhattan es humanamente despreciable al pasear por los cañones marcianos mientras la destrucción de la Tierra se cierne.
Esto es difícil de sostener por ser demasiado absolutista, demasiado clásico. Si está en paz consigo mismo, si está estoicamente sereno y se siente pleno sin perjudicar activamente a nadie, ¿cómo se le puede negar una autarquía espiritual? ¿En base a qué decir que no posee una sabiduría elevada, unos valores morales útiles y buenos? Lao-Tse se pondría de su parte sin dudarlo.
Hay una posibilidad legal para declararle “indigno” de alguna forma y procurar así presionarle emocionalmente, ya que no coaccionarle. Ésta consiste en no considerarle humano, y por lo tanto no sujeto a los derechos y obligaciones de los hombres, sino a derechos y obligaciones específicos. Nació de una mujer, sí, y sus genes probablemente mantengan muchas similitudes con los de Adán; por otro lado, muchas de sus propiedades no son en absoluto humanas, en absoluto animales, y él mismo va dejando de sentirse identificado con su antigua especie. Tampoco los locos se siente siempre humanos: la diferencia es que el doctor no piensa ni siente como un humano en ninguno de los casos que ha contemplado la historia.
El Derecho se justifica como mecanismo de garantía de que a un hombre no le falten oportunidades en la sociedad para realizarse sin mermar las oportunidades de otros. Y sobre todo para garantizar la ausencia de sufrimiento en la medida en que el Estado pueda permitírselo sin agraviar a los demás ciudadanos. Pero nadie conoce fehacientemente la capacidad de sufrimiento del doctor ni el funcionamiento de sus deseos ni sus reacciones psicológicas. Por tanto, en principio, si no concedemos libertad a los monos, tampoco tendríamos que otorgársela a Manhattan. No se trata de que sea superior o inferior a nosotros en muchas cosas, sino que simplemente no podemos trasvasar de su mente la información necesaria para juzgar su condición de ser moral. Un religioso diría que estoy blasfemando por amenazar con atar de pies y manosa un dios al que no comprendo hasta que le diseccione adecuadamente, y creo que tendría razón. Ante tamaña excepción de la naturaleza habría que ser excepcionalmente prudente, tanto en la concesión de derechos como en la imposición de obligaciones.

4) Durante la mayor parte de la trama, el Dr. Manhattan pierde su conciencia atemporal. Pero hay multitud de flashbacks que nos muestran la época en la que su precognición no sufría ningún tipo de distorsión. Pasado, presente y futuro de su propia vida (no del universo entero) eran simultáneos para él. Sin embargo, le vemos actuar como a un ser humano, semejando cierta sorpresa ante ciertos eventos. Aunque siempre sereno, actúa de una forma que nos evoca una conducta de voluntad de influir en los hechos, y a menudo no lo logra; al menos su aparente intención no siempre concuerda con el resultado; por ejemplo, cuando su mujer se enfada al descubrirle con otra chica y él hace amago de calmarla y explicarle la situación en vano, pese a que su omniabarcante visión del tiempo le habría permitido predecir encontronazo y evitarlo (claro que, evitándolo, se produciría una distorsión paradójica entre dos futuros sincrónicamente reales y efectivos). El caso es que interviene en discusiones que pierde. Es estúpido discutir cuando sabes que al final te rendirás y cómo sucederá esa rendición. En la página 26 del capítulo “La oscuridad de la existencia”, llega a decir literalmente “cambié de opinión”. ¿Cómo cambiar de opinión si tiene a la vez todas las opiniones de su vida?
En síntesis: se comporta como un hombre libre, ¡y sabe que no lo es! Porque habiendo simultaneidad de todos los puntos del espacio-tiempo, ¿cómo es posible decidir libremente? Ya lo planteé someramente: ¿puede haber libre albedrío en un tiempo estrictamente relativista? Creo que no, y puedo admitir que todos los personajes de Watchmen estén condenados al determinismo como los seres vivos del mundo real. Lo que me sorprende es que el comportamiento del fulgente doctor no sea distinto del nuestro (instintivo y pragmático) al tener una percepción directa y constante de ese principio que el resto de los mortales aprehendemos teoréticamente tan sólo. Está determinado a aparentar creer ser libre. Muy irónico y un tanto absurdo. Ante tal capricho de la causalidad universal uno se vería tentado a pensar en la voluntad de alguna deidad intervencionista.
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jueves 9 de julio de 2009
Sophia perennis
Lo racional o lo afectivo, lo bajo o lo noble, no están completos, no son convincentes, no son valiosos sin su hermano y contrincante. El hombre nos resulta aburrido si sólo posee dos dimensiones. (II, 258)
Yo no considero como ideal humano cualquier virtud o cualquier creencia concreta, sino que considero como ideal supremo, por el que los hombres pueden morir, el logro de la mayor armonía posible en el alma del individuo. Quien posee esta armonía posee eso que el psicoanálisis, por ejemplo, llamaría libre disponibilidad de la libido, y eso que el Nuevo Testamento apunta cuando dice: “Todo es vuestro”. (II, 220)
El ateísmo es sólo la negación de algo que nunca ha tenido una existencia sustancial, sino puramente verbal. (II, 211)
La sabiduría del chino Lao-Tse y la sabiduría de Jesús o la del Bhagavad Gita indio apuntan claramente a los fundamentos comunes del alma humana, al igual que el arte de todos los tiempos y de todos los pueblos. El alma del hombre con su capacidad de amar, con su fuerza para sufrir, con su anhelo de redención, se nos hace patente desde cada pensamiento, desde cada acción amorosa, en Platón y en Tolstoi, en Buda y en Agustín, en Goethe y en Las mil y una noches. Nadie debe concluir de ahí que debamos equiparar el cristianismo y el taoísmo, la filosofía platónica y el budismo, o que de la síntesis de todas las culturas distanciadas por las épocas y las razas, por el clima y la historia, pudiera elaborarse una filosofía ideal. Que el cristiano sea cristiano y el chino, chino, y cada cual procure ser y pensar según su propio estilo. El reconocer que todos somos partes separadas del Uno eterno no hace superfluo ni un solo camino, ni una sola peripecia, ni una sola acción o sufrimiento en el mundo. (II, 222)
Cualquier religión es aproximadamente tan buena como las demás. No hay ninguna en la que no se pueda llegar a ser un sabio, ni ninguna que no pueda ser practicada como la idolatría más tonta. Pero en las religiones se ha acumulado casi todo el saber real de la humanidad, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es “errónea” cuando la contemplamos desde otro punto de vista que no sea el de la piedad; pero cada una de ellas es una llave para el corazón del mundo. (I, 232)
No me ha sido dado ser protestante o católico, bachiano o wagneriano; para mí la vida y la historia sólo adquieren pleno sentido y valor en la variedad con la que Dios se manifiesta en figuras siempre nuevas. Y así no sólo amo y reverencio, muchas veces con disgusto de mis familiares, a Buda y a Jesús en un mismo templo, sino que procuro amar y entender a Kant junto a Spinoza, y a Nietzsche jundo a Görres, no por un prurito de cultua o afán de erudición, sino simplemente por complacencia en la multiplicidad de lo Uno, en la riqueza de colorido entre Nietzsche y Aristóteles, entre Palestrina y Schubert, que sólo cuando se está seguro del Uno proporciona a la vida toda su delicada belleza y u policromía aparentemente irracional. Por eso yo no podría nunca dejar de lado, junto a los representantes de la libertad y de la libre investigación, a aquellos grandes espíritus silenciosos para quienes la libertad no era cuestión del intelecto, y la fe y la subordinación de lo personal era una profunda necesidad del corazón. (II, 221).
Herrmann Hesse, Lecturas para minutos

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miércoles 8 de julio de 2009
Memes, sí; memeces, no
El de meme es un concepto muy exitoso en los últimos tiempos en campos como la antropología o la teoría de la información. Acuñado por Dawkins, me parece un término ciertamente útil, expresivo y eufónico, y si fuera de otro modo no habría triunfado como lo ha hecho. Tiene la virtud de simplificar y objetivar transmisiones de información cultural reduciéndolas a átomos informativos manejables y clasificables. No atreviéndome a otorgarle o negarle carta de "teoría científica", sí creo que la memética es al menos lo suficientemente práctica como darle un sitio de honor en la "ciencia de salón" (que es la única ciencia que un servidor llegará a tratar jamás).
Ahora bien, algunas de las propiedades que se le atribuyen pasan por cuasimágicas. Vale que los memes comparten muchas similitudes con las estructuras biológicas:
Pero suena exagerado pasar de ahí a decir que “se replican a sí mismas por mecanismos de imitación y transmisión de cerebro a cerebro y engendran un amplio abanico de copias que subsisten en diversos medios.”
De ahí claramente parecen concluír los memólogos que “con ello tenemos el marco general de un proceso evolutivo que Dawkins compara con la evolución biológica, e incluso llega a aceptar que los memes deben ser considerados como estructuras vivientes no sólo metafóricamente, sino técnicamente.”
Veamos: para empezar no creo correcto el concepto de autorreplicación aplicado a los memes, como sí lo es para “el ARN, ciertos polímeros y cristales, los virus informáticos, etc.” La autorreplicación implica autonomía, es decir, la ausencia de un individuo vivo que actúe por ellas. Hay miles de especies de parásitos que necesitan organismos vivientes para replicarse y a menudo necesitan no sólo la mera supervivencia de su víctima sino un comportamiento concreto (por ej.: la libación en las abejas para supervivencia de las plantas).
Sin embargo, los parásitos pueden sobrevivir algún tiempo después de que su fuente haya muerto, e incluso pueden seguir nutriéndose y efectuando algunas acciones propias de un ser vivo hasta agotar la fuente. Ahora bien, el meme es incapaz de comportarse de forma alguna una vez que el individuo culturizado que lo contenía muere. A partir de ese fallecimiento, el meme pierde toda existecia. Si se lograra resucitar al hombre que los contenía y no hubiera merma de memoria tras el tránsito, entonces diríase que el meme resucitaría también pero no que estaba latente cual bacteria congelada. En el caso de la resurrección humana sin merma mnemónica, no sólo persistirían los memes sino también las conductas innatas o los procesos inconscientes; tan vivos estarían unos como otros. Aun tendría más razón el virus informático autorreplicante para llamarse vivo, pues una vez puesto en marcha su mecanismo de autorreplicación no necesita intervención humana alguna hasta que no colapse el sistema que habita.
El meme carece de corporeidad, algo extraño para un ser vivo. Esto lo convierte en una suerte de fantasma que anida en cada mente, un conspirador extrasensorial, miembro de una nueva raza de noemas mutantes (por ponernos ya dramáticos). La mente –el aspecto conductualmente visible del cerebro– está por lo visto dominada por una serie de microbios no extensos que utilizan el medio para sobrevivir. ¿Por qué los gobiernos no dan la orden de busca y captura contra estos maleantes? ¿Sería posible incluírlos en el registro de sectas peligrosas, siendo cada meme una distinta? ¡Pero, claro, los mismos gobernantes están contaminados! ¡Dios, están por todas partes!
Dejemos las hipérboles. Que un meme sobreviva, evolucione, se reproduzca o muera no deja de ser una ristra de metáforas que haríamos mal en tomar por identidad con lo orgánico. Todo lo que dimana de la existencia de un ser vivo inteligente cumple esos requisitos. Las aparatosas vestimentas de la aristocracia del siglo XVIII europeo no dejaron de aparecer, de permanecer un tiempo, de cribarse y de mutar para finalmente desaparecer. Pero no las consideramos estructuras vivas, como según el "memetismo biologicista" (la expresión es mía) sí podríamos considerar a los memes relacionados con esas vestimentas, subyacentes a su uso, a su existencia. ¿Por qué tal discriminación, si sus triunfos y fracasos van parejos? Los intrumentos musicales también responden a esos pasos “vitales” y no por ello decimos que el clavecín es una especie biológica extinguida a manos del espíritu de la Revolución y tímidamente resucitada a principios del siglo XX. ¿Y, sin embargo, sí está vivo o muerto el meme del "clavecinismo"?
¡Y qué curioso excluir a la ciencia de la despreciable tiranía de las memes, cuando todo el mundo comprueba con efectos retroactivos que las proposiciones científicas del pasado son aproximaciones a una realidad escurridiza! La Constante de Gravitación Universal no es más que un factor necesario para realizar cálculos efectivos sobre unos datos incompletos en torno al universo; una función que a su manera comparte con la idea de Dios. No obstante, Susan Blackmore otorga a la religión el ofensivo título de "meme viral" en contraposición a la ciencia, tan pura ella. Cierto que el margen de ficción se va acotando mediante la investigación científica, pero no somos nosotros los que podamos juzgar su validez definitiva, pues nada nos dice que no pueda darse en un futuro un salto cognitivo sustancial que obligue a la ciencia a reconfigurar todos sus modelos. El instrumentalismo y el fenomenismo se oponen, pues, a que esta concepción paranoica de las unidades meméticas perdonase a la ciencia como privilegiada excepción.
Por último, no puede decirse que los memes utilicen al hombre. Su surgimiento se debe única y exclusivamente a necesidades humanas, necesidades de satisfacción psicológica y de maximización de la eficacia conductual. En el momento en que un meme no es útil, muere. Muere con el individuo o con la comunidad que lo sustenta. Como el ángel de la guarda, su función es potenciar y cohesionar la materialización de los instintos (casos anti-intuitivos como la castidad monástica no son objetables, pues responden a una sublimación de instintos conveniente para la satisfacción mental en muchos casos). Si el comportamiento que gatilla el meme en el hombre no es exitoso de alguna forma, el complejo simbiótico hombre + meme se va al garete.
En todo caso, todo el poder que le atribuye Dawkins a estos pequeños entes semimetafísicos se diluye si negamos el libre albedrío. La capacidad causal de los argumentos es nula si el cerebro se rige únicamente por leyes físicas; cualquier prejuicio cultural o cualquier fórmula matemática no serían más que epifenómenos, la apariencia visible para una conciencia, su único modo de auto-observación. El cerebro haría sus ajustes pertinentes sin consultar un modelo gnoseológico humanista mientras los memes creen tener vida propia.
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martes 7 de julio de 2009
Las aventuras de un individuo cualquiera (o el viaje más grande de todos los espacio-tiempos)
No veía ningún objeto x ni tampoco ninguno del subconjunto de los z, inmigrantes con los cuales compartía el conjunto potencia provincial. Tan sólo vio entes de aspectos extraños, asimétricos y muy definidos, casi engreídos por su carisma. El pobre x, una simple variable del montón, sintióse intimidado por una señorona gordota visiblemente llamada a, y luego por una c medio coja que le pisó un aspa de la x sin pedir disculpas. Sus subíndices eran números bajos, signos de alta posición social. Nuestro objeto x, vulgarmente apellidado 256, se sentía como vertebrado teleósteo acantopterigio fuera de su líquido elemento.


Trastornado por tantas emociones, el provinciano y minúsculo x se sentó sobre el teorema de Wolpert y lloró amargamente. Quiso la suerte que para ese instante t pasara por allí una vieja función experta en variables individuales y predicativas, antiguo empleado de la Agencia Sectorial de Homomorfismo. Amablemente preguntó al desconsolado elemento:
—¿Por qué lloras, pequeño x?
—Sniff… estoy… estoy… existencialmente cuantificado en este universo de discurso que no entiendo. No sé dónde está el lenguaje de primer orden en el que tengo mi casa… sniff… ¡Aquí todo es tan raro! ¡Predicados y funtores cuantificados, conjuntos que se contienen a sí mismos…! ¡No me he tropezado con una sola constante familiar, y el único teorema que he encontrado dice que nada puede conocerse del todo! ¡Es de locos!
El funtor compadeció a la criatura y, subiéndola sobre su vector, la devolvió en un lapso atemporal a su sistema clásico bivalente. La joven variable no podía creer tan instantáneo regreso: “¡Increíble, y yo que flipaba con la superconductividad!” A la sazón se despidieron con un abrazo simétrico de alta valencia y el viejo funtor desapareció del conjunto ipso facto, como si la revisión de un cálculo mal hecho lo hubiera eliminado de un plumazo para ajustar la fórmula.
Echado al fin sobre su cama, x256 recordó sus intensas vivencias. Y recordó a la bella y’, tan dulcemente asimétrica, con su lágrima a modo de lunar cuidadosamente situado sobre el pómulo. Soñó con un apasionado sumatorio de literales. ¡Ah, cuántos conectores operacionales ha habido siempre entre las x y las y! ¡En cuántos cromosomas han conjugado verbos relacionales y misteriosos que se resisten una y otra vez a la formalización! Sí, la x no parecía escarmentada: había decidido que al día siguiente se encaminaría de nuevo hacia ese mundo extraño y maravilloso.
lunes 6 de julio de 2009
Y ahora el bautizo laico
No me resisto a comentar tardíamente un hecho que ya ha quedado atrás, lo que da muestra de su inanidad. Me refiero a los bautizos laicos o civiles, que prometen ser una moda futura.
Bien, ante todo no puedo decir que me sorprenda. Es un paso más en la conquista de un imaginario por parte de quienes pensaban que no lo necesitaban. Para mí, tiene más de confesión que de afrenta. Los anticlericales claman por el bautismo. Ironía donde las haya. Suma vergüenza ajena por parte de quien escribe. No hacen daño alguno salvo ése. Quizás el niño, cuando crezca, también se sienta ultrajado, como ahora se sienten muchos apóstatas del catolicismo.
Dicen con verdad que los ritos iniciáticos y de paso son propios de toda la humanidad, no sólo del cristianismo. Es cierto, aunque con el matiz de que esos ritos tienen siempre raíces y envoltura religiosa. Se trata de celebrar la magia sobrenatural de provenir la vida de no se sabe dónde, claro que si ya sabemos que todo se origina en un espermatozoide muy rápido y nada más… Mas, admitamos que el materialista también cree en la belleza del Misterio a su modo, como es mi caso. Pero es que, además, es demasiado evidente la mimesis en esto del bautismo laico. Porque, como acertadamente dice Fernando Savater, a un niño se le bautiza cristianamente o se le presenta en sociedad, pero no hay grados intermedios. La pila bautismal, las palabras del oficiante, el chorrito de agua… Debe de haber ritos similares en otras partes del mundo, pero el origen de este rito laico está más que claro: es una copia idéntica del bautismo católico, aunque sólo fuera por el nombre, tan pegadizo. No han logrado emanciparse hasta el punto de forjar sus propias reglas. El mismo Michel Onfray estará horrorizado.
Es natural el deseo de una ceremonia para celebrar el nacimiento y dar la bienvenida al niño, pero podrían haberse esforzado en hacerlo imaginativamente. No quiero decir pretendiendo reinventar el mundo, pero sin tampoco dar la sensación de reproducir con pelos y señales un comportamiento eclesial fuera del templo con tal de no llamarlo católico. Paganicen el evento, réglenlo, poetícenlo; no lo banalicen, no lo conviertan en un trivial acto de militancia, de exhibición de las convicciones negativas, del querer y no poder. Eso es usar al niño mucho más que suspender la conciencia del niño al hacerle miembro no conforme de la Iglesia (entre otras cosas porque no hay conciencia que suspender, por lo que no se vulnera el supuesto libre albedrío).
Pero, a ver, ¿qué significado ritual puede tener el agua para un materialista? H2O vertiéndose sobre una cabellera animal que no lo agradece. Carece por completo de sentido. ¿Qué sentirá la madre ofreciendo a su retoño un líquido simbólico que nada simboliza? Es que es demasiado cómico. En días no tan distantes podría haber sido un sketch de Tip y Coll.
Puede celebrarse un funeral laico, porque la despedida de un ser querido parece reclamar a todos los hombres unos momentos de comunión y de introspección. Lo mismo para el matrimonio: supone un contrato con beneficios legales y un juramento simbólico de lealtad (juramento fácilmente rompible en lo civil, pero seamos benévolos esta vez). Parece natural, por ende, cubrir de ceremonia el otro gran momento en la vida de un hombre: su venida al mundo. Pero, por favor, no hagan chirriar sus propias mentes. No lo hagan para burlar a la Iglesia, no lo hagan como “pretexto para otorgar visibilidad (vulgo propaganda) a la inconexa y autorreferencial ideología atea”. Es demasiado penoso. Ya lo era cuando la República francesa comenzó con esas costumbres revolucionarias, justo cuando quiso cambiar el nombre de los meses. Si algún día inventan la comunión laica o la Semana Santa laica o la confirmación laica (¿"me confirmo fiel a la materia"?), entonces yo seré quien confirme definitivamente que el resentimiento social está todavía más que presente en esta sociedad que no sabe hacer una transición como Dios/Darwin manda. De momento ya contemplé hará unos años unas imágenes televisadas de las fiestas de la Virgen del Pilar de Zaragoza que me pusieron los pelos de punta: carrozas de bailarinas y homosexuales semidesnudos y musculados celebrando una orgía ultrapagana en mitad de una calle que en nada respiraba la espiritualidad que daba motivo a la tradición. Así que tiempo al tiempo.
La autenticidad cuesta ganársela. El gran problema de echar por tierra un ídolo es saber qué ponemos en su lugar, con qué llenamos las horas que quedaban antes regladas. Un bautismo laico no significa absolutamente nada si no se bautiza en referencia a algo. No se puede hacer un instante sagrado si no se sabe por qué es sagrado. No se puede bendecir con agua si no se cree en el agua bendita. Y si omiten el paso del agua bendita y pasan directamente a la frase de “yo te bautizo” o “yo te doy la bienvenida al mundo”, entonces sobraba el nombre y sobraba el esperpento matutino que se ha montado en los medios. Porque entonces será palmario que lo único que se buscaba era reencontrarse con los tíos y los suegros, la comilona de media hora, la foto, el poder decir “bautizamos a mi hijo por lo civil”, el poder mirar las fotos el día de mañana y recordar entrañablemente al bebé en ese instante que nada significó.
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Lo que le diría a Michel Onfray
En los últimos meses y años me veo defendiendo a las religiones con más y más énfasis (1, 2, 3, 4, 5). Sé bien que tendría que hacérmelo mirar. ¿Cómo un ateo puede sentir como ofensa personal la que se hace a una ideología que no comparte? Puede que sea solidaridad. O puede que un freudiano avezado descubriera que nací para cura o para fraile en una época y unas circunstancias personales que me trastocaron tan divino plan. Caso de ser así, ello no supondría una crítica a mi tesis, sino que la validaría, puesto que el que uno nazca predispuesto a realizarse en la sacristía demuestra que hay una utilidad palmaria en el hecho religioso más allá de la dominación de las masas, por decirlo marxistamente.
El caso es que esta vez apuntaré a un alto representante de ese movimiento sumamente novedoso y potente como es el ateísmo. Mi diana será Michel Onfray. La razón es que me parece intelectualmente más preparado que mi otra opción, Richard Dawkins; al menos el jacobino Onfray se ha molestado en proponer una moral alternativa más que en atacar a la “vieja”, a lo que también ha dedicado lo suyo. Pero por todos los lados se percibe en su arreligiosidad una sobredosis de odio muy poco científica y muy poco filosófica al menos hasta Nietzsche. Ese odio es el culpable de que obvie las fisuras de sus afirmaciones, que le satisfacen de inmediato. A un militante político le es suficiente la paja en el ojo del partido del signo contrario para echar a dormir su intelecto; cuando la balanza se inclina a su favor detiene la pugna, no sea que vaya a encontrar un giro desfavorable en la polémica y se vea obligado a elevar el nivel de sofisticación de su estrategia.
Algo así hace Onfray. Le basta decir que no hay un Señor con barbas en lo Alto para sentenciar que lo mejor que puede hacer el hombre en cualquier momento y lugar es disfrutar de su cuerpo, hacerse hedonista; esto, para los que no tengan el graduado escolar, se traduce en comer, dormir y follar. Gran amplitud de miras ésa, gran consideración de la complejidad humana. Todos los problemas del colectivo y del individuo se zanjan con esa tríada, descubierta no por ningún filósofo francés del siglo XX sino por aquellos seres humanos, filósofos o labradores, para los que conductas como aquéllas resultaban instintivamente plenas. No sé… se me hace algo simple para tiempos en los que las necesidades de los neandertales se han enredado un poco. Pues somos mayoría en el planeta los que desde la Edad de Piedra practicamos la tríada y, empero, nos quedamos con hambre. Algo no cuadra.
1. La religión es mala por a y por no-a
En su folletinesco Tratado de ateología no propone aún su pensamiento se constructivo. Se limita a atacar al enemigo. Me parece correcto, siempre y cuando se haga con rigor o con argumentos audaces. Pero nada de eso. Lejos de ser la contraimagen de Chesterton, su talento no llega para hacernos pensar en las maravillas de una conducta adherida al materialismo. No trata tampoco de defender la inexistencia de Dios, pues eso en el fondo lo da por dato conocido, sino que trata de decir por qué creer en cualquier trascendencia es estúpido, miserable y peligroso. Para ello agarra a los tres grandes monoteísmos por el cuello y hurga en todos sus puntos débiles cual haría un orador del Senado romano desesperado por la metamorfosis espiritual del Imperio.
Olvidemos que pasa por alto las herejías, al resto de religiones y de concepciones más abstractas de lo sagrado. Ataca a las religiones que han convivido y conviven en su país, respira por la herida. Se entiende. Pero, sinceramente, no puedo tomar en serio una crítica cuando es una crítica que apunta hacia todas partes. Estamos ante el típico caso de desprecio de la Iglesia por moralista y por libertina, por oscurantista y por falsamente esperanzadora, por perversa y por cándida. ¿En qué quedamos? Más que como Iglesia la hacen pasar por bazar, y no conozco crítica seria ni moral ni ontológica a la presencia de los bazares en nuestro mundo.
Onfray hace hincapié en una marabunta de contradicciones internas de los libros sagrados de las tres grandes religiones (pág. 169) con fin de mostrar cómo cualquier acto puede justificarse alegando una oportuna cita que lo prescribe. Puede que eso suponga un dilema para el creyente honesto que busque reclamar la supremacía de su interpretación, mas para alguien que desde fuera ve a la religión como un juego de fuerzas en movimiento, tal pluralidad no es sino un alarde de color que da cobijo a todos bajo su seno. Si juntáramos todos los libros que presuponen el materialismo también encontraríamos un bonito avispero multiforme. A un nivel científico, el decir que sí a todo equivale a no decir nada. Ello hace de la Biblia un texto neutro, un catalizador para el temperamento de cada exegeta, un reconstituyente, un antidepresivo que, como el ginseng, nos proporciona energías misteriosas para llevar a cabo nuestro plan. Demasiados autores hay entre los dos Testamentos como para estar ante un proyecto consistente: sólo hay en ellos un deseo antiguo por reconciliarse con el cosmos y alcanzar la felicidad en un mundo hostil. Cierto que el Corán, al ser de una sola autoría, presenta más problemas en ese sentido. Quizás también por eso las sociedades que lo han venerado son más uniformes, y aun con todo han albergado bondades, creatividad y dicha, amén de sus contrarios, como en todas partes.
Tiene razón Onfray cuando, alterando la famosa frase de Dostoievsky, dice que “si Dios existe, entonces todo está permitido” (pág. 57). En efecto. Al menos el cristianismo, lejos de ser una legislación cerrada, es un término que recoge múltiples acepciones. Y dentro de las más liberales hay alguna connotación con el anarquismo: “Oye, pues, de una vez un breve precepto: ama y haz lo que quieras; si callas, clamas, corriges, perdonas; calla, clama, corrige, perdona movido por la caridad. Dentro está la raíz de la caridad; no puede brotar de ella mal alguno” (San Agustín). Es el antinomianismo. Por ello, porque es baúl de doctrinas tan abierto como el materialismo, no cabe la acusación moralista directa. Pues, ¿acaso no se han cometido crímenes en nombre de teorías materialistas? ¿Acaso el totalitarismo es patrimonio de creyentes? Y lo que dije del cristianismo, con mucha más razón lo diré del hinduismo y de todas las religiones orientales, no mereciendo algunas de ellas tal nombre de religión como ya señalé en su momento (1, 2, 3, 4).
2. Recompensas y castigos alienantes
También es un gran tópico achacar a la teología la sistematización de los anhelos y su elevación a los altares: “Los humanos, preocupados por la completud, inventan una potencia dotada precisamente de las cualidades opuestas: con sus defectos dados de vuelta como los dedos de un par de guantes, fabrican las cualidades ante las que se arrodillan y luego se postran. […] Por lo tanto, la religión se convierte en la práctica por excelencia de la alienación; supone la ruptura del hombre consigo mismo y la creación de un mundo imaginario en el cual la verdad se encuentra investida primariamente” (pág. 49). Bien, lo que Onfray reprueba aquí es que exista en el hombre la noción de unas virtudes con existencia real y alcanzables por la humanidad hasta un cierto límite pero con beneficios evidentes para todo el mundo, sobre todo para quien las ejerce. Yo no logro ver qué mal hay en ese hecho en sí mismo. Podría decir que comparto esa opinión. Que es el Paraíso una forma infantil (diría que literaria) de conceptualizar tal idea, puede que sí. Que es el Dios bíblico un arquetipo de perfección algo sesgado, acéptolo. Que es frecuente fuente o consecuencia de neurosis, puede que también. También ha despertado ingentes cantidades de fuerza, esperanza, caridad, entrega, y todo ello coronado por manifestaciones artísticas difícilmente reproducibles en un mundo sin capacidad para tal desprendimiento.
En todo caso, la idealización no es patrimonio de la religión. El ideal de un Estado perfecto gobernado por proletarios equitativos me parece una reducción igualmente pueril, pero con menos glamour. Y más perversa, pues lleva la simpatía de mucha gente que, arrogada por un aura de cientificismo, no permitiría a una teocracia las falacias que permite a una dictadura comunista. Dijo Benjamin Constant: “En cuanto a mí, declaro que si es preciso elegir, prefiero el yugo religioso al despotismo político. Bajo el primero hay al menos convicción entre los esclavos y sólo los tiranos están corrompidos; pero cuando la opresión está separada de toda idea religiosa, los esclavos son tan depravados y tan abyectos como sus amos”. Aunque seguro que Onfray lograría darle la vuelta a la frase, porque lo cierto es que la religión no asegura ninguna diferencia esencial en terreno de moral cotidiana respecto de un ateísmo generalizado, ni a favor ni –lo siento, Michel– en contra.
Tampoco creo que la Vida Eterna sea la médula del sacrificio cristiano, como sí parecía creer San Pablo (1Cor 15:19), el archienemigo de Onfray. Recuérdese el “No me mueve, mi Dios, para quererte / el Cielo que me tienes prometido”, versos que considero algo más que una hipérbole literaria. También Buda, mucho más diáfano en sus propuestas, reconoce al amor y a la virtud su poder beneficioso para el agente independientemente de que haya o no una vida posterior a la presente (Majjhima Nikaya, 60 –Apannaka Sutta–). En definitiva, las utopías edénicas o kármicas dan fuerzas para persistir en la virtud a quien no tiene las suficientes como para enfrentarse a una ausencia de recompensa externa. Me parece, por tanto, el mecanismo de emergencia perfecto para un sistema moral impenetrable.
3. …“Y quien añade ciencia, añade dolor” (Ec 1:18)
El argumento más estúpido del tratado y el que más espumarajos de rabia revela es el que insulta a los religiosos tachándoles de… ¡incultos!
Oír por enésima vez un texto de Pablo e ignorar el nombre de Gregorio Nacianceno, armar el Nacimiento todos los años y no saber qué eran las querellas fundadoras del arrianismo o el concilio sobre la iconofilia; comulgar con pan ácimo y desconocer la existencia del dogma de la infalibilidad papal… (pág. 68)
He ahí lo más señero de un espíritu francés, prendado de las citas, los nombres, las referencias a bellas teorías librescas… prendado de sus propios conocimientos. Pero es que, señor Onfray, si la Salvación está en alguna parte no es desde luego en la historiografía. Bien es cierto que jamás asistiré de nuevo a una misa hasta que no eleven el nivel intelectual y retórico de las estomagantes homilías al uso, pero eso sólo manifiesta mi decadentismo, una fascinación afrancesada por la estética que sé muy bien separar de lo que es esencial para sosegar el alma. La compasión del sencillo es a todas luces un bien más alto que el conocimiento del obrar de Dios. Creer lo contrario es una perversión de raigambre griega que fue trasladándose paulatinamente (y paulinamente) a la Iglesia hasta el punto de que se afirmara que “si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema” (Constitución dogmática “Filius Dei”, 1870).
Lo cierto es que si Dios existe realmente y recibe a sus difuntos en la Jerusalén celestial no negará la entrada a quien es como un niño (Mt 18:2), tenga más o menos fe en el raciocinio humano. Cualquiera capaz de levantar la cabeza para respirar el aire puro del sentido común sabrá inmediatamente que una monja misionera hace más por la integridad moral y por la felicidad de todos enjugando las llagas de los leprosos en el Tercer Mundo durante su vida entera que un filósofo de salón despotricando sea contra la Iglesia o contra los ateos.
4 . La imaginación al cadalso
Ante una pregunta de rigor en otra entrevista, nuestro filósofo contesta: “Yo hablo de monoteísmos y no de monoteístas. El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo.” Ahí el materialista Onfray se equivoca de medio a medio. No es lo bastante materialista. Justamente hay que recordarle que no existe cosa tal como el monoteísmo, que lo que sí existen son monoteístas. Por tanto, reconocer como intrínsecamente estúpida en toda su dimensión a una idea presente en millones de personas abnegadas, disciplinadas, generosas hasta límites imposibles, una idea presente en soberbios artistas, en pensadores y ascetas establecidos en sí mismos… no me parece prudente como poco. Porque existen tantos monoteísmos como monoteístas, Onfray debería guardar silencio al respecto.
Otra pregunta de la entrevista:
Usted critica a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
Esta respuesta no me decepciona tanto. Creo inteligente la búsqueda de alternativas a una estructura psicológica y moral vinculada a la ficción. Lo hace el arte (con numerosos tropiezos en la neurosis), lo hace el budismo, lo quiso hacer el psicoanálisis, lo hace mucha gente de modo intuitivo. Pero el caso es que no todo el mundo puede. Sencillamente la religión al uso existe porque mucha gente la reclamó, la reclama y la reclamará. Es imborrable como la alimentación alta en colesterol. ¿No sería preferible que expulsáramos de nuestra mesa a las grasas? Sin embargo, la mayoría de la gente prefiere no hacerlo. Lo que tenemos que hacer para equilibrarnos es hacer algo de deporte y no pasarnos; la solución no pasa por asesinar a los comensales o al vacuno de la hamburguesa.
Y otra pregunta:
Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
No es que la poética sea exclusiva de los religiosos, es que algunos espíritus poéticos acaban hipertrofiados en religión. Conocemos infinitos casos de creyentes vacuos y de ateos coloristas. Pero si la religión ha seducido a tantos artistas epistemológicamente inclinados en un primer momento al agnosticismo, por algo será. Pienso en Dalí, el barón Corvo, Firbank, Chesterton, Huysmans, Wilde, Liszt, Wagner, Arrabal, de Prada... ¡y hasta Bob Dylan y Cat Stevens! Casi todos considerablemente rompedores. La explicación es sencilla: la religión no es tanto descubrimiento cuanto creación. Así es natural que capte a los creadores. Si los humildes abrazan la Cruz sobre todo por el vértice de la Bondad, los creadores lo hacen por el de la Belleza y los intelectuales –y por esto acaban descreyendo– por la Verdad.
Sospecho que muchos artistas desequilibrados estaban buscando una solidez en su arte que no encontraban en el Cosmos. Si el arte de Alfred Jarry era tan desquiciado quizá se deba a algo tan simple como no lograr creer en Dios. Lo mismo Rimbaud o Scriabin.
5. Adorar a Baco
Siempre me he sentido afín a una idea verbalizada por Onfray: “Defiendo una estética generalizada, inspirada en Duchamp, que permita incluir a la ética en la estética”.
Y, por otra parte, el hedonismo puro y duro es un buen plan. Al menos para el fin de semana. Desde luego no sostiene una civilización durante mucho tiempo, pero la hace decaer con gran encanto. Buena parte del arte que más me atrapa pertenece a una época metafísicamente descompuesta. Diría que me encuentro tensado entre la atracción de sus propuestas y el polo opuesto que promete sosiego a quien se esfuerza en una disciplina mental y emocional. En cambio, toda la tradición estoica de filosofías recurrentes del mundo entero no parece fascinar ni un ápice a Onfray. Tampoco la imaginería mística, el colorido de las liturgias, la belleza cándida de ciertos dogmas, lo maravilloso de que existan múltiples paisajes ideológicos en perpetua simbiosis con el paisaje físico. Incluso la consecuencia exclusivamente material del rezo y la meditación sobre el cerebro, generando gran cantidad de ondas alfa, propias del sosiego, propias de la Iluminación.
Una de cal y otra de arena. Las dos virtudes que encuentro en el Tratado de ateología son: 1) es estilísticamente brillante; 2) me descubrió personajes, pensadores y eventos interesantes que desconocía. Tengo ganas de leer el homenaje de Onfray a los cristianos hedonistas. Al menos admitirá que es posible rezar a San Pascual Bailón y no ser un solitario amargado. Y seguro que me descubre figuras interesantes.
“Pues gozar no es problemático; pero hacer gozar, y sin sufrir ni hacer sufrir, este es el desafío”. Esta frase de la primera entrevista señalada me hace mucha gracia. Si tan digna de investigación le parece esa idea, ¿por qué no he encontrado hasta ahora en sus palabras una justificación de su por qué? ¿De dónde viene el principio moral con el que pretende sustituir al cristiano? Quizás si, en lugar de remarcar las diferencias, indagase en el concepto instintivo de compasión, de empatía, daría con un origen común con el cristianismo. Quizás si admitiera que hay demasiadas variables en el ser humano como para reducir todo a una ecuación tan simple como el hedonismo sí o no, quizás entonces reconocería un gran logro al monoteísmo por lograr un método de convencer al mundo de que dar es gozoso. Quizás se pararía a repensar los presupuestos de su ideología si en lugar de valorar tanto a Aristipo de Cirene escuchara un poco a Hegesias Peisithanatos cuando afirma que si el placer es el bien y es inalcanzable por estar combatido por muchas pasiones, entonces la vida es absurda (Diógenes Laercio, II, Aristipo, 21).
El error de todo hedonista universalista es olvidarse de la inedia y de la acedia. Era necesario el budismo para su corrección. En general, las religiones han obrado modos de hedonismo más sofisticados que el de la mera satisfacción de los sentidos aquí y ahora; este hedonismo inmediatista es reduccionista y ajeno a las muchas dimensiones del yo.
Me pregunto si el señor Onfray no será tan feliz como, por coherencia, dice ser. Un hedonista auténtico, a lo Sade, no desea ver a la religión hundida en el cementerio. Al contrario, sabe que contribuye a enriquecer el paisaje. Es agradable un templo siquiera sea para profanarlo, siquiera sirva de escenario para una tórrida novela de vampiros eróticos. Que se lo digan a los burgueses decimonónicos, aburridos de su funcionalidad, rendidos a las fantasías neorreligiosas de los románticos. Que se lo digan a Dan Brown y a sus millones de lectores ateos. Que se lo digan a Zerolo y demás militantes de la izquierda bienpensante; ¿en qué basarían sus pegadizos eslóganes si no hubiera un enemigo bien vestido al que señalar con el dedo? Lo único que deberían lamentar es que los sacerdotes, sustityendo las viejas sotanas por anodinos pantalones, quitan contrastes a los bandos en la batalla.
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domingo 5 de julio de 2009
Un thriller de mil años

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sábado 4 de julio de 2009
Nuevo diccionario del Diablo (V)
Compasión.- Conjunto de conductas tales como organizar conciertos benéficos o sostener pancartas en primera fila de una manifa en la calle durante tres horas. Suelen ser agradables paseos antes del aperitivo en el Ritz.
Clásico (sust.).- Contramodelo para el diseñador de superventas.
Demagogia.- El carácter de este diccionario en las entradas de términos sociopolíticos.
Democracia.- Sistema de dos castas en el que unos toman decisiones o las condicionan mediante su poder económico y otros creen ser soberanos cuando cada cuatro años depositan sonrientes un fino papel en cajas de cristal cuyo revisación no controlan. También es un término usado en forma de adjetivo en el nombre oficial de diversos países pacíficos y confortables, como la República Popular Democrática de Corea, la República Democrática Alemana o la República Democrática del Yemen, todos de un solo partido.
Diversión.- Antiguamente, aquello que esparcía el alma. Modernamente, toda cosa que incluya risas ruidosas, evidencias de genitalidad y/o humillación del inocente.
Éxtasis.- Subidón para viejunos.
Ídolo.- Artista ligado al mundo del pop, el deporte o el cine de explosiones que es adorado principalmente por derrochar sus millones en mansiones, drogarse indiscriminadamente, penetrar a adolescentes extraviadas e insultar a George Bush hijo. En el caso del recientemente fallecido Michael Jackson se superponen a algunos de esos motivos el compartir cama con niños, renegar de su raza, friccionarse hábilmente los genitales así como su pasión por la estética alienígena.
Impuesto (sust.).- Lo que es bajado cuando debe ser subido y subido cuando debe ser bajado.
Individualismo.- Tendencia psicológica que en la posmodernidad equivale a una uniformidad pasmosa en la ignorancia, el vicio y el mal gusto.
Monasterio.- Museo hecho de piedras mal alineadas que expone figuras humanas de brazos abiertos en cruz.
Revisionismo.- Miserable traición a un dogma suicida. En la mayor parte de los casos se sirve del nombre del traicionado para defender fines opuestos.
Rigor.- Capacidad para encontrar de forma sistemática el camino hacia una confusión indetectable.
Serialismo.- Técnica compositiva que pretende compensar la carencia de talento para el contrapunto mediante la elevada argucia de enumerar ordinales.
Vaticano.- Lujoso búnker refugio de unas decenas de excéntricos medievalistas a los que el ayuntamiento de Roma presta sobrada caridad.
Vulgar.- Lo que hoy se considera carismático.
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viernes 3 de julio de 2009
El rey del ilusionismo gramatical
Como ya sabrán todos los googleadores, en el día de hoy (pero con 121 vueltas al sol previas) nace Ramón, la única figura de la literatura hispana que no necesita apellidos, tal es su personalidad de inconfundible.
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jueves 2 de julio de 2009
¿Es posible una ética determinista?
Concedamos por un momento que el determinismo fuera algo demostrado. Si los individuos no asumen íntimamente la teoría, podrían procesar una educación ética externa como hasta ahora. La ética sería un estímulo más que gatilla cadenas causales en el cerebro. Una mente determinada puede actuar de forma necesaria creyendo en la ficción del libre arbitrio, del mismo modo que otros pueden actuar en base a una ética fundamentada en la autoridad de un dios irreal.
La solución a este problema pasa por la asunción inconsciente de la contradicción. Como decía Chesterton en el fragmento que cité el otro día, el hombre sano “siempre se preocupó más por la verdad que por la congruencia, y, al encontrarse con dos verdades aparentemente contradictorias, aceptólas a ambas y a su contradicción con ellas”. En esta cuestión concreta ya se han dado curiosas simbiosis entre moralismo y determinación, como en el hipercalvinismo. Si formalmente se trata de una teoría inconsistente, no es menos cierto que no he oído a menudo de delitos cometidos por creyentes de esta secta; aunque son muchos más, también sospecho que hay más pecado mortal entre católicos o musulmanes –que suelen admitir el libre albedrío– que entre calvinistas o, más allá, entre budistas –que ni siquiera creen en un yo permanente–. Pero es ciertamente extraño un universo regido por un Dios tan caprichoso como para condenar a eternidades de uno u otro signo a individuos que no son libres de reformarse y que ni siquiera conocen su destino, aunque estén en todo caso obligados a adorarle.
Esto me lleva a pensar que el éxito de una ética humanista no se debe tanto a su perfectibilidad teorética cuanto a la lenta trabazón del inconsciente colectivo, esto es, el carácter de un pueblo, que no es una esencia platónica sino un estado del devenir cultural más o menos afortunado. Si bien siempre hay individuos más predispuestos que otros, una comunidad habituada a la reflexión serena, a la mansedumbre y a unas circunstancias históricas amables, tiende a aceptar concepciones del ser humano que en otros pueblos producirían desazón y espíritu trágico. Este tipo de ideas que comportan conceptos del campo emocional no pueden expresarse en forma de ecuación sin faltar a una parte de su mecanismo. El amasijo de experiencias que supone una vida de ciertas características contribuye a obrar cierta transformación en las estructuras neurales que llevan a enfocarse sobre un tipo de ética positiva. El hábito no hace al monje si hablamos de la prenda de vestir, pero sí lo hace si hablamos de la reiteración conductual.
Además, el utilitarismo siempre es un resorte con el que se puede contar, sea por aquiescencia de la coacción, sea por el flujo de instintos en pos del interés propio –que conlleva asociación con otros individuos–. Claro que una ética así nunca será espléndida. De su árbol no veremos salir actos generosos ni tampoco un comportamiento feliz, que es todo uno. La mezquindad entorpece al prójimo y pudre al agente. Creo que es en sociedades con éticas polarizadas sobre la humildad y el amor donde más grandeza se ha derrochado a nivel vital, artístico e intelectual.
Un punto medio intuitivo es lo que, en su pragmatismo descarado, recomienda Buda (Apannaka Sutta) para no caer en el abandono indolente de todo esfuerzo en el caso de una conciencia de la determinación ni tampoco en una perplejidad desquiciante –existencialista– en el caso de que seamos sujetos libres de cualquier meta, libres de cualquier sentido, absurdos. El hombre necesita un poco de miedo soteriológico, o simplemente miedo a no ser plenamente feliz, y necesita saber que es libre pero también que su naturaleza le conmina a un cierto tipo de meta ideal, necesita saber todo eso para adoptar una conducta verdaderamente refinada, como la que defendieron los grandes virtuosos de todos los tiempos.
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miércoles 1 de julio de 2009
Consideraciones en torno al libre albedrío
1) Tenemos noción de ser libres. Creemos optar. La ilusoriedad de esta creencia supondría probablemente el mayor absurdo natural. En términos biológicos, no habría explicación adaptativa o exaptativa para explicar no ya la creencia en el libro albedrío, sino la conciencia o el sufrimiento. ¿De qué sirve una mente autoconsciente sin poder causal? ¿A qué tan inmensa y compleja serie de epifenómenos?
2) Parece plausible o incluso demostrada la indeterminación en el mundo físico. Tan sólo con divisar fenómenos cuánticos en el funcionamiento del cerebro podría abrirse un nuevo debate con la concepción determinista clásica. Que el cerebro sea un condensado amasijo de células nerviosas y ondas electromagnéticas nos predispone a pensar en sus condiciones físicas especiales, una suerte de clinamen bioquímico. El azar en sí mismo es la negación de la decisión, pero quizás “azar” sea entonces una palabra inadecuada para referir un posible conjunto de procesos neuroquímicos no rendidos a la aparente necesidad de los fenómenos macroscópicos.
3) El cerebro no funciona de una forma tan reglada como nos pensamos (1, 2). El sistema de entradas y salidas de información inscrito en el sistema nervioso unido a las estructuras genéticas que interpretan los estímulos y los interrelacionan no son suficientes para explicar multitud de conductas impenetrables desde el punto de vista evolutivo. Probablemente los cálculos de beneficios que hacemos no sean comparables a los que hace un programa informático, donde los procedimientos están programados (valga la redundancia) y no abiertos a una evolución estructural. El cerebro parece ser un cuerpo extremadamente complejo, multiforme y autorregulado. A veces un individuo es capaz de obviar sus cálculos y dejarse guiarse por un impulso que le lleva la contraria. Pero a veces es capaz de hacer lo inverso, y deja a un lado sus instintos más primarios (reproducción, conservación propia o de individuos genéticamente cercanos) para lanzarse en pos de beneficios dispares que pueden reportarle a sabiendas más satisfacción o más sufrimiento. Tal variedad de medios y objetivos no es argumento en sí mismo a favor del libre albedrío (la mutación de estructuras no impide que en cada uno de sus estados haya unas ciertas reglas deterministas), pero muestra ciertos indicios.
4) Esto último podría ser rebatido argumentando que cualquier objetivo que se plantee una mente a sí misma es un trasunto de una búsqueda de satisfacción, incluso mediante el sacrificio, incluso mediante el sufrimiento. En un caso extremo de ansia de dolor estaríamos hablando de enfermedad mental, y sería una catalogación correcta si definimos enfermedad mental como el proceso psíquico que comporta conductas y fines distintos o incluso contrarios a los de la mayoría de una especie. Sin embargo esta concepción podría deberse a un abordamiento pobre de la salud y aun de la naturaleza humana. No es que todo ser intencional busque una satisfacción, sino que esa búsqueda es lo que le hace a uno intencional. Es falaz, por tanto, acusar de determinado a un individuo únicamente por actuar en pos de algo que a la postre no es siempre sino lo que piensa beneficioso; no hay metafísicamente otra forma de apuntar hacia algo si no es prefiriéndolo frente a otras cosas. Elección y beneficio no son excluyentes sino mutuamente implicados; sus definiciones se contienen una a la otra tautológicamente .
5) Si la mente está determinada, también lo está la razón. Por ende no hay motivos, sino causas ciegas. Así, para refutar una idea no es necesario entrar en el juego de la dialéctica, sino simplemente sonreír diciendo que “tu argumento es automático, una mera serie de concatenaciones electroquímicas”.

En contra:
1) Si la ciencia ha ido descubriendo paulatinamente explicaciones de causalidad en fenómenos naturales que en un principio aparentaban ser azarosos, no hay motivo para pensar que en un futuro no podrán explicarse consistentemente las conexiones neuronales en términos de necesidad. Dicho de otro modo: la teoría de variables escondidas podría encontrar su reflejo neurológico directo. Puesto que el dilema entre la paradoja EPR y las desigualdades de Bell no está todavía resuelto, posiblemente habrá que esperar a trasladar un debate paralelo de altura en esos términos al campo de la mente y el cerebro.
2) Por Einstein sabemos que la flecha del tiempo es una percepción perspectivista y no un hecho con entidad propia. El tiempo se me aparece como esencial para jugar al juego del libre albedrío: si el presente, el futuro y el pasado son en realidad simultáneos, entonces todo está decidido porque todo está físicamente acontecido. A la sazón, ¿qué decisiones libres se podrán tomar?
3) El experimento de Libet y el de Haynes sugieren un desfase temporal entre un inicial acto motor supuestamente voluntario y la conciencia de esa voluntariedad por parte del agente. (Ante tales pruebas poco se podría decir, salvo dos cosas: a) puede que no todos los actos volitivos sean de ese tipo tan fácilmente cuantificable; y 2) que los puntos de decisión y datación que los experimentadores establecen fueran erróneos). Además la ciencia va acotando el margen para la sustancia psíquica en el cerebro (1, 2).
4) Si creemos en el materialismo, necesariamente caemos en el determinismo. Si la materia es ciega y lo mental es material a la postre, entonces no hay libertad fisiológica. Porque, ¿dónde está la toma de decisiones si no existe un auténtico centro rector del cerebro? Esto equivale a preguntar: ¿dónde está eso que llamamos el yo, para que podamos decir que es libre?
5) Por lo dicho en el mismo punto de la argumentación a favor: la objeción a la cognición y a la dialéctica no se deriva de la objeción al libre albedrío. Un ordenador es capaz de realizar deducciones correctas a partir de un sistema formal dado. Tal derivación, por tanto, es falaz como lo sería la que se hiciera hacia el terreno de la ética.
En cuanto al compatibilismo (que viene de antiguo), es algo que todavía no logro entender conceptualmente. Si hay margen para la decisión, entonces hay decisión completa. Al igual que no se puede pulsar un botón de valores binarios “sólo un poco”, tampoco se puede afirmar un juicio volitivo parcialmente. Si a un conjunto de cien neuronas se le exige unanimidad para decidir el inicio de un acto, entonces el voto de la última neurona –la supuesta “neurona libre”– es tan determinante y cuenta tanto como las otras noventa y nueve. Si compatibilismo significa que estamos condicionados por nuestros genes y nuestro entorno, entonces es algo que apoyan todos los deliberacionistas en su sano juicio, incluso los teólogos.
El asno de Buridán no puede existir. En el plano práctico, siempre se opta por un derrotero, siempre se tiende hacia un comportamiento. Tanto el hombre como el cosmos no se detienen jamás: el detenerse es sólo aparente, pues implica también una resolución. Si la mente de un sujeto ha tomado una decisión automática pero espera en su puesto hasta que la conciencia vete o ratifique tal decisión (como parece ser la propuesta de Libet), entonces hay libre albedrío, pues un libre albedrío negativo es convertible a términos positivos, al igual que los números. Decir que el yo sólo sirve para vetar o no vetar una conducta no es restringirlo como en un primer momento piensan los compatibilistas. Después de todo, el sujeto, al vetar nueve opciones de diez que se le presenten a la conciencia, lo que hace -dando un rodeo- es precisamente elegir la décima.
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El Perpetrador
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